«This is the way the world ends.
This is the way the world ends.
This is the way the world ends.
Not with a bang but a whimper.»
T. S. Eliot [1]

Obsesión por acabar con todo

The Hollow Men (Los hombres huecos), el poema de T. S. Eliot que sirve como leit motiv de la segunda e impresionante película de Richard Kelly, Southland Tales, alterado para la ocasión con fines satíricos [2], nos habla del fin del mundo. Esta injustamente maltratada obra, y me refiero a la película que no al poema, algo que intentará ser reparado a continuación, por supuesto de forma subjetiva, y por tanto mucho más significativa, pues una de las mejores cosas que se han filmado en los Estados Unidos después del 11 de Septiembre (el de 2001, y por una vez sí viene al caso hablar de cine post 11-S) no merece menos, también nos habla del fin del mundo, del apocalipsis. Se termina con un sollozo, nos dice el poema. Pero también habla de una explosión. Dos caminos muy diferentes para llegar al mismo sitio. Boxer Santaros se enfrenta a una encrucijada al comienzo del comic que se complementa con el filme, una bifurcación que es el comienzo de esta historia, que es el comienzo del fin. Lo fácil cuando no se sabe qué dirección tomar es elegir el camino de en medio. Santaros no tiene esa metafórica opción y elige, sin saberlo, y porque no puede escindirse y tiene que elegir uno, el camino de la explosión. Richard Kelly no lo duda. Él sí que tiene muy claro por donde quiere llevar la historia. No sorprende tanto si rebobinamos cinco años…

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Donnie Darko (2001) supuso un hito en el cine fantástico contempóraneo. El debut de Kelly en el largometraje se convirtió inmediatamente en una película de culto. Tenía todos los ingredientes para ello: un coctel explosivo que podría ser una mezcla entre lo desapacible y misterioso de Carretera perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997) y el divertido desparpajo de Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) donde se reunían paradojas espacio-temporales, personajes carismáticos enfrentados con antagonistas a la altura de las circunstancias y una banda sonora más que bien llevada, inmersos en un argumento imposible, retorcido y ornamentado dentro de un guión de los que cualquiera querría haber escrito. Y que comienza con un conejo gigante que le dice a Donnie que el mundo acabará en treinta días. Sí, no lo había dicho, pero la primera película de aquel joven veinteañero que todavía lo sería unos pocos años más, también hablaba del fin del mundo. A Woody Allen le obsesiona Nueva York y nos lo muestra en sus películas, a Russ Meyers las tetas grandes que, cómo no, gustaba de exhibir en su cine, y a Richard Kelly el apocalipsis, y es lo que nos ofrece, con la ventaja de que al acabar la película el mundo sigue rodando, aunque no tengamos la certeza de que seguirá haciéndolo mucho tiempo más.

¿Por qué hay que reivindicar Southland Tales? Pues la cosa es muy simple. En primer lugar porque la lluvia de palos que le cayó en Cannes le crearon tan mala prensa que cuatro años después de su producción, pues Southland Tales data de 2006, no ha encontrado distribuidora y no parece que vaya a hacerlo ya nunca (verla en pantalla grande en Sitges 2008 fue algo muy grande). Y por supuesto porque esos varapalos son inmerecidos. Y podríamos decir que los franceses ven las películas con el ojo del culo, pero tal vez estaríamos generalizando y además mintiendo, o al menos quedándonos un poco cortos, porque no solo los franceses la pusieron a caer de un guindo. Simplemente nos podemos conformar pensando que el público no estaba preparado para algo así. Porque Southland Tales es una de esas películas adelantadas a su tiempo que muchos verán (me da igual con qué ojos) como algo ridículo y ruborizante sin darse cuenta de que tienen ante sí el verdadero cine americano del futuro, del que, junto al de Zombie, Carpenter o Shyamalan, se hablará dentro de cincuenta años cuando nadie se acuerde de quienes son Richard Linklater, Sam Mendes, Gus Van Sant o Terry Zwigoff, por ejemplo.

He comentado el delirante punto de partida de Donnie Darko, pero lo de Southland Tales rebasa todos los límites: 30 de Junio de 2008; en unos Estados Unidos que no terminan de reponerse de los ataques nucleares acaecidos en Texas y donde los neomarxistas plantan cara al gobierno republicano que ha establecido un sistema de vigilancia global tipo 1984 pero más invasivo, los símbolos implícitos en un guión escrito por Krysta Now, una exactriz porno (Sarah Michelle Gellar) con poderes psíquicos, representan el nuevo libro del apocalipsis, el inminente. Boxer Santaros (Dawyne The Rock Johnson), un famoso actor aquejado de amnesia, se erige como la figura de Jericho Cane (que sea JC como Jesucristo no parece casual en un personaje así de mesiánico), protagonista de la historia de Krysta. Sus caminos se intersecan con los de Roland Taverner (Seann William Scott) y el soldado Pilot Abilene (Justin Timberlake), determinantes a la hora de la verdad, la del fin del mundo. Una película visualmente fascinante, provista de ecos lynchianos, más musical (Moby, Pixies, Louis Armstrong, Muse, Big Head Todd and the Monsters, Radiohead, Black Rebel Motorcycle Club, Elbow, Beethoven o Blur) que muchos musicales que lo son de verdad, y demasiado corta, concretamente la versión editada en DVD (en los EE.UU., claro está) es 19 minutos más breve que la versión de Cannes, cuya extensión se adecuaba como un guante a la que su autor consideraba necesaria para relatarnos como se iba a acabar de un plumazo la historia de la humanidad en los primeros días de Julio de 2008. Tan profético como falso, pero por eso es cine. Tan falso (o trucado) como el plano secuencia de la entrada de los protagonistas en el megazeppelin, que es hipnótico y musicado. Tan hipnótico como la escena del baile final donde Rebekah del Rio y su desgarrador himno americano terminan de redondear un brutal homenaje a Lynch y casi tan musicado como el memorable número de un entripado Abilene cantando All These Things That I’ve Done de The Killers. Sin duda dos de los momentos cinematográficos de la década a conservar en una de las películas de la década.


[1] Así es como se acaba el mundo. Así es como se acaba el mundo. Así es como se acaba el mundo. Con un sollozo y no con una explosión.

[2] Como Richard Kelly confiesa en la introducción que incluye la solapa del primer volumen de la trilogía de comics que sirve como precuela complementaria a la película.