Cuidada sencillez

La rutina fue mostrada en La náusea por Jean Paul Sartre —a través de la forma de un diario— como un intento de comprender la razón de nuestra existencia, indagando en la capacidad de todo ser humano de aprehender las sombras que confiere ese estar en el mundo. Ninguna necesidad, según Sartre, explica la existencia, pero es indudable que experimentamos el estar vivos. La diferencia entre un lunes y un martes cualquiera en nuestra ordinaria vida la señalan los adjetivos. En su primera película, el director bonaerense Lisandro Alonso (n. 1975) escoge un día cualquiera, como si fuera una página de un diario de la obra de Sartre, y retrata esa monotonía vital que nos persigue, lo hace a través de Misael, un joven hachero, al que la cámara persigue durante un día, reducidos a escasos 70 minutos de duración cinematográfica. Hay condensación, efectivamente, pero no hay eliminación de secuencias que muestran esos hábitos. Sustantivos sin adjetivos. ¿Cómo puede emocionar la monotonía?

Lisandro Alonso no persigue a Misael con una cámara en mano haciendo notar que estamos siguiendo y viviendo con el hachero. Los cuidados encuadres muestran una estudiada planificación, que no deja nada al arbitrio, en lo que sería una reformulación del realismo llevado a la pantalla, pues el personaje real en que se basa La libertad, el hachero, es reconvertido en actor para hacer de otro hachero, Misael, probablemente muy parecido al original, bajo las cuidadas directrices del director. Durante la diégesis temporal, vemos a Misael talar árboles utilizando un hacha y una sierra eléctrica, podarlos para, más tarde, venderlos como postes, enchufar la radio para que la música o las noticias le acompañen, comer, dormir, conducir, lavarse, cazar una mulita y asarla, que forman una serie de rutinas narradas con completa naturalidad, pero donde «el esfuerzo no está en el relato que narran, sino el personaje que describen. O, en todo caso, la anécdota está en función de la descripción del personaje» (Cecilia Pernanetti “La Libertad de Lisandro Alonso” en María Paulinelli (coord.) Poéticas en el cine argentino 1995-2005, Editorial Comunicarte, 2005, Argentina, pág. 118.), lo que abisma indudablemente a esta película de las bases del neorrealismo italiano.

¿Hay algo más? Supongo que ahí entra la mirada del espectador, la capacidad de reflexionar sobre lo que vemos, partiendo de la paradoja de titular una película con una palabra tan difícil de definir como libertad y hacerlo con una miniatura, contrastar un concepto con un personaje que quizá no tenga elección, quizá sí, como todos, para sentirse puntualmente libre, un personaje del que ninguna sombra habrá de su pasado. Es entonces cuando debemos transitar a través de las pocas ventanas al mundo que permiten los cuadros de Lisandro Alonso. Una de ellas es la conversación telefónica que mantiene con un hombre al que anuncia que irá a ver a su madre en mes y medio. No hay énfasis en el gesto, desconocemos si es una rutina más o si esa llamada conlleva que el hachero lleva años sin ver a su madre. O esa otra imagen, nada improvisada, en donde la cámara se olvida de Misael, al que dejamos durmiendo y se aventura en una espiral de movimientos hacia las copas de los árboles y hacia el cielo para señalar, ahora sí, al fondo, después de casi dos minutos de danza, un foco real, la camioneta que recogerá a Misael para que venda sus postes. Pero hasta ese momento, ¿qué significado se puede inferir de esa singularidad?

Esa mirada sobre la cotidianidad es vaciada de contenido ideológico a través de la negación a narrar nada singular. Incluso aquello que es, de por si, irrepetible, como son las escasas y breves conversaciones que mantiene, en una de las cuales le dicen que le pagan menos por los troncos, no significan nada más que eso, que ese día, Misael sacará un poco menos de dinero, pero no será determinante en su forma de vida, y no se podrá realizar una lectura sencilla ideológicamente contraponiendo explotador/explotado, en donde el pagador quiera aprovecharse de un abandonado de la tierra. En una segunda conversación, de enorme brevedad, pregunta en la gasolinera por mujeres y le dicen que no han llegado aún. Misael, simplemente no pagará ese día por tener sexo con una mujer, y seguirá su camino, su rutina, su automatismo, como el del despertador que suena.

Y volviendo al título, ¿dónde se encuentra en esta pequeña obra? Yo la encuentro, y por eso admiro esta película, en el fluir entre el constante sonido de los pájaros, más esos truenos de fondo que acompañan unas imágenes que sí me hacen vislumbrar una libertad, la de unas imágenes que fluyen sin que parezcan condicionados por la meditada puesta en escena, la del acercamiento brutal hacia las vivencias de alguien que llena con costumbres cada día, como también lo hago yo. Ése es el gran logro de Lisandro Alonso, conseguir mostrar la cotidianidad, la náusea de Sartre, vaciándola de cualquier agarradero ideológico para permitir que sea el espectador quien aporte y rellene el fondo emotivo, pues en ella no hay reclamo intelectual. Tras la emoción, ya trataremos de pensar en las razones de cómo hemos llegado a la dicha. O no.