El fin del mundo según Carpenter

John Carpenter o gusta o disgusta. No suele tener término medio, y cuando lo tiene, es que es una película mediocre. Un film como Memorias de un hombre invisible no gustó, o no disgustó del todo porque se trataba de un film de encargo manufacturado para unos grandes estudios con escasa posibilidad de movimiento y con una márgenes muy estrechos para la libertad creativa. Pero cuando John Carpenter hace de John Carpenter, no hay medias tintas que valgan. Su cine siempre me ha parecido una desconcertante lección de narrativa clásica, lo que suele contrastar con las temáticas que generalmente suele elegir el director. Carpenter puede rodar sin aspavientos y sin grandes ejercicios de virtuosismo visual la más atroz de las ocurrencias pero es que Carpenter es así. No tiene inconveniente a la hora de poner en imágenes una aberración dramática y hacerlo además desde los ojos de un clásico. Su cámara se mueve poco, sus planos no son especialmente cortos y al director le gusta encuadrar las cosas manteniendo las distancias, físicas y morales porque John Carpenter jamás interviene, únicamente expone, relata.

Para la irregular serie de televisión creada por Mick Garris, probablemente el único y verdadero Master of Horror con legítimo derecho a rodar un film como eso, como un maestro del horror, era John Carpenter. En su filmografía hay títulos básicos para comprender determinadas tendencias del género pero sobre todo, para penetrar en el singular universo del cineasta. Películas como Asalto a la comisaría del distrito 13, La noche de Halloween, 1997. Rescate en Nueva York, La niebla, La cosa, Golpe en la pequeña China, El príncipe de las tinieblas, Están vivos, En la boca del miedo o El pueblos de los malditos son películas esenciales para entender tanto una cosa como la otra, por qué Carpenter perfiló un género específico y por qué Carpenter es como es.

Carlos Losilla decía en su —fundamental— libro El cine de terror. Una introducción, que La noche de Halloween de John Carpenter era el primer film de terror posmoderno y salvando las complejidades a las que invita el uso de un término como posmodernidad, en esencia, Losilla tenía razón pues al fin y al cabo lo que Carpenter hizo con aquel largometraje fue fundar un género perfectamente acorde con los cánones de Hollywood utilizando una de las figuras clásicas del género (el monstruo), pero desvirtuándolo de su querencia romántica y convirtiéndolo en casi un mito de lo cotidiano.

En El fin del mundo en 35 mm. (2005) hay mucho de todo esto. Carpenter nos propone en este interesantísimo episodio de Masters of Horror la búsqueda de un largometraje cuyo mero visionado vuelve loco a quien lo ve. La locura, por tanto, se torna el fin último de la especie humana como de hecho ya lo fue para la —injustamente— menospreciada En la boca del miedo. Pero tal vez lo más inquietante de este singular episodio sean determinados apuntes que ponen de relevancia la abrumadora aberración dramática que nos está proponiendo Carpanter. En El fin del mundo en 35 mm., uno de sus personajes logra rescatar uno de los monstruos que habita ese inquietante film que atiende al título de La Fin Absolue Du Monde, un ángel maldito retenido en una vieja mansión lejos de su espacio natural, una enrarecida ficción salida de la mente de un loco. De hecho, este descubrimiento, que tendrá lugar a los pocos minutos de arrancar el film, sentará las bases de esa atmósfera que de forma tan cuidadosa irá construyendo John Carpenter a lo largo de todo el capítulo.

Puede que en Cigarrets Burns no haya un —sutil— ejercicio de estilo narrativo como sí lo hay en el otro capítulo que Carpenter dirigió para Masters of Horror, Pro-Life y quizá por esto el primero sea un film mucho más carpenterniano, porque a John Carpenter nunca le ha gustado demasiado llamar la atención, o por lo menos, no hacerlo de una forma demasiado vulgar. Carpenter prefiere ir escarbando poco a poco en la mente del público para que cuando uno vaya a darse cuenta de lo que está viendo, ya no pueda hacer nada. Y de hecho, esto es un poco lo que persigue y lo que propone El fin del mundo en 35 mm., una aproximación a la locura desde los ojos de un espectador en una sala de cine. De igual forma que al final de En la boca del miedo John Trent (Sam Neill) perdía el juicio viendo una película sobre él mismo, Kirby (Norman Reedus) se avoca a los confines de la demencia a través de un largometraje del que nunca llegamos a ver gran cosa, salvo la seguridad de que es locura y maldad lo que ese largometraje emana.

Sin hacer ascos a la sangre y a las escenas más brutales, John Carpenter construye un curioso relato, lo que no es poco viniendo de un director como el que nos ocupa, con casi treinta películas a espalda, un prestigio y una seguridad de que una película de John Carpenter siempre tendrá a un público de John Carpenter. Por esto llama tanto la atención que El fin del mundo en 35 mm. sea un film tan imprevisible, tan poco, por decirlo de algún modo, fácil y que de hecho haya brotado con la misma frescura y capacidad de sorprender que el mejor y más laureado de los jóvenes directores del más reciente cine de terror. Y esto, en un director con los años y la experiencia de John Carpenter, no se suele valorar lo suficiente.



John Carpenter o gusta o disgusta. No suele tener término medio, y cuando lo tiene, es que es una película mediocre. Un film como Memorias de un hombre invisible no gustó, o no disgustó del todo porque se trataba de un film de encargo manufacturado para unos grandes estudios con escasa posibilidad de movimiento y con una márgenes muy estrechos para la libertad creativa. Pero cuando John Carpenter hace de John Carpenter, no hay medias tintas que valgan. Su cine siempre me ha parecido una desconcertante lección de narrativa clásica, lo que suele contrastar con las temáticas que generalmente suele elegir el director. Carpenter puede rodar sin aspavientos y sin grandes ejercicios de virtuosismo visual la más atroz de las ocurrencias pero es que Carpenter es así. No tiene inconveniente a la hora de poner en imágenes una aberración dramática y hacerlo además desde los ojos de un clásico. Su cámara se mueve poco, sus planos no son especialmente cortos y al director le gusta encuadrar las cosas manteniendo las distancias, físicas y morales porque John Carpenter jamás interviene, únicamente expone, relata.

Para la irregular serie de televisión creada por Mick Garris, probablemente el único y verdadero Master of Horror con legítimo derecho a rodar un film como eso, como un maestro del horror, era John Carpenter. En su filmografía hay títulos básicos para comprender determinadas tendencias del género pero sobre todo, para penetrar en el singular universo del cineasta. Películas como Asalto a la comisaría del distrito 13, La noche de Halloween, 1997. Rescate en Nueva York, La niebla, La cosa, Golpe en la pequeña China, El príncipe de las tinieblas, Están vivos, En la boca del miedo o El pueblos de los malditos son películas esenciales para entender tanto una cosa como la otra, por qué Carpenter perfiló un género específico y por qué Carpenter es como es.

Carlos Losilla decía en su —fundamental— libro El cine de terror. Una introducción, que La noche de Halloween de John Carpenter era el primer film de terror posmoderno y salvando las complejidades a las que invita el uso de un término como posmodernidad, en esencia, Losilla tenía razón pues al fin y al cabo lo que Carpenter hizo con aquel largometraje fue fundar un género perfectamente acorde con los cánones de Hollywood utilizando una de las figuras clásicas del género (el monstruo), pero desvirtuándolo de su querencia romántica y convirtiéndolo en casi un mito de lo cotidiano.

En El fin del mundo en 35 mm. (2005) hay mucho de todo esto. Carpenter nos propone en este interesantísimo episodio de Masters of Horror la búsqueda de un largometraje cuyo mero visionado vuelve loco a quien lo ve. La locura, por tanto, se torna el fin último de la especie humana como de hecho ya lo fue para la —injustamente— menospreciada En la boca del miedo. Pero tal vez lo más inquietante de este singular episodio sean determinados apuntes que ponen de relevancia la abrumadora aberración dramática que nos está proponiendo Carpanter. En El fin del mundo en 35 mm., uno de sus personajes logra rescatar uno de los monstruos que habita ese inquietante film que atiende al título de La Fin Absolue Du Monde, un ángel maldito retenido en una vieja mansión lejos de su espacio natural, una enrarecida ficción salida de la mente de un loco. De hecho, este descubrimiento, que tendrá lugar a los pocos minutos de arrancar el film, sentará las bases de esa atmósfera que de forma tan cuidadosa irá construyendo John Carpenter a lo largo de todo el capítulo.

Puede que en Cigarrets Burns no haya un —sutil— ejercicio de estilo narrativo como sí lo hay en el otro capítulo que Carpenter dirigió para Masters of Horror, Pro-Life y quizá por esto el primero sea un film mucho más carpenterniano, porque a John Carpenter nunca le ha gustado demasiado llamar la atención, o por lo menos, no hacerlo de una forma demasiado vulgar. Carpenter prefiere ir escarbando poco a poco en la mente del público para que cuando uno vaya a darse cuenta de lo que está viendo, ya no pueda hacer nada. Y de hecho, esto es un poco lo que persigue y lo que propone El fin del mundo en 35 mm., una aproximación a la locura desde los ojos de un espectador en una sala de cine. De igual forma que al final de En la boca del miedo John Trent (Sam Neill) perdía el juicio viendo una película sobre él mismo, Kirby (Norman Reedus) se avoca a los confines de la demencia a través de un largometraje del que nunca llegamos a ver gran cosa, salvo la seguridad de que es locura y maldad lo que ese largometraje emana.

Sin hacer ascos a la sangre y a las escenas más brutales, John Carpenter construye un curioso relato, lo que no es poco viniendo de un director como el que nos ocupa, con casi treinta películas a espalda, un prestigio y una seguridad de que una película de John Carpenter siempre tendrá a un público de John Carpenter. Por esto llama tanto la atención que El fin del mundo en 35 mm. sea un film tan imprevisible, tan poco, por decirlo de algún modo, fácil y que de hecho haya brotado con la misma frescura y capacidad de sorprender que el mejor y más laureado de los jóvenes directores del más reciente cine de terror. Y esto, en un director con los años y la experiencia de John Carpenter, no se suele valorar lo suficiente.