Rohmer contra al tiempo

«No se trata de proyectar lo que vemos o lo que somos, sino al contrario, se trata de atisbar el pasado desprovistos de prejuicios, del polvo que hemos depositado sobre él»
Eric Rohmer

La palabra hablada, con sus dobleces, matices y secretos, frente a la palabra escrita, sentenciosa y hermética. Frente al gran relato, el diálogo. Frente a las certezas de los manuales y del cine “de época”, el misterio del pasado aún por entender: Eric Rohmer parecía creer también que la Historia es un ente vivo que se reescribe cada día, no una simple suma de datos, sino más bien un conjunto de mitos y fetiches. Por eso, frente a la estética de máximos, la puesta en escena de mínimos, para dar cuenta del artificio sobre el que hemos construido un pasado falsamente lineal y para aspirar, como máximo, a “atisbar” ese pasado; nunca a explicarlo. Otro de los grandes relectores históricos contemporáneos, el no-autor literario Luther Blissett/Wu-Ming, niega la coherencia de esa línea recta dibujando espirales, sembrando dudas y fabricando nuevos mitos. El reverso cinematográfico de esa ficción-guerrilla nos acercaría, más que a Rohmer, al Peter Watkins de Culloden (idem, 1964) y La Commune (idem, 2000). Rohmer no hace guerrilla de la comunicación, o al menos no en sentido estricto. En su lugar, observa y reduce con microscopio los grandes acontecimientos hasta extraer de ellos lo esencial, de forma que las contradicciones queden al descubierto por sí mismas. En La inglesa y el duque fue la Revolución Francesa. En Triple Agente fue la convulsa Francia de los últimos años treinta, utilizando como mcguffin las convenciones del cine de espías, convirtiendo París en un gran tablero en el que sus personajes juegan al engaño y la traición. Como dispositivo, dirige el foco hacia la intimidad de un matrimonio-icono: un espía ruso y una mujer griega, ambos exiliados. Y desde ese punto de origen, el ámbito doméstico como microclima esencial, hace dialogar a sus personajes sin desvelar nunca quiénes son y qué hacen, convirtiendo Triple Agente en una película de espionaje sin espionaje y en una película sobre la Historia sin apenas historia (viejo zorro, Rohmer: los rótulos y los noticiarios recuperados aplacan nuestra necesidad de asideros narrativos). No sabemos nunca la verdad sobre ese matrimonio, ni sobre ese espía (doble o triple), ni sobre sus aliados y sus enemigos, del mismo modo que nunca detectamos ninguna presunción historicista en el retrato de la época. Fiodor y el resto se mueven por el relato como si Rohmer los observara desde fuera, como si no fueran creaciones propias sino personajes vivos a los que el cineasta mira por una cerradura sin llegar a comprenderlos (el punto de inflexión de Triple Agente viene subrayado por un cierre-apertura de iris). Cuando Fiodor habla sobre la estrategia de los estados europeos ante la Guerra Civil del 36, parece hablar de sí mismo y los demás personajes, desvelando el sentido de la película que protagoniza: “Para italianos, alemanes y soviéticos España no es un verdadero terreno de enfrentamiento, sino más bien un campo de maniobras en el que sólo se busca observar al adversario y en el que te trae sin cuidado la victoria. Diría incluso que esas intervenciones son simulacros para engañar a la opinión occidental”. Su interlocutor pregunta: “¿Con qué fin?” Y Fiodor remata: “Disimular sus intenciones. ¿Cuáles? Eso es lo que me gustaría saber”. Así, con esa misma desconfianza, observamos también nosotros los actos de los franceses rojos y los rusos blancos, o de los nazis y los soviéticos. Como en el Q de Luther Blissett, aquí nadie es quien dice ser, y resulta imposible distinguir el simulacro de la verdad. Por eso esperamos que el narrador nos aclare las dudas, nos descubra los hechos y desenmascare a sus personajes. Finalmente comprendemos que nada de eso ocurrirá, porque mientras les oímos hablar, Rohmer se pregunta lo mismo que nosotros y -como Fiodor- se lamenta en voz alta (“¿Cuáles son sus intenciones? Eso es lo que me gustaría saber”), declarándose incapaz de retratar con certezas una realidad deformada por los mitos y los fetiches.

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Claro, antes habíamos visto ya La inglesa y el duque, que no necesita reivindicación. Mucho se ha escrito ya sobre el tour de force irrepetible con el que el octogenario Eric Rohmer se convertía en el autor más joven y audaz del momento: si los iconos del pasado nos impiden observar con rigor ese pasado, descontextualicemos los iconos y convirtámoslos en personajes. Porque todo lo dicho sobre Triple Agente vale para La inglesa y el duque, otra reformulación del género que manosea la intriga, otra apuesta por la palabra, otra ficción de mínimos y ámbitos domésticos enmarcada por grandes acontecimientos. Pero esta vez, además de esquivar el peso de los mitos reduciéndolos a la intimidad, Rohmer da un paso más y pone al descubierto todos los artificios posibles: el de la historia de 1789, el de la reconstrucción de “hechos reales”, el del cine llamado a sumergirnos en la magia de la narración. Se acerca a la Revolución Francesa desde el punto de vista de quienes la Historia catalogó como villanos, dejando fuera de campo los hechos y filmando sólo la manera en que sus personajes viven esos hechos. Y lo hace usando un recurso visual brillante: la mezcla (el choque o la colisión, más bien) de los cuerpos de los actores con escenarios pintados, digitalizando los lienzos de la época y haciendo caminar a los personajes por los mismos cuadros. Un repliegue, un enroque: para huir de la representación y la reproducción, volvamos a la presentación, a la recuperación de las fuentes originales como herramienta para atisbar el pasado. Pero también una jugada casi subversiva que pone en cuestión, esta vez de manera frontal, la validez de los registros canónicos, haciéndonos pensar otra vez en Peter Watkins y La Commune… Al final, ¿será también Rohmer un cineasta de guerrilla?