Con motivo de los 100 números y meses de publicación, hemos elaborado un recorrido personal por los directores históricos y contemporáneos más importantes para nosotros: Cien miradas de cine, un libro colectivo del equipo de miradas.net, del cual este artículo es un avance.

Memorias de un bárbaro

«No te quiero, no te creo, no confío en ti, no te amo»

Según estudiosos de la psicología evolutiva, la figura paterna entendida como función y no como simple objeto, se caracteriza por la imposición de límites, por el establecimiento de unas normas que complementan las tareas asociadas a la figura materna, ésta entregada a la satisfacción de las necesidades básicas del bebé. El psicoanálisis asume también a esta figura como el elemento que irrumpe en la relación diádica madre-hijo, rompiendo una unión con sedimentos intrauterinos que empujará al niño hacia la inmersión y posterior superación de la etapa edípica. La enseñanza para el impúber consistirá en el largo y tortuoso proceso de adquisición de la empatía, donde aprenderá que él es un simple elemento más dentro de un cosmos, y no la pieza alrededor de la cual se configura el mismo.

Por tanto, la ausencia o el déficit en el cumplimiento de la función paterna podrían correlacionarse con individuos con un fuerte carácter antisocial, con dificultad para acatar las normas, y con una carencia de límites en su interacción con los demás. En resumen, valoremos el cine de Mel Gibson.

«Lo tenías jodidamente merecido»

Las tendencias autolíticas de Martin Riggs, el carácter obsesivo de Tom Mullen, la compleja ideación paranoide de Jerry Fletcher, el goce sadomasoquista de Mad Max Rockatansky, la inclinación violenta de Porter, el hedonismo de Dale “Mac” McKussic, la pulsión de muerte de Hamlet… No parece baladí que los personajes a los que Mel Gibson ha insuflado de vida, estén marcados por un pasado oscuro que siempre termina derivando en la aparición de profundas brechas emocionales. Sus personajes torturados, siempre al borde del desbarajuste mental y a todas luces lindante con el complejo jardín de la psicopatología, son el reflejo de una personalidad que ha encontrado durante muchos años en la ficción el espacio para volcar su propia violencia soterrada. Y por tanto, tampoco es casual que en sus obras como realizador, sus personajes lidien constantemente con el conflicto ante una figura paterna que les conduce a la ruptura con lo establecido y a vivenciar un sentimiento de no pertenencia al entorno que los acoge.

En El hombre sin rostro (The Man Without a Face, 1993), un cruce entre un film de Robert Mulligan y una novela autobiográfica de Stephen King, Gibson interpreta a un ex-profesor acusado de abuso sexual a un menor, y cuyo cuerpo se encuentra desfigurado. Su malditismo no difiere del de su nuevo alumno, nacido de un padre alcohólico y criado en el seno de una familia desestructurada. La disfuncionalidad le conduce a la figura decadente de ese hombre que lleva en su rostro la carga de un pasado que le sojuzga. La relación que se construye entre ellos es expuesta por Gibson como la sempiterna necesidad de encontrar una guía moral, al mismo tiempo que la cicatrización de una herida a través de la redención.

En Braveheart (1995) y en Apocalypto (2006), sus protagonistas se enfrentan a la muerte de su progenitor, lo que les encamina a un forzado proceso de madurez, y a la elección de un camino que no siempre es escogido. Sin la figura paterna como tutor espiritual y existencial, tanto William Wallace como Jaguar Paw han de recurrir a la violencia como única arma útil frente a las injusticias del entorno al que pertenecen. Y en La pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004), Gibson retoma a un icono como Jesucristo, en lo que es la alegoría más sangrante de la asunción de la carga familiar: Jesús de Nazaret es el hijo que elige un calvario con la promesa de un padre ausente. Podría afirmarse entonces que Mel Gibson va más allá de los grandes autores del Hollywood clásico en la plasmación de las relaciones masculinas. Su arte pretende abordar una faceta más emocional y no tanto meramente conductual —es decir, prototípica y equivocadamente varonil—, explorando los residuos o las consecuencias afectivas de la pérdida del padre. Porque parafraseando a José Manuel Aguilar, en la actualidad el papel afectivo en la familia se ha repartido entre ambos miembros de la pareja, y «los padres actuales despliegan cada vez más valores que antes se asociaban en exclusiva a las madres (…) acompañado todo ello de una ausencia completa de temor a demostrar públicamente su afecto». Gibson, sin renunciar a la testosterona inyectada en los actos violentos, explora tanto las heridas sentimentales como los corolarios experienciales generados por la ruptura paterno-filial, expandiendo el hasta ahora limitado espectro emocional del hombre en el cine de acción.

«Yo te pondré en un jodido jardín de rosas, puta»

Si, como afirmaba Sartre, «la imagen es un cierto tipo de conciencia», la mente de Mel Gibson puede leerse como un sanguinario campo de batalla donde diversas instancias luchan entre sí para engendrar una cierta poética del dolor, que se aproxima sin bagajes a una fenomenología del sufrimiento. Gibson es un artista que perpetúa en pleno siglo XXI la herencia del Marqués de Sade, de Egon Schiele, de Antonin Artaud, de Tod Browning o de Lucio Fulci, escrutadores de nuestras zonas oscuras, creadores y/o evocadores de imágenes aberrantes que tensan la cuerda del buen gusto, de lo moralmente aceptable. No obstante, Gibson no es sólo un cultivador de la imagen cruel, sino también de la imagen patética, es decir, aquella que despierta los sentimientos violentos del espectador de forma violenta, apelando al precepto de Horacio: «si tú quieres que llore, tendrás que sufrir».

El realizador, repudiado por su acercamiento lacerante a diversas formas del dolor, resucita el arte de cineastas como Cecil B. DeMille, figuras atraídas por el precipicio de la violencia, entendida como herramienta con la que enfrentarse a un mundo que pretende obviarla ante su incomodidad. De ahí que la virulencia de su escritura visual no esquive la fortaleza plástica de la misma, exhibida con una variedad insólita: desde la representación canónica de la violencia en Braveheart, pasando por el tenebrismo teñido de gore en La pasión de Cristo, y el hiperrealismo erigido sobre las vívidas texturas del digital en Apocalypto. Mel Gibson es un artista entregado a representar el dolor en un mundo que ya no quiere concebir el sufrimiento como una de sus cualidades.

«Tú necesitas un bate de béisbol en un lado de la cabeza»

La primavera pasada, se filtraron a la luz pública las grabaciones de unas conversaciones telefónicas mantenidas entre Mel Gibson y su actual pareja. Los graves insultos y las fuertes amenazas proferidas por el artista hacia su ya ex-novia —que segmentan este texto— le han colocado una vez más en el disparadero de hombre violento y amenaza cívica; pena pública agravada tras los hechos acaecidos hace unos años, cuando tras ser detenido conduciendo borracho por una autopista de California, derramó toda clase de improperios contra la comunidad judía.

Recuerdo una escena de Paparazzi (Paul Abascal, 2004) —polémica revenge movie con coda sociológica y producida por el propio Gibson— en la cual el realizador aparecía brevemente en una secuencia donde interpretaba a un paciente en una terapia de manejo de la agresividad. Irónico cameo que ejemplifica el atormentado trayecto de un alma indómita que campa por un mundo al que quizás —como sus personajes— jamás perteneció.