El futuro se conjuga en presente (o el triunfo del digital)

Es difícil averiguar cuándo sucedió. En qué momento de la pasada década el cinéfilo de a pie empezó a cuestionarse (ni que fuera por mera curiosidad) si lo que estaba viendo en la pantalla de su cine era resultado de un rodaje en celuloide o en digital. Mientras muchas salas aún no se decidían a dar el salto a un nuevo modo de proyección y la llegada de la TDT se anunciaba como una revolución que no sería tal, las nuevas posibilidades tecnológicas iban expandiéndose cual virus irrefrenable que alcanzaba tanto a las obras de ínfimo presupuesto como a las superproducciones mainstream. Nadie se había vestido de duelo para despedir a la imagen fotoquímica y, sin apenas darnos cuenta, ya nos habíamos familiarizado con términos como HD, DV, píxeles o motion capture. El tan anunciado futuro estaba aquí, sin vuelta atrás.

Las suspicacias que nos despertaba a algunos este presunto avance tecnológico eran considerables; pues no era fácil dilucidar hasta qué punto la aplicación de las innovaciones técnicas se debía sólo a la necesidad económica de reclutar espectadores tecnofílicos para la causa (como sucede, por ahora, con el viejo sistema 3D) y no a la tan cacareada voluntad de democratizar el acceso al cine (para verlo y para rodarlo). No íbamos a pecar de ingenuos y, en esa etapa de transición, éramos un mar de dudas. Años atrás, como a tantos otros, nos había sorprendido el estreno de cintas en vídeo como Los idiotas (Idioterne, Lars von Trier; Dinamarca-Suecia-Francia-Holanda-Italia, 1998) o El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez; Estados Unidos, 1999), pero seguíamos creyendo que el cine directo merecía más la pena que el movimiento Dogma y que una grabación amateur no podía competir con las composiciones de nuestro autor preferido.

Inocencia, dirán algunos. Actitud reaccionaria, dirán otros. Pero lo cierto es que teníamos suficiente memoria —la que va del cinerama al sistema IMAX— como para poner en cuarentena la revolución y pensar que, como tantas otras, la moda iba a pasar de largo. Por una vez, no fue así. Lo digital arrasó con casi todo (hoy el montaje tradicional es casi una anomalía) y los que antes soñaron con las posibilidades de la imagen electrónica (de Antonioni a Coppola, pasando por Godard) dispusieron ya de la tecnología para dar rienda suelta a sus inquietudes estéticas. Nos iba a costar admitirlo, pero algunos de nuestros cineastas preferidos (Lynch a la cabeza) creían en la nueva religión y, por mucho que algunos resistentes renunciaran —y renuncien— a ella (como hizo Chaplin con la llegada del sonoro), no nos quedaba otra que subirnos a un tren que ya no se frenaba en la estación de los Lumière sino que alcanzaba una fábrica china capturada por Wang Bing y, a su vez, era comandado por un Tom Hanks animado bajo el nombre de Polar Express.

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Extraños tiempos para la lírica. Quizás. Pero nuevos (y excitantes) tiempos al fin y al cabo. No siempre uno tiene la ocasión de experimentar en directo una transformación de este calibre y, al igual que Internet, el cine es hoy un lenguaje expresivo expandido que aparece en los lugares más inesperados (del museo al teléfono móvil) mientras las industrias tradicionales resisten tímidamente su embestida inmaterial (pues la imagen digital no es más que un conjunto de unos y ceros) que todo lo retransmite y todo lo pone en duda. Hasta tal punto que, incluso la filmación aparentemente más nítida y demoledora de lo que llevamos de siglo (la caída de las Torres Gemelas en directo), parece confundirse en el sinfín de imágenes virtuales que pueblan nuestro día a día y que llevan a cuestionarnos hasta qué punto la hípervisibilidad y la simultaneidad nos permiten comprender mejor el mundo que antes, cuando sólo teníamos un canal y nada sabíamos del hipertexto.

Por fortuna, el ingenio de ciertos creadores nos ha ayudado a salir del paso y a encontrar películas (si es que este término aún debe seguir utilizándose) a las que agarrarse. Pues, más allá de reducir costes y epatar con efectos especiales, el cine digital ha dado lugar a nuevas estéticas (a nuevas texturas de la imagen, si prefieren) que, tal como ha sucedido en otras artes como la escultura o la pintura, permiten afrontar el registro y la representación de la realidad de un modo indudablemente distinto y enriquecedor. En los dosmiles encontramos tanto filmes que reflexionan sobre el estado (visual) de las cosas —de Redacted (Brian De Palma; Estados Unidos-Canadá, 2007) a Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves; Estados Unidos, 2008— como cineastas que ya saben aplicar las nuevas posibilidades a su estética mutante —de Michael Mann a David Lynch. Por no hablar de todo lo que ha implicado la irrupción de Youtube (y similares) en el modo de consumo y producción de imágenes al margen del stablishment. Todo un mundo por descubrir.

Aun así, conviene mantener la calma y no perder los estribos. Sería fácil dejarse llevar por la corriente y pensar que la web 2.0. nos hará libres (cuando todas las instituciones poderosas están en ella) y que el talento cinematográfico saldrá a borbotones (ahora que todos tenemos acceso a una cámara y podemos expresarnos visualmente), pero las cosas no son, para nada, sencillas. Y en esta perturbadora complejidad es donde deberemos movernos (con pies de plomo) los que intentamos dar sentido a las imágenes que conforman algo que, en vez de cine, se ha venido a llamar el audiovisual. Para bien y para mal. Que el digital nos coja confesados.