Mumblecore, u otra forma de hacer cine independiente en los EE.UU.

Resulta llamativa la tremenda bipolaridad, en más de un nivel, que ha caracterizado el cine norteamericano de los últimos diez años (y que probablemente también definirá, tal y como percibimos el 2010, la década actual). Pertenece a la lógica industrial-capitalista que las poderosas majors destinen presupuestos desorbitados a películas capaces de franquear una inagotable barrera tecnológica auspiciada por visionarios tan inteligentes como oportunistas; o lo que es lo mismo, acometer una inversión casi segura que se verá acompañada, en la mayoría de los casos, de un atronador éxito comercial que permitirá, asimismo, la reutilización de dicha tecnología en proyectos de similar envergadura para que la industria del cine pueda volver a repetir triunfos económicos del pasado (y seguir así manteniendo la gallina de los huevos de oro, claro está). El ejemplo más reciente al respecto: fusionar (de nuevo) con inquietante convicción imágenes de acción real e imágenes de síntesis en la gran pantalla, pero esta vez (y he aquí la novedad) con el fin de ser digeridas por el público en sofisticada proyección tridimensional (gafas mediante), lo que ha generado una moda que, para el espectador de multisala (es decir, casi todos), se ha convertido ya en hábito hasta que otro invento de semejantes características perfeccione el anterior o lo sustituya por otro. Justo en el lado contrario, a años luz del motion-capture y otras exquisiteces por el estilo, se advierte (con muchísimo menos mucho ruido) la presencia (prácticamente invisible en nuestro país) de una tendencia más discreta, tanto en el plano artístico como en el industrial: ¿qué narices es la etiqueta denominada mumblecore?

El término surgió en el año 2005, durante el South by Southwest Film Festival celebrado en Austin, Texas. Cuando a Eric Masunaga, técnico de sonido de las dos primeras películas de Andrew Bujalski —Funny Ha Ha (2002) y Mutual Appreciation (2005)— le preguntaron por las características comunes que podrían definir tres trabajos presentados en dicho festival —la citada Mutual Apreciation, The Puffy Chair (Jay & Mark Duplass, 2005) y Kissing on the Mouth (Joe Swanberg, 2005)—, él respondió que la forma de mascullar, la manera de hablar entre dientes que tenían los personajes en la ficción. Aunque Bujalski utilizara dicha acepción en una entrevista un tiempo después, el mismo se arrepiente de que dicha etiqueta, mencionada como una broma y tomada en serio fuera de contexto, se haya convertido en una acepción que los detractores usan también de manera peyorativa.

Mumblecore (también Slackavettes, en homenaje al padre de todos los indies John Cassavettes, u oficialmente, The New Talkies: Generation D.I.Y.) es un islote dentro del poliédrico y paradójico cine independiente norteamericano, pero también una firme declaración de principios ejecutada por un grupo de jóvenes cineastas provenientes de la costa Este. Sus armas son la cotidianeidad extrema ejecutada con la cámara digital en mano a propósito de idas y venidas sentimentales/amistosas/fraternales, un inevitable despojamiento formal y, por ende, un naturalismo a ultranza determinado por la presencia de actores semiprofesionales en continuo proceso formativo que les ha llevado, dadas las circunstancias, a crear su propio y reducido star-system —Greta Gerwig, Mark Duplass, Justin Rice y los propios Swanberg y Bujalski—. Sus ínfimos presupuestos podrían parecerse a trabajos “fin de carrera” de una escuela de cine, pero solo en apariencia: aunque el sustrato cómico predomine casi siempre sobre el dramático, la autoconsciente pose amateur que respalda la sencillez de sus argumentos perfila un modo de acercarse a la realidad bastante más complejo de la que en teoría pudiera simular. Sus tramas —hinchadas de elaborados diálogos (erróneamente) vinculados a la prosa ingente del cine de Eric Rohmer— atrapan grandes dosis de realismo no por las limitaciones técnicas más o menos autoimpuestas, sino por cómo se retroalimentan realidad y ficción en el seno de sus diarios confesionales. Sin ir más lejos, Beeswax (2009), la última película de Bujalski, indaga en los problemas de comunicación que sufren dos hermanas que también lo son en la vida real, motivo temático (el de la incomunicación) que también acompañaban las testimoniales y levemente autobiográficas Funny Ha Ha y Mutual Appreciation; pero también Humpday (Lynn Shelton, 2009), agridulce meditación sociológica sobre los límites de la amistad masculina en la nueva América liberal de Barack Obama. Otra estrategia que planea en sus tramas tiene relación con el ambiente profesional del que provienen sus miembros, como el par de guionistas y la chica en discordia que protagonizan Hannah Takes the Stairs (Joe Swanberg, 2007) o los cuatro actores desempleados que integran Baghead (Jay & Mark Duplass, 2007), inclasificable propuesta de jocosa raíz metacinematográfica que plantea, de manera tan estrafalaria como finalmente sensata, cómo realizar una película mumblecore sin salir lastimado gravemente de la misma.

Determinar el futuro del mumblecore se antoja tarea complicada. En los inicios, sus películas eran rechazadas hasta por Sundance, pero la visibilidad del movimiento ha permitido que Beeswax fuera estrenada en la sección “Forum” de la Berlinale 2009 y Humpday en la “Quincena de los Realizadores” de Cannes del mismo año. Alexander The Last (2009), la última película de Swanberg, ha sido producida por Noah Baumbach. Y los hermanos Duplass han escrito y dirigido para Fox Searchlight una comedia protagonizada por Jonah Hill, Marisa Tomei, Catherine Keener y John C. Reilly titulada Cyrus (2010). Signos visibles que recuerdan la progresiva adquisición de valores de la esfera independiente por parte de la industria hollywoodiense en los últimos años. La historia puede que se repita.