Con motivo de los 100 números y meses de publicación, hemos elaborado un recorrido personal por los directores históricos y contemporáneos más importantes para nosotros: Cien miradas de cine, un libro colectivo del equipo de miradas.net, del cual este artículo es un avance.

Pesimismo con una sonrisa

Sería para mí más sencilla la tarea de componer una semblanza de Luis García Berlanga si alguno de sus personajes se acercara a susurrarme al oído algo así como: “¡Qué fregao madre. Qué fregao!”

Y es que, el hecho de ser un director tan cercano, del que todo se ha dicho, que todo lo ha hecho y a quien se admira de manera incondicional, hace que resulte algo más arduo acercarse a su figura.

Berlanga es todo el cine español y el cine español es Berlanga. Berlanga con Juan Antonio Bardem, con Rafael Azcona. Berlanga con la España solitaria, absurda, tierna y agridulce, de las calles oscuras y desiertas y los hogares de ricos y de pobres. Berlanga es un coro de voces que se atropellan o el silencio de un patio blanco en el que dos personajes son llevados a rastras en un plano memorable.

Son sus curas, sus verdugos, alcaldes, sastres, mendigos, ricachones pomposos con el puro entre los labios, señoras tocadas con mantilla y collar de perlas, costureras, banqueros, taxistas o conductores de motocarro con estrella de Navidad. Personajes ahogados en la más absoluta desesperación, que pertenecen a un mundo propio y singular. Personajes que confluyen de manera magistral en un mismo cruce de caminos, como la banda de música que, en aquel asombroso plano, cruza su andadura con una procesión fúnebre. Ese es el cine de Berlanga. Y sus extraordinarios actores.

Las películas de Berlanga destilan amargura, tristeza y un humor punzante en aquella España seca y de gente sencilla de la que supo transmitir, a través de los personajes, sus ideas sobre la religión, el dinero y la falta de éste, los reparos morales, el ideario de las clases altas, el sufrimiento de las clases bajas, el erotismo, la muerte. Sutil, ácido, vertiginoso, coral, de una extraña melancolía, su cine constituye una compacta obra análoga en su dimensión a la de los grandes literatos o los directores del cine clásico. Ningún director español ha logrado crear una filmografía tan memorable.

Y es en este momento en el que quizás algún otro personaje volvería a acercarse a mí de nuevo para susurrarme: “En esta tierra ya no hay caridad. Ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”

Berlanga ha confesado en más de una ocasión que su cine es esencialmente pesimista. Un pesimismo teñido de comicidad. Un aluvión de sentimientos e ideas que descienden sobre la imagen a borbotones y cuyos ecos siguen resonando una vez se han evaporado las imágenes de la pantalla. Su trabajo como guionista y director es además esencial para comprender unas décadas muy concretas de la historia del cine español.

Es un virtuoso maestro al componer el plano, mover en sus márgenes a los actores y crear, a base de casi insignificantes detalles de actuación, personajes inolvidables. Éstos rozan muchas veces lo absurdo, lo disparatado, son vulnerables, rebosan ternura y, por encima de todo, se vuelven de inmediato entrañables para el espectador. Porque los personajes de Berlanga se asemejan a brillantes fuegos artificiales, aquellos que estallarían en alguna plaza de cualquier pueblecito de España en donde se celebrase un baile en una noche de verano aunque, eso sí, vigilado, por lo que pueda ocurrir, por dos guardias civiles de reluciente tricornio y escopeta al hombro. Personajes que fluyen y confluyen como una potente descarga luminosa.

Gracias a ese minucioso trabajo en la puesta en escena y en la dirección de actores Berlanga consiguió crear un estilo y un universo propio.

Director dotado de un gran ingenio, lúcido y brillante, llegó a invitar a formar parte de sus créditos de guionista a los responsables de la censura cinematográfica por la ayuda prestada en la escritura de sus guiones.

Tanto el humor negro como la rapidez de sus diálogos y el empleo de lo absurdo le asemejan mucho a las comedias de los hermanos Marx aunque el cine de Berlanga es más profundo, enormemente crítico y pesimista con el ser humano. Sus películas participan de algunas de las características de los cineastas del neorrealismo italiano y comparten la emoción y la maestría del mejor cine de Frank Capra, sin olvidarnos de la esencial aportación en su cine del humor absurdo y genial del escritor Miguel Mihura.

Y hablemos también de sus lugares: Calabuch, que tiene faro con su torrero, cielo, mar y 928 habitantes, el pueblo de Fontecilla, en donde los trenes pasan de largo, en el que sus habitantes siguen esperando el alcantarillado y en el que abundan los santos con milagro, Villar del Río, que tiene alcaldía con balcón para dar discursos y es polvoriento paso de largo de comitivas de cochazos con banderas de países de ultramar, y el Imperio astrohúngaro, mantra surrealista que se cuela en sus guiones como un fetiche.

Las películas de Berlanga están repletas de pequeños detalles de puesta en escena, como el balneario de Los jueves milagro en el que resuena el agua que se filtra por las goteras, el sonido metálico del maletín del verdugo, las charangas de bienvenida con tambores, procesión de niños de pantalón corto y folclóricas de traje largo, desfiles de vivos y muertos. Un trabajo minucioso que hace únicas sus películas y grande, muy grande, a este inolvidable director.

Al cine de este maestro asoma siempre una sonrisa; la sonrisa de Edmund Gwenn al contemplar el mar por primera vez.

Es cierto, y lo ha comentado públicamente Berlanga en alguna ocasión, que ningún cineasta posterior ha seguido los pasos de su cine.  Quizás la razón sea que los tiempos han cambiado, el cine ha cambiado y Berlanga pertenece a la mejor generación del cine español, cuya historia no se entendería sin la filmografía del director valenciano. Ningún joven cineasta desde entonces ha logrado aunar al talento, su lucidez, inspiración y valentía para crear con las imágenes cinematográficas momentos realmente sublimes.

Sus películas están planificadas al milímetro pero mantienen, aún con el paso del tiempo, la frescura y una aparente, solo aparente, espontaneidad. Sus imágenes tienen la cualidad de volar solas. La gran virtud de Berlanga podría consistir en haber sabido aprehender la esencia misma del cine, aquello que únicamente algunos excepcionales cineastas han tenido la fortuna de conseguir, y esto es, que su cine alcance dimensiones que van aún más allá de las estrictamente cinematográficas.

Y es que no existe nadie como Berlanga. Bueno, sí, es cierto, también están Wilder y Ford, Capra y de Sica, Bergman y Kurosawa.