Tour de force

La figura de Paul Thomas Anderson en el actual panorama cinematográfico americano es la de un auténtico perro verde, un cineasta con un inmenso talento natural, un conocimiento enciclopédico de la Historia y la técnica del cine y unas enormes ganas de demostrarlo. Anderson fue capaz de revolucionar el cine independiente con órdagos a la grande como Boogie Nights (1997) o Magnolia (1999), marcarse una comedia bizarra como Punch-Drunk Love (2002) y lograr el-más-difícil-todavía con Pozos de ambición (There Will be Blood, 2007), que retomaba el clasicismo épico hollywoodiense para darle una nueva y arriesgadísima (incluso a veces fallida) vuelta de tuerca.

Cuando su última película se estrenó hace tres años, se puso de manifiesto una enconada división de opiniones en la crítica nacional e internacional: unos la consideraron una obra grandilocuente en la forma y vacua en el fondo, y la denostaron por el histrionismo agudo de Daniel Day-Lewis en su papel de misántropo magnate del petróleo; otros la calificaron como instantánea obra maestra por su virtuosismo técnico y su alegoría moralista sobre los pilares (dinero y religión) en que descansa la sociedad estadounidense. Años después, alejado ya de esa polémica inicial y tratando de volver a verla sin prejuicios ni sospechas infundadas, vuelvo a rendirme ante el apabullante despliegue de Anderson. Admito que algunos complejos movimientos de cámara no tienen otra función que epatar y que Day-Lewis está algo pasado en varias secuencias, pero capitulo sin ambages ante la cautivadora puesta en escena, la fuerza narrativa a base de brutales elipsis y la estridente banda sonora compuesta por Johnny Greenwood, guitarrista de Radiohead.

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Adaptación libérrima de Oil, más que recomendable novela escrita por Upton Sinclair en 1927, Pozos de ambición parte del clasicismo de la época dorada de Hollywood, en la que el relato épico del self made man no parecía tener reverso tenebroso, para llevar a Daniel Plainview desde una rudimentaria mina de plata a convertirse en un ser humano despreciable consumido por la codicia y la soledad. El camino hacia la riqueza demanda su precio en sangre y acaba por transformarse en un trayecto hacia la locura. El director está menos interesado en los oscuros negocios del petróleo que en el propio personaje de Plainview, un ser solitario, introspectivo y emocionalmente tullido, cuya historia personal es tan difusa como su moralidad. Plainview se vuelve cada vez más intratable según el dinero lo va aislando de las relaciones humanas. El amor y las mujeres son un terreno incógnito, carece de amigos y desprecia a su hijo adoptado por haberse quedado sordo y termina asesinando a sangre fría a un intruso que se ha hecho pasar por su hermano para compartir su fortuna. Day-Lewis, con los ojos brillantes de Walter y John Huston en el rostro mientras brotan a su alrededor los chorros de oro negro, consigue su Tesoro de Sierra Madre convirtiéndose en el camino en un héroe demoníaco a medio camino entre el Thomas Stupen de ¡Absalón, Absalón! de Faulkner y el James Dean de Gigante (Giant, George Stevens, 1956).

Esta pequeña crónica no pretende eludir los errores de una película tan desmesurada como Pozos de ambición, sino que ve en esas imperfecciones y esa grandilocuencia parte de su encanto inherente y, quizá, su razón de ser última. Ante los prodigiosos 15 minutos que abren el film o la secuencia de la humillación de Plainview frente al joven predicador encarnado por Paul Dano, este humilde cronista no puede hacer otra cosa que abrir la boca de admiración, dejar análisis más sesudos para otro momento y abandonarse a la pura fascinación de la imagen en movimiento. Si esto no es un clásico moderno que venga David O. Selznick y lo vea.