Más de dos décadas antes del estreno de Man on wire, la leyenda de Philippe Petit ya había sido objeto de un relato breve a cargo del escritor norteamericano Paul Auster, En la cuerda floja, homenaje al funambulista que cometió el crimen artístico del siglo: caminar sobre un cable de acero entre las Torres Gemelas de Nueva York en agosto de 1974. En sus páginas, el autor de La música del azar se deshacía en elogios concretamente de On The High-Wire, el libro en el que Petit, además de narrar colateralmente su extraordinaria aventura, reflexionaba sobre su oficio, el equilibrismo, al que veía como “un arte solitario, una forma de abordar la propia vida desde el rincón más oscuro y secreto del yo”. Para Auster, la narración de Petit era “la historia de una búsqueda”, “un relato ejemplar de las ansias de perfección del hombre”, móviles que identificaba con su profesión de escritor. Como al novelista norteamericano, la hazaña de Petit ha seguido maravillando a sus nuevos descubridores por la universal parábola que subyace, la de que “la vida debe ser vivida en el borde de la vida”. Galardonada como mejor documental en la edición de los Oscar de 2009, el título de James Marsh, prolongación del indomable espíritu de Petit, es un canto a la rebeldía y a la no adhesión de las reglas impuestas. Pero, ¿cómo empezó todo?

El filme se nutre de las declaraciones del equipo con el que Petit había ejecutado tan singular empresa: tanto de sus más íntimos colaboradores (con los que había fundado la Asociación World Trade Center en Francia, su tierra natal), como del enlace norteamericano, que proporcionó carnets falsos para infiltrarse en las Torres Gemelas. Además de relatar el origen del proyecto, la preparación del golpe y las adversidades que sufrieron durante la noche en que accedieron a los rascacielos, Man on wire describe los antecedentes del protagonista, con espectáculos parecidos a los que haría sobre las calles de Manhattan en la Catedral de Notre-Damme y el Puente de la bahía de Sidney. Sin embargo, de lo que más se nutre el filme es del talento narrativo de Petit. Su pasión inyecta vida al relato. Las escenas en las que se logran las cotas creativas más altas en cuanto a mezcla de ficción y realidad parten de su teatralidad para crear un doble juego de representación: el que el propio personaje pone en escena mientras está siendo entrevistado y, al mismo tiempo, al que asistimos mediante una recreación ficticia por montaje paralelo.

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Resulta loable el empeño del director James Marsh por ir más allá de las cualidades intrínsecas de la historia y por proporcionarle densidad fílmica al conjunto, al contrario de lo que suele suceder en bastantes documentales, en donde el interés del discurso tiende a ser inversamente proporcional al de los acontecimientos narrados. Pese a un clímax anunciado, Marsh consigue gestionar la atención del espectador por medio de una narrativa repleta de transiciones temporales; también rentabilizando el suspense que llevan adheridos algunas situaciones recreadas, como cuando Petit y parte de su equipo, a la desesperada, se tapan con una lona para no ser descubiertos por el guardia de seguridad que hace la ronda. La escena permanecerá inconclusa durante buena parte del metraje, lo que da pie a ser retomada y estirada como eficaz estrategia narrativa. La ficción se aprovecha, en definitiva, para sacar a relucir el thriller que la historia de Petit lleva dentro. El inicio del film, de hecho, con un montaje rápido de los prolegómenos del golpe, parece planteado como un guiño a las películas de atracos.

Con todo, Man on wire lleva implícito un encendido epitafio hacia las difuntas Torres Gemelas. Al fin y al cabo, estamos ante el sueño de un hombre que, desde su niñez, se había obsesionado con contemplar su belleza desde una posición privilegiada. Quizá aquí esté la clave del por qué el Oscar al mejor documental. La película, incluso, abunda en esta correlación al asociar la infancia del protagonista con la construcción del World Trade Center: el inicio del sueño coincide, pues, con la forja del símbolo de una nación. Por ello, la proeza de Petit continúa hoy considerándose un hecho en donde la locura y la belleza estuvieron separadas por una membrana muy estrecha. Fue el canto del cisne de un grupo que se disolvió tras finalizar y que, desde entonces, vivió ensombrecido por una acción inigualable, que sabían que jamás podrían repetir. Visto así, las lágrimas de uno de los colaboradores de Petit nos hacen dudar de si la emoción es por lo empresa que concluyó o, más bien, por la desaparición de los dos edificios de la isla de Manhattan. Cualquiera de las dos interpretaciones sería válida.


©copy; Texto publicado en el anuario Cine para leer Junio-Diciembre 2009