Y los niños salvaron el mundo

Qué es el cine infantil? ¿Cine con niños? ¿Cine para niños? ¿El cine que la industria presume que los críos están preparados para ver? ¿Las películas que han de gustar a los más pequeños, como si se diera una sensibilidad común en todos ellos? [1]

¿Existe en realidad una sensibilidad exclusivamente infantil o la parcelación del público atiende sólo a cuestiones mercantiles? Un complicado asunto que nos replantea cada nueva película de Hayao Miyazaki. Porque el artista nipón desbarata, un filme tras otro, los cimientos del cine infantil más comercial, desarrollando una trayectoria única que rehúye cualquier etiqueta y en la que interpreta, con una percepción poética muy personal de la realidad, las relaciones entre los seres vivos y su entorno (ya sea urbano o rural). El sustrato cultural que nutre y da forma a sus películas es siempre múltiple y poliédrico: desde la notable influencia de la religión sintoísta, evidenciada en el animismo de El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro. Hayao Miyazaki, 2001) —donde uno de los personajes centrales es un río—, a su feminismo de raíz tezukiana (que lo inclina a la predilección por caracteres femeninos tozudos, hábiles e inteligentes) sin olvidar la militancia ecologista y pacifista (característica, esta última, clave del pensamiento humanista japonés posterior a las masacres de Hiroshima y Nagasaki) omnipresente en toda su filmografía; o las floridas referencias a mitologías tan diversas y divergentes como las de Europa y las del Asia Oriental. Este complejo ideario toma forma en animaciones de inagotable imaginería visual, capaces para transmitir tanto plácida belleza como horror y perturbación. Imágenes que, con su fuerza expresiva, dan cuenta de la violencia interior de personajes en guerra con sus miedos o con su propia identidad (herida o fragmentada), como Howl en El castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro. Hayao Miyazaki, 2004) o el Haku de El viaje de Chihiro. De esta forma, este singular creador rompe todos los tabúes que abandera el cine de animación disneyficado, mostrando el elemental respeto por sus espectadores (niños y adultos) a la hora de explorar los universos de la infancia y reflexionando, con lúcida madurez, sobre cuestiones trascendentales como la guerra, la desintegración de la identidad o la muerte. Resulta de ello una obra fuente de inagotable riqueza intelectual y sensorial, sin márgenes de edad para ser debidamente apreciada.

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Ponyo en el acantilado se ha entendido como una regresión al primer cine de Hayao Miyazaki, a la sencillez (con aristas) de Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro. Hayao Miyazaki, 1988) o Nicky, la aprendiza de bruja (Majo no takkyubin. Hayao Miyazaki, 1989), en el contexto de una filmografía que venía evolucionando hacia tramas y personajes cada vez más numerosos e intrincados y un uso de elementos simbólicos de creciente complejidad. Sin embargo, se trata de una lectura superficial e imprecisa: lo cierto es que el filme que nos ocupa bebe de las dos vertientes del cine del autor. Verdad es que se atiene al muy elemental argumento de La sirenita de H.C. Andersen, pero la simpática historia de amor entre niño y pez muta pronto en una guerra entre el Hombre y la Naturaleza a causa de la transgresión del pececito Ponyo, decidida a convertirse en una niña humana. La lírica y la épica se contagian y confunden: son los dos pequeños los únicos capaces de enfrentar, a partir de la tenacidad que les otorga su inocencia, la catástrofe que espera al mundo. La serena belleza que recorre las imágenes de la película no debe hacernos olvidar la condición de gran gesta mitológica que tiene la aventura de los dos niños, transmutándose lo que es en apariencia una correría de patio de parvulario en la obstinada lucha por encontrar nuestra verdadera identidad a partir del reflejo que nos devuelve el Otro, y conciliar, de esta manera, dos mundos en eterna pugna.

Si las hermanas Satsuki y Mei o la bruja Nicky debían luchar por entenderse mejor a sí mismas y a su entorno, Ponyo y Sosuke son los encargados de restaurar el orden mundial para evitar una catástrofe natural de grandes proporciones. Miyazaki disimula la épica de su último cine disfrazándola con los atuendos sencillos, agradables y ligeros de su obra temprana.

Ponyo en el acantilado deja un reguero de imágenes vívidamente animadas a partir de su dibujo a lápiz, hermosas y apacibles, como las que ilustran el bellísimo acontecer de la vida submarina, o la minuciosa descripción de la fábula amorosa, formulada en escenas plenas de detalles y gestos de pura vitalidad infantil. Y es que los pequeños de Ponyo en el acantilado piensan, actúan y hablan como lo esperaríamos de los de carne y hueso. De esa impecable verosimilitud y de su épica/lírica de lo sencillo brota la potencia conmovedora de esta obra maestra de nuestro tiempo.


[1] ¿O acaso debiera ser el cine de los niños, o sea, el realizado por ellos si tuvieran acceso a los instrumentos necesarios para efectuarlo?