Y así pasan los días

Conozco a dos personas a quienes no les gusta In the mood for love. Ambas son muy cultas, sensibles al arte y una de ellas tiene incluso corazón. La primera (la del corazón) escribe en esta revista, y no tengo ni idea de por qué no le gusta. La otra es un escritor que en otro tiempo pensaba que para contar una buena historia bastaba con un chico y una chica. Pero —según me dijo— no aguantó los diez primeros minutos de la película. Aún no me explico por qué, incluso aunque sospeche que hace tiempo vendió su alma destilada a cambio de un personaje y, en esas circunstancias, sea más aconsejable dedicar la noche a un western. Así y todo se equivoca. In the mood for love no es sólo el cuento triste de un chico y una chica, sino un poema sobre las trampas de la memoria, la cobardía, las vidas no vividas, lo que pudo ser y no fue o no supimos cómo hacer que fuera, el lento discurrir del tiempo y su reverso oscuro, lo que no vemos y su negra espalda. Y eso, en sí, es bastante jodido. Hay que atreverse a enfrentarlo solo, quizá con un whisky a mano, sabiendo que en ese duelo al sol con el reloj de arena sólo puede quedar uno y nosotros tenemos todas las de perder. Pero aún así. O por eso.

Wong Kar Wai es el héroe de esta historia. El tipo que no se resigna a dejar que el tiempo pase sin tratar de atraparlo, el hombre clarividente que sabe que capturar el significado de ciertos instantes es la única manera de darle un sentido a la propia existencia y, de paso, salvar de alguna forma la de sus dos desgraciados amantes que jamás llegan a serlo. Lo consigue. Cada fotograma de In the mood for love es una foto del tiempo en movimiento, un prodigio del cine, un imposible hecho imagen. El hongkonés da cuerpo a cada segundo invisible que se nos escapa a ritmo de un vals triste. Los filtra de entre la humedad de las calles oscuras, los recoge en los peldaños de una mohosa escalera donde caen desprendidos del punto en que se tocan la manga de un hombre que sube y el brazo desnudo de una mujer que baja. Los congela. Y fija su memoria todo lo que es posible, aunque después de un tiempo conformen sin remedio una imagen borrosa: la que vemos al tratar de mirar el pasado del que siempre nos separa un cristal polvoriento.

Mientras el director se empeña en parar el reloj sus personajes viven su breve encuentro torpemente, intentando comprender un engaño descubierto en la prosa miserable de bolsos y corbatas comprados descuidadamente a pares por sus consortes infieles. Eso aún es más difícil. Darle la vuelta al tiempo, mirar al otro lado, ponerse en el lugar del marido y la esposa y ensayar los encuentros, actuar, representar sus papeles para poder entender, atrapados en ese juego enfermo que no pueden ganar. Y Wong Kar Wai les deja deambular sin avisarnos, jugar a ser los otros, aquellos a quienes jamás nos deja ver en la pantalla, pensar en aquello que estarán haciendo, en cómo pudieron hacerlo, mientras su vida se estanca en ese empeño matando la posibilidad de un amor que sí es cierto y jamás vivirá, pero cuya presencia imposible es tan triste que la separación habrá de ser ensayada antes de ser vivida, como si eso fuera hacer el dolor algo más soportable.

In the mood for love no es una historia en presente, es toda ella un recuerdo. El de su director que recrea su infancia de emigrante en el cantón donde todos los vecinos vivían puerta con puerta atisbando la vida del resto reencuadrada en los marcos de puertas siempre abiertas, reflejada en espejos, entrevista a través de ventanas melancólicas y cortinas que se bambolean susurrando quizás al compás de Nat King Cole. Y el de un periodista que un buen día despierta cuando viaja a Camboya años después para cubrir la visita del general de De Gaulle, una imagen sorprendentemente real en una película que, hasta ese momento, ha sido en cada segundo la estilización perfecta de la belleza. Y allí, frente a la vida que tiene, sólo le queda susurrar el secreto de la que debió ser en el hueco en la pared de un templo milenario. Por si así sobrevive. Por si quizá pueda volver a ese lugar buscando días perdidos para recuperarlos escribiendo sobre un futuro lejano habitado por androides donde las heridas del tiempo siguen siendo las mismas. Las que sentimos todos. O casi todos. Sólo conozco a dos personas a quienes no les gusta In the mood for love. Y, créanme, conozco a mucha gente.