En verano, en invierno, en 2005, en 2046, ponga una sandía en su vida

Aún vive

Hay quien decía que El sabor de la sandía y su director, Tsai Ming-liang, eran un producto perecedero, una moda veraniega. Que aquel nuevo año recién comenzado estrenaría en nuestras salas Apichatpong (por ejemplo) y se nos olvidaría la sandía, más atentos a las enfermedades tropicales, y no me refiero precisamente a la gripe aviar. Yo, que ya había visto Tropical Malady (Sud parlad. Apichatpong Weerasethakul, 2004), por seguir con el mismo ejemplo, puedo decir que casi la he olvidado, pero creo que solo la demencia senil, y espero que un día muy lejano, será capaz de borrar de mi memoria la sandía de Tsai Ming-liang y es más, creo que en ninguno de los instantes entre ese hipotético alzheimer y este mismo momento dude de la absoluta perfección de esta película. Supongo que en 1965 a Godard le pasaría lo mismo que le ocurre ahora al taiwanés, cuando se estrenó Pierrot le fou (1965). Parte de la crítica, entre ellos el propio director y sus amigos, no lo niego, andaría emocionada, y los escépticos diciendo que eso no tenía futuro. Pero es que los escépticos se equivocaban. Al año siguiente, Jean-Pierre Léaud decía en Masculin, feminin (1966) que la gente, la clase obrera (porque hay y ha habido muchas clases de gente) no tenía tiempo para vivir sus vidas, ocupando éste en trabajar. ¿Acaso ha cambiado en algo la sociedad? No, y por eso aquellas películas de Godard siguen estando de actualidad; Aunque balemos distinto, seguimos siendo tan borregos o más que en aquel entonces. Y cuidado, que tampoco estoy diciendo que una película sea buena por el hecho de envejecer bien, que no estamos hablando de vino, sino de cine. Ese es un mérito aparte. Pero también es cierto que uno ve hoy en día Une femme est une femme (1961) —una película de hace 45 años—, por ejemplo, y se da cuenta que es más innovadora que el 99,99% del cine que se hizo en 2005 (o al menos del que se estrenó, que ese es otro tema, bastante peliagudo, por cierto). Y eso dice mucho, además de ser realmente preocupante con respecto al panorama actual; Si hoy en día podemos guardar una mínima esperanza de que el cine no haya muerto es gracias entre otros al señor de las sandías. Creo que en 2046, aparte de que nos acordemos de la película de Wong Kar-Wai (otro de los que perdurarán) el cine de Tsai Ming-liang debería estar en un lugar de honor en cualquier filmoteca que se preciase, pero ya que estamos, voy al intentar contar porqué, o al menos porqué lo estará en la mía (entre los Kurosawa, Zombie, Kubrick, Kelly, Bergman, Polanski, Carpenter, Miike, de Palma, etc…)

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La cara y la cruz rodeadas de sandías

He de reconocer que uno de los principales atractivos de la película para mí es el apartado visual, pero me quedaría muy corto si lo redujese sólo a eso, pues todo el montaje visual de El sabor de la sandía está intrínsecamente ligado a los sentimientos y a las vivencias de sus protagonistas. En sus monótonas y vacías existencias plasmadas en tonos apagados y colores fríos irrumpen bruscamente sus sueños o inquietudes en los excelentes números musicales repletos de calidez, ingenio y fantasía, saturando al espectador con las sensaciones de las que ha sido privado hasta el momento. Pero esta contraposición entre mundo real y mundo onírico no sólo enriquece la película de una forma visual sino que además la dimensiona sentimental y emocionalmente. Es una ruptura temporal y narrativa, una fuga que traslada la historia a un universo alternativo y completamente opuesto al que habitan los personajes. Por otra parte una ruptura totalmente necesaria, que muestra la cara opuesta de la moneda, la cara frente a la cruz, la cara sin la cual la historia sería demasiado triste, demasiado hueca o lo que es peor, demasiado parecida a la realidad en la que verse reflejado puede no resultar demasiado agradable.

En El sabor de la sandía la puesta en escena del director de Goodbye Dragon Inn (Bu San, 2003) es contemplativa, en el sentido de que la cámara se mueve lo estrictamente necesario, pero ojo, aunque poco (casi todo son planos fijos), se mueve si necesita hacerlo. Las imposiciones pueden ser terriblemente castradoras. Rebella y Stoll, por ejemplo, no mueven la cámara en absoluto y obtienen resultados sorprendentes, pero a mi juicio en El arca rusa (Russkiy kovcheg, 2002) a Sokurov se le fue de las manos el experimento (técnicamente impecable, eso no se puede negar) de rodar un único plano secuencia de noventa minutos, precisamente porque la imposición se volvió en su contra, y el espectador terminaba preocupándose más por los movimientos de la cámara que por los señores que se movían delante. En el caso que nos ocupa, el director no necesita imponerse ninguna regla para demostrar su valía tras el objetivo. Éste, se ubica en multitud de lugares con preferencia tanto por el nivel del suelo como por el del techo, pero casi siempre soportando una visión amplia, con planos largos que permiten contemplar todos los movimientos de los personajes. Algunos espectadores se sienten amenazados y/o torturados (de forma natural) por la duración de algunos de estos planos en los que los protagonistas se miran dormir alternativamente, comen sandía, se masturban, beben zumo de sandía, o follan con una sandía en la cabeza (o con dos personas y una cámara de su lado; duro oficio el de actor porno), eso sí, no se follan a la sandía, como harían en American Pie 4: American Watermelon, pero apenas hablan, simbolizando a la perfección una sociedad cada vez más individualizada en la que solo balamos, pero para el sistema, una sociedad cada vez más antisocial, menos sociedad, en la que progresivamente se van perdiendo los valores, si es que alguna vez han existido tales cosas. Así, se genera una sensación de claustrofobia que desemboca en la necesidad de un respiro de aire fresco. De nuevo, la necesidad del universo paralelo, la imaginación, la música, la fantasía. E inundándolo todo, la omnipresente sandía: complemento del sexo y sustituta del agua, en tiempos de sequía.

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El último refugio

El personaje de Hsiao Kang es a Ming-liang lo que Doinel a Truffaut, como Lee Khang-shen es su Jean-Pierre Léaud (no en vano una escena de Los cuatrocientos golpes aparece reflejada en una pequeña pantalla en What Time is it There? (Ni nei pien chi tien, 2001), la tercera en la serie). Comenzó sus andanzas de jovenzuelo conflictivo en Rebels of the Neon God (Ching shao nien na cha, 1992), y poco poco su personaje fue haciéndose mayor con sus películas. Por el momento, en El sabor de la sandía hace su última aparición, ahora ya totalmente inmerso en el mundo del porno, tras sus primeros flirteos en el negocio en la anterior The Skywalk is Gone (2005). No obstante, hay que reconocer que tanto en su tratamiento como argumentalmente las conexiones más importantes con el resto de la filmografía del malayo son con The Hole (Dong, 1998) —filme no perteneciente a la serie de Hsiao Kang—, de modo que El sabor de la sandía casi podría considerarse un extraño remake de la película de 1998. En The Hole también había escasez de agua, también los protagonistas vivían en el mismo bloque y sí, también la alienación, la incapacidad de comunicación y la soledad eran los temas fundamentales de los que hablaba la película. Pero por supuesto, el proceso identificativo no sería completo sin los números musicales que permitían las huidas del vacío que lo llenaba todo. Aunque si algo hay en lo que El sabor de la sandía se distancia de sus predecesoras, yendo más allá que todas ellas juntas, es a la hora de mostrar el sexo de forma tan explícita que puede llegar a considerarse puro cine porno en más de una ocasión (con sus faciales incluidos —esto es, cuando el protagonista esparce el fruto de su pasión sobre el cuerpo de su amada, preferentemente en el rostro), y es que el sexo es el último refugio que les queda a los protagonistas para sentirse vivos, la última vía de comunicación, la más primitiva. Quizá la solución a todos los males de esta sociedad sea así de simple, rasgarse las vestiduras y regresar a nuestros orígenes. Tsai Ming-liang tiene un mensaje claro para todos, un mensaje que no deja lugar a malinterpretaciones. Menos hablar por el móvil (en boca cerrada no entran moscas, que es lo que sin dejar lugar a ningún género de duda viene a decir el precioso e indescriptible final, en el que todas las palabras se quedan cortas) y más follar.