Viaje al interior de la noche

Resulta difícil determinar si una película como Gozu podría inscribirse dentro del género del terror de manera estricta. La mayoría de películas dirigidas por Takashi Miike juegan precisamente a dilapidar el relato tradicional para ofrecer todo un abanico de mutaciones que contribuyen a configurar un espacio narrativo nuevo en el que todo puede ocurrir, en el que las reglas se subvierten y adquieren un sentido autónomo. Gozu está gobernada por sus propios códigos, es un universo cerrado en sí mismo, en el que se rompen las leyes de la lógica para adentrarnos en el terreno de la extrañeza, de la deformación onírica, de la pesadilla. El horror procede precisamente de ese nivel alucinógeno en el que la realidad se rompe en mil pedazos para dar lugar a un espacio incómodo, que nos revuelve e inquieta porque somos incapaces de entender. Esa distorsión le sirve a Miike para pervertir las leyes por las que se suele regir el género criminal japonés por antonomasia, para ironizar sobre sus convenciones; de ahí el nombre completo de la cinta, “el teatro del horror yakuza”. Desde la primera secuencia asistimos a la representación deformada de una clásica estampa yazuka: los miembros del clan se reúnen junto a su jefe en un restaurante para charlar sobre sus negocios cuando uno de ellos insinúa que un pequeño perro que hay en la calle ha sido adiestrado para matar a los yakuza. A partir de ese momento, la locura se adueñará de la pantalla y el elemento grotesco se erigirá como la figura retórica predominante de la función. Así, nos internaremos en un viaje iniciático por los abismos de la anomalía y la perplejidad, en el que se pondrá en entredicho la figura arquetípica del yazuka a partir del desenmascaramiento de sus miedos e inseguridades. No es de extrañar que el principal tabú contra el que arremeta Miike sea el de la virilidad de los yazuka: desde el jefe de la banda y su inclinación por la estimulación anal hasta esa pareja de compañeros, Ozaki y Minami, cuya masculinidad se irá poniendo en entredicho a lo largo del relato, a partir de pequeños detalles, hasta que se haga evidente cuando uno de ellos, reconvertido en mujer, se transforme en el objeto de deseo del otro y terminen consumando el acto sexual.  El elemento homosexual, muchas veces presente en el cine de Miike, se hace aquí más explícito que nunca en la plasmación de la atracción que siente Minami hacia su compañero y mentor: los códigos de honor, admiración y respeto trastocados para configurar un nuevo orden totalmente anómalo que se convierte en un potente revulsivo desestabilizador. Y dentro de ese nuevo orden, todo es posible, cualquier imagen por bizarra que sea (un mensajero con cabeza de vaca, una anciana cuyos pechos suministran leche a toda la población…)  puede tener un significado importante dentro de este nuevo establecimiento de los límites de la realidad. Miike dinamita así las fronteras de la objetividad y se sumerge sin miedo en las profundidades del delirium tremens, evocando las atmósferas enrarecidas y alucinógenas de David Lynch, convocando monstruos físicos y engendros mentales cada vez que se van atravesando más y más capas del subconsciente. Minami, en su itinerario por las calles y los establecimientos de una población regida por el surrealismo y la esquizofrenia y que parece sacada de una fantasmagoría, irá encontrándose con una galería de tipos estrambóticos y desquiciados que, lejos de ayudarle en su tarea de encontrar a su compañero perdido, terminarán por sumirlo en un desconcierto cada vez mayor, en un estado febril del que no despertará jamás. El erotismo más morboso se cuela en cada poro de la película. Se trata de un sexo siempre anómalo, pervertido e insano. El pecado y la lujuria, como encarnaciones simbólicas del infierno en una posible lectura de El jardín de las delicias de El Bosco adaptada a la imaginería miikeana. Los personajes poco a poco irán dejándose arrastrar por esa espiral de insania y, en el caso de Minami, tendrá que enfrentarse a sus propias represiones, en este caso, a su todavía inexplicable virginidad.

Miike consigue imprimir un ambiente opresivo y enfermizo a prácticamente todo el metraje de un film cuya estructura se encuentra marcada por determinados instantes de una intensa carga ideográfica en los que explota el sinsentido a través de imágenes que han terminado por convertirse en icónicas dentro de la carrera del realizador. Gozu continúa siendo hoy uno de los títulos más escurridizos y fascinantes de Takashi Miike, un auténtico teatro del horror, de la comedia del absurdo y del surrealismo hecho carne de espectáculo absorbente y perturbador.