Con motivo de los 100 números y meses de publicación, hemos elaborado un recorrido personal por los directores históricos y contemporáneos más importantes para nosotros: Cien miradas de cine, un libro colectivo del equipo de miradas.net. Este artículo cierra la serie de doce directores que han servido de avance del mismo. Estad atentos porque en próximas semanas anunciaremos toda la información relativa sobre el libro.

Elogio de la vida

En 1856 tuvo lugar un hecho extraordinario. Gaspard-Félix Tournachon, más conocido como Nadar, fotógrafo, periodista, ilustrador y caricaturista francés, tomó las primeras fotografías aéreas de la historia a bordo de un globo aerostático sobre París. Imaginemos la escena. Nadar, previsiblemente armado de todo tipo de instrumentos ópticos y de navegación, calado con sombrero y gafas, el gesto decidido, se elevó audazmente por encima de los tejados parisinos y registró con su rudimentaria cámara los primeros planos cenitales que vería el ojo humano. Y sonrió como un niño. En 1863 Nadar conoció al escritor Julio Verne, pionero de la ciencia-ficción y la aventura modernas, con quien compartiría el gusto por la ciencia y los avances tecnológicos, en particular la navegación aérea, que inspiró al novelista la escritura de Cinco semanas en globo (Cinq Semaines en ballon, 1863), De la Tierra a la Luna (De la terre à la lune, 1865) y Alrededor de la Luna (Autour de la lune, 1870). Hacia el final de sus vidas ambos hombres tuvieron noticia de una tercera alma gemela, Méliès, cuyo Viaje a la Luna (Le voyage dans la lune, 1902) hacía realidad en la ficción los sueños de Nadar y Verne.

Donde quiera que estén, y ojalá sea en su amada Luna, es probable que los tres se reúnan para ver las películas de Hayao Miyazaki (Tokio, 1941), acaso su más fiel sucesor. El director, productor, dibujante e ilustrador japonés es uno de los mejores continuadores de aquel espíritu explorador y aventurero de finales del siglo XIX, que ha cultivado en una extensa obra artística repartida en influyentes mangas, series de anime y películas de animación. Sus primeros pasos hay que buscarlos a finales de los años sesenta como guionista, ilustrador, dibujante y animador para Toei Doga, más tarde Toei Animation, el estudio de animación que creó series de gran éxito en Occidente como Mazinger Z (Majingâ Zetto, 1972-74), Candy Candy (Kyandi Kyandi, 1976-79), Calimero (Karimero, 1974-75) o Bola de dragón (Dragon Ball: Doragon bôru, 1986-89). Allí conoció al también dibujante y animador Isao Takahata, con quien, ya fuera de la disciplina Toei, colaboró en dos series de gran popularidad en todo el mundo: Lupin III (Rupan sansei, 1971-72) y Heidi (Arupusu no shôjo Haiji, 1974).

La primera, basada en un popular manga de Monkey Punch que narra las correrías de un ladrón de guante blanco, inspirado en el Arsenio Lupin de Maurice Leblanc, tuvo diversas continuaciones. Miyaziki trabajó, ya en solitario, en la segunda parte del serial (Rupan sansei: Part II, 1977-1980) y en Lupin III: El castillo de Cagliostro (Rupan sansei: Kariosutoro no shiro, 1979), que supuso su debut como director de largometrajes. Pero este filme no es solo importante por el dato biográfico, casi anecdótico. La aventura de Cagliostro es una de las piezas más perfectas de Miyazaki, tanto en técnica de animación como en guión y diseño de producción, que llega a su clímax con una de las persecuciones en coche más emocionantes de la historia del cine. Spielberg ha declarado en más de una ocasión su admiración por esta secuencia, y por la película en general, cuya influencia es obvia en la concepción de dos memorables secuencias de Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984) e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, 2008): las persecuciones de vagonetas en el interior de una mina y de camiones en la profundidad de la selva, respectivamente.

Después de Lupin III, Miyazaki se entregó a la creación de Nausicaä del valle del viento (Kaze no tani no Naushika, 1984), su obra más larga y, sin duda, una de las más ambiciosas. La historia, que cuenta las aventuras de una princesa guerrera en el marco de una tierra devastada por una hecatombe nuclear, fue concebida primero como manga y luego como película. Los primeros números salieron a la venta en 1982 -¡Miyazaki terminó la serie en 1994!- y la película debutó en salas en 1984. Su éxito en Japón fue inmediato, y con los beneficios Miyazaki y Takahata fundaron su propia compañía de animación, Studio Ghibli, con la que producen todos sus títulos desde entonces.

Muchos autores sostienen que Nausicaä, la película y el manga, es la piedra de clave del universo Miyazaki, pues en ella están contenidos los temas cardinales de su obra, como son el conflicto entre el hombre y la naturaleza, las nefastas consecuencias de la guerra, la confianza en el espíritu humano y el significado de la vida y la muerte. A estas inquietudes hay que sumar una concepción idílica y romántica del medio rural, en la que sin duda ha influido su amistad con Takahata, así como una fe ciega en el humanismo como tabla de salvación de la especie. Nausicaä, además, introduce una constante narrativa que Miyazaki ha repetido sistemáticamente en casi todas sus películas posteriores: la figura de una niña o adolescente audaz, inteligente y valerosa que supera cualquier obstáculo en pos de su objetivo.

La vitalista Sheeta de El castillo en el cielo (Tenkû no shiro Rapyuta, 1986), las hermanas de Mi vecino Totoro (Tonari no totoro, 1988), la bruja Nicky (Majo no takkyûbin, 1989), la princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997), Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001), la intrépida Sophie de El castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro, 2004) y la maravillosa Ponyo (Gake no ue no ponyo, 2008) son variaciones más o menos encubiertas de Nausicaä que representan el inagotable espíritu de superación de la humanidad, siempre dispuesta a buscar un nuevo horizonte, que Miyazaki retrata generalmente con una mezcla de bondad, ternura y compasión. Este apego al lado luminoso del alma humana tiñe la obra de Miyazaki de un sentimentalismo amable y piadoso que recuerda mucho al tono emotivo del mejor Ray Bradbury, el de El vino del estío (Dandelion Wine, 1957) y La feria de las tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1962).

No faltan en la carrera de Miyazaki personajes masculinos de enorme fuerza y significación simbólica, como el mencionado Lupin III, el aviador Porco Rosso, el protagonista de la película homónima de 1992, Pazu, el inseparable compañero de Sheeta, o la versión canina de Sherlock Holmes que desarrolló para una fascinante serie de televisión producida por Tokyo Movie Shinsha y la RAI italiana: Sherlock Holmes (Meitantei Holmes, 1984-85). Pero son los roles femeninos los mejores conductores de las obsesiones temáticas de Miyazaki. El poder de la madre naturaleza, la fuerza redentora del amor, el pacifismo, la raíz esencialmente bondadosa del corazón humano, el ecologismo y hasta la pasión por la ciencia y los artefactos aéreos son conjugados casi siempre en femenino. El vuelo nocturno de Totoro con las dos hermanas Kusakabe agarradas a su corpachón, la galopada de Ponyo sobre las olas con forma de pez durante la tormenta o las solitarias travesías de Nausicaä a bordo de su deslizador constituyen tres ejemplos palmarios de esta postura.

El cine de Miyazaki es un elogio de la vida a través de los pequeños detalles. Su mayor talento no es tanto la desbordante imaginación que exhibe en el diseño de máquinas voladoras o ciudades flotantes, como su capacidad para producir verdadera poesía visual a través de miradas furtivas y gestos cotidianos. No es poca la ayuda que le presta en este sentido el compositor Joe Hisaishi, fiel colaborador suyo desde los tiempos de Nausicaä, pero aún sin música serían igualmente inolvidables escenas como la que acaso resume mejor su obra: el sueño de la pequeña Mei sobre la panza de Totoro, tumbados ambos a la sombra de un alcanforero tan antiguo como el tiempo.