El terror es el más singular de los géneros. Posee los códigos más marcados de todo el séptimo arte, con el permiso del porno (el concepto torture porn es muy ilustrativo en ese sentido); sus películas contienen muy habitualmente referencias a otros films del género y genera festivales en multitud de paises sin ser precisamente un cine muy festivalero. También nos encontramos con que son las películas de terror, entre todo el cine comercial, las que más asiduamente se alejan o ignoran completamente la narración; y quizás debido a esto último, es en aquí donde encontramos un porcentaje superior de directores que no temen entrar en los territorios de la vanguardia. El terror, como si de un arte marcial se tratara, ha adoptado su propia vía, que es seguida por cineastas de todo el mundo. Todo esto ha provocado que el género ocupe también una posición peculiar ante el público.

Lo ilustraré: desde hace algo más de un año organizo un cineforo en casa de unos amigos. Cada aproximadamente dos semanas nos reunimos el grupo de siempre y algunos compañeros a los que invitamos para ver y comentar películas. Como anfitrión, suelo charlar con los recién llegados; y uno de los primeros temas de conversación suele ser el tipo de cine que les gusta más. La que con mucho era la respuesta más habitual encabeza este artículo: “de todo, menos terror”.
La respuesta es más significativa de lo que pueda parecer. Hay cierto público, al que incluso podríamos situar en un supuesto alto nivel cultural (me refiero a universitarios, y más concretamente, a las universitarias) que detesta abiertamente el terror, considerándolo lo peor entre todos los géneros cinematográficos; muy por debajo de por ejemplo, las películas de superhéroes de las majors, que suelen contener menos talento y desde luego corren menos riesgos.

Trataré de explicar esta fobia. Por un lado, el terror se ha aislado a sí mismo, centrándose una y otra vez alrededor de unas fórmulas bastante reconocibles: slasher, J-horror, cine de zombies… En muchos casos el film se produce ya con los aficionados y conocedores del género como casi único objetivo; las películas de muertos vivientes —Zombies Party (Shaun of the Dead, Edgar Wright, 2004), Bienvenidos a Zombieland (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009), Dead Snow (Tommy Wirkola, 2009) entre otras— y sus continuos guiños autoparódicos son un buen ejemplo de esta tendencia. La enorme cantidad de secuelas que se producen en este sector de la industria son otra muestra del estilo de producción endógena que es mayoritario en el cine de terror. Esto, igual que logra una fidelidad fuera de lo normal entre los habituales, aleja al público no especializado (qué concepto tan curioso, aplicado a los espectadores) que no conoce las claves y tópicos sobre los que se construye el nuevo film.

Sin embargo, también encontramos aquí un punto fuerte muy peculiar: la continua recreación del mismo esquema con pequeñas variaciones lleva a los autores a la obligación de tener que fascinar al espectador de formas completamente inesperadas. En À l’intérieur (Alexandre Bustillo y Julien Maury, 2007), mi película de terror favorita de la década pasada, sus autores dan una vuelta de tuerca al slasher: juguetean con el drama para luego dejarse ir con el gore más salvaje, llenan el film con giros argumentales que sacan de sus casillas a todo aquel que pretenda tomarse la película en serio; y por último, un hallazgo que me fascinó: al reducir al mínimo posible el espacio de acción sin abandonar el territorio del slasher, el film acaba ganando una consistencia y un ritmo extraordinarios. Un descubrimiento así difícilmente se hubiera hecho si el camino del subgénero no hubiera estado tan trillado. Es en este recreación continua de la misma estructura donde yo, personalmente, encuentro el principal encanto del terror. Pero exige una insistencia, una paciencia —conceptos ambos opuestos a los entretenimientos de masas modernos— que no es habitual en la mayoría de los espectadores.

Sin embargo, existe otra característica que influye todavía más en este mal. Lo que en mi opinión espanta a este tipo de público es también el estandarte del terror de nuestra era: la emoción pura. Si trazáramos un mapa de las épocas del género situando a un lado lo narrativo, y en el otro lo emocional, desde los 80 nos encontraríamos fuertemente anclados en el segundo extremo. Y es que el modelo venerable ya no es el de la Universal en la década de los treinta, sino más bien el cine primitivo que explotaba la inocencia de los espectadores ante el nuevo medio: antes Griffith y Lumière que Whale y Browning. El cine ha abandonado mayoritariamente la exposición del relato de horror —Déjame entrar (Låt den rätte komma in, Tomas Alfredson, 2008) es una excepción— para centrarse en generar desasosiego: sustos de volumen, súbitos primeros planos del psicópata/monstruo, explosiones de gore… elementos todos ellos que rara vez sirven a la lógica narrativa; sino que es esta la que les sirve a ellos.

¿Y qué tiene que ver todo eso con el comportamiento que comentábamos antes? Pues en que cierto público, precisamente esa élite intelectual algo aburguesada que conoce insuficientemente el medio cinematográfico, se niega a involucrarse a nivel emocional y todavía es más reacia si la emoción tan elemental como es el terror. Esta actitud, que per se no tiene por qué impedir el ser capaz de apreciar este tipo de cine, ha acabado siendo la única imagen que tienen algunos del género, evitando así que busquen y encuentren otro tipo de placeres —más festivos, más técnicos o incluso más intelectuales— en estas películas.

Y para acabar, voy a ponerme la toga de fiscal. Buena parte del público, como los chicos que van a mi cineforo, es culpable de prejuicios: tienen una imagen ridículamente simplista de una serie de películas que se encuentran entre las más estimulantes del cine moderno. Pero en su caso, en el pecado está la penitencia.

Sin embargo, también el cine es culpable. Poco puedo criticar la actual vía que ha tomado el género: disfruto como el que más con la violencia sin complejos de Alexandre Aja, los desfases de Takashi Miike y el talento conjugado con respeto a los clásicos de Rob Zombie. Y sin embargo, creo que se ha abandonado de forma equivocada una alternativa: la que nos devuelve el gozo de un cuento de horror bien relatado. Como hacía Whale en la Universal, como hizo Corman con sus adaptaciones de Edgar Allan Poe, como consigue Alfredson en Déjame entrar. Es por volver a equilibrar las dos ramas, la narrativa y la emocional, por lo que este aficionado apuesta como futuro ideal del cine de terror.

  • Jordi

    Molt interessant Cristian!!