Con motivo de los 100 números y meses de publicación, hemos elaborado un recorrido personal por los directores históricos y contemporáneos más importantes para nosotros: Cien miradas de cine, un libro colectivo del equipo de miradas.net, del cual este artículo es un avance

Cine por y para el cine

1La verdad es que si lo pensamos un poco la figura del director de cine es un personaje bastante curioso. Un director de cine es alguien que cuenta historias a través de imágenes en movimiento. A veces ni eso, a veces es alguien que recibe una historia ajena y que entonces decide a través de qué imágenes va a contarla. Esto que puede parecer una simplicidad es en realidad una cuestión capital para comprender la naturaleza interna del cine porque en realidad, a veces poco importa qué se nos está contando, sino cómo se nos está contando y a veces claro, ocurre justo lo contrario.

Y esto si que es una vieja rencilla casi legendaria entre puristas y modernistas cinematográficos, entre estructuralistas y humanistas del cine. ¿Qué es el cine? ¿Lo qué se nos cuenta o cómo se nos está contando? Aunque a algunos les pueda parecer ridículo, este asunto ha llevado de cabeza a más de uno, ha protagonizado acaloradas disputas y hasta ha provocado alguna que otra enemistad irreconciliable. Hay quien confiere una mínima importancia a dónde se ubica la cámara, cuáles son sus movimientos y la razón de ser de esta o aquella sucesión de planos. En el otro extremo están los que poco o nada le importan el guión, para estos, el concepto historia, personajes, drama, son males necesarios para la construcción de un relato con planteamiento, nudo y desenlace. Nada más.

Brian De Palma se ha situado tradicionalmente en este último y radical bando, una comunidad de amantes del cine que siempre ha implicado una cuestión de fondo, la cinefilia, término hoy olvidado, casi despreciado, pero semilla de la pasión y el amor por el cine, por sus curiosidades, por sus maquinaría, por sus directores, por su anecdotario. Esto no obstante, ha jugado en contra del director de Hermanas (Sisters, 1973) al ser considerado durante mucho tiempo como un mero feriante sabedor de cómo funciona el cine por dentro pero con muy poco mensaje de fondo, o mejor, con muy pocas intenciones, sin objetivos. Si en el arte debe existir una intención del artista para con el espectador, Brian De Palma no era un artista, sólo era un juguetón, resultón en el mejor de los casos, pero para nada un autor con una visión del mundo y una obra en legítima posesión.

Sin embargo las cosas han ido cambiando con el tiempo. Ahora De Palma, desde luego, sigue teniendo a sus seguidores y a sus detractores, pero sospecho que cada vez está más extendida la idea de que al fin y al cabo, guste o no, Brian De Palma es un director a tener en cuenta. Y la razón principal viene, creo yo, no del hecho de que todo su arsenal cinematográfico provenga de un maestro del cine como Alfred Hitchcock, sino de la asombrosa capacidad que De Palma ha tenido a lo largo de su carrera de mutar una obra que parecía inmutable y convertirla en algo personal. O dicho de otro modo, si Gus Vant Sant nos demostró con Psycho (1998) que la magia del cine de Hitchcock no residía simple y llanamente en algo tan frío y mecánico como el plano o el montaje, Brian De Palma ha puesto en evidencia que esa capacidad que la maquinaria interna del cine posee de forma innata no brota por generación espontánea en la pantalla —ese fue el error de Psycho—, sino que hay que cultivarla y hay que moldearla con una intención.

Deducir cosas como estas suele conducir a un buen número de preguntas. ¿Cuál es entonces la sustancia del cine de Brian De Palma? ¿Hacía donde nos conduce su aparente malabarismo vacuo de constantes referencias cinematográficas? ¿Cómo es posible que una obra tenga algún valor cuando lo único que parece hacer es vaciar de contenido las obras de otros? ¿Qué puede haber de bueno en un cineasta que sólo parece dedicarse a poner en evidencia los trucos que, también orquestados, llevaron a la historia del cine a un maestro como Hitchcock?

2Al final de Femme Fatale (2002) vemos a Nicolas Bardo (Antonio Banderas) colocar una foto en un mural de fotografías que, puestas una al lado de la otra, reconstruyen el escenario real que el personaje de Banderas divisa todos los días a través de su ventana. Este plano, que cierra esta fantástica película, tiene una elocuencia fuera de lo común para comprender el cine de De Palma porque nos dice, de entrada, que al director de Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993) lo que le interesa de verdad no es la realidad, sino la reconstrucción —artística— de la misma, es decir, su interpretación. Y segundo, porque este plano pone sobre la mesa y al desnudo la propia esencia del cine de Brian De Palma, porque de igual modo que las fotografías que pacientemente ha ido colocando Nicolas Bardo dejan al descubierto sus fisuras, sus márgenes que tocan el margen de la imagen de al lado, el cine de Brian de Palma es un cine con esas mismas grietas, con esos mismos márgenes. O dicho de otro modo, si en la pintura expresionista uno puede contemplar sin esfuerzo alguno cada una de las pinceladas que componen el cuadro, ese mural de imágenes de Femme Fatale es precisamente eso, un cuadro donde la pincelada, la fotografía, se percibe individualmente, pero que en el conjunto del cuadro, del mural, de la película, dotan al conjunto de un significado propio y único. El cine de Brian De Palma es así porque sus movimientos de cámara, su planificación y su montaje resultan generalmente tan bruscos, tan buscados, que menos pasar desapercibidos parecen buscar cualquier cosa. Y esto es así porque los recurso cinematográficos en el cine de De Palma son como esas fotografías, como las pinceladas expresionistas, brochazos, imágenes, planos y movimientos de cámara con un valor individual, pero que en conjunto, adquieren un significado distinto. El cine de Brian De Palma es un cine con márgenes, con grietas buscadas.

En este sentido sólo hace falta echar un vistazo a una película como Femme Fatale. Su guión, escrito por el propio De Palma, no es más que una frágil sucesión de acontecimientos encadenados con hilos que sostienen una coherencia dramática interna mínima para poder ofrecer un relato reconocible con principio, nudo y desenlace. Otra cuestión muy distinta al guión es cómo la película late. Femme Fatale no es más que una gigantesca set piece con escasos vacíos narrativos porque en su interior la película de Brian De Palma no nos quiere lanzar un mensaje sobre lo qué estamos viendo, sino sobre cómo lo estamos viendo. Porque el cine de Brian de Palma no es un cine de mensaje al uso, es decir, el cine de Brian De Palma sí que es un cine de mensaje, un mensaje sobre el propio cine. O dicho de otro modo, lo que diferencia a De Palma de Hitchcock, es que la atención y la reflexión del director de Los intocables de Eliot Ness (The Untochables, 1987) empieza y termina en el propio cine. Parte del cine y medita sobre el cine. ¿Cómo? A través del cine. Brian De Palma hace cine por y para el cine. La obra de Brian De Palma es, por llamarla de algún modo, una obra meta-cinematográfica, una obra que se retroalimenta del propio cine, una obra que se inspira y se sirve del cine, una obra que no es que no tendría ningún sentido, es que directamente no existiría sin directores previos como Alfred Hitchcock, Michelangelo Antonioni o David Lean. Una parte constitutiva del cine de Brian De Palma es el mismo cine y por tanto, las obras de otros cineastas.

3Volviendo a la cuestión de ¿qué es el cine, forma o contenido?, el tiempo me ha enseñado, quiero entender, que el cine, el cine del bueno lo es todo, forma y contenido. O dicho de otro modo, la perfecta complementación, la idónea complicidad entre una cosa y otra. Y lo cierto es que si el cine de Brian De Palma habla sobre el propio cine, si resulta que el contenido no dice otra cosa que expresarse sobre su propia forma, entonces creo poder sostener que Brian De Palma es un director de primera fila.

Podrá gustar más o menos, pero lo cierto es que a estas alturas, con más de una treintena de películas a sus espaldas, Brian De Palma es uno de los directores más interesantes de su generación. Entre otras cosas por haber sabido combinar intereses personales con proyectos de encargo, segundo por haber sido capaz de reinventarse a sí mismo casi con cada película, huyendo del estancamiento que ha afectado en mayor o menor medida a otros directores de su generación o lo que es peor, del retroceso capital que ha infectado a algún que otro nombre. Sin ir más lejos, un film como Redacted (2007) ya dice mucho sobre un cineasta que no está dispuesto a quedarse atrás, que tiene inquietudes, y eso es muy valioso.