Aquí no hay quien viva

Normalmente tenemos miedo a dos cosas: a lo que no conocemos y a lo que creemos que conocemos muy bien. A lo desconocido y a lo que derrumba nuestras creencias más sagradas. A una saga de monstruos ignotos y a perder la confianza de nuestros padres. Por eso es normal que a veces tengamos miedo de la oscuridad y al mismo tiempo temblemos si se enciende una luz. Porque el miedo a lo que no vemos se completa cuando vemos bien. Porque la ausencia de luz es la presencia del misterio. Probablemente, nos sería más cómodo vivir en la oscuridad que descubrir las dimensiones de la jaula que nos aprisiona. Es como calcular cuanto tiempo te queda de vida o cuantos centímetros te saca Nacho Vidal.

Vivir protegidos por lo oscuro, amparados en la ceguera propia, andar a tientas, medir con los dedos, avanzar con el instinto. Estrategias de lo cotidiano para enfrentarse a lo extraordinario. Trucos y tratos de uno mismo con su propio subconsciente. Por eso creo (por eso pienso ya que existo) que gusta tanto la película de Plaza y Balagueró, por su condición de artefacto híbrido entre lo que se nos presenta como realidad y lo que se nos descubre como pesadilla. Entre la televisión de lo real (España Directo, Gilipollas por el mundo) y el imaginario colectivo de un país que es una comunidad de seres extraños y diversos que guardan lo que parecen cadáveres en el ático. Como Cataluña, como España o como Europa. Lugares donde cada vez cuesta más vivir ignorando que hemos creado monstruos que últimamente se alimentan de nosotros mismos.

El artefacto funciona porque nos enfrenta ante imágenes ficticias que normalmente tomamos como reales (reality show, tomas falsas, charlas entre el cámara y la presentadora) como si de un viaje iniciático de nuestra candidez más primordial se tratara, sin poder ampararnos en la distancia tranquilizadora de la pantalla ni en la posición acomodada del espectador. Sin tener la guía de lo vivido en nuestros bolsillos rotos. Sin poder mirar en Internet, ni en Google Maps, ni en la última aplicación de nuestro iphone o Terminal android. Sin dar concesiones a ninguna galería posmodernista pero sin llegar tan lejos como Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves, 2008), [Rec] bordea la frontera débil y pantanosa de lo representado y lo representable, supura el estado del bienestar y sus aristas espinosas e ineludibles, desmonta la cuarta pared (y la quinta) de nuestro mundo formado y confirmado (como hace la crisis o un accidente mortal), derriba el suelo firme en el que creemos pisar y edificar nuestra vida.

Al mismo tiempo consigue que su pirueta de identidades en lugar de complicarnos la experiencia nos facilite la inyección de terror puro en su mayor esencialidad: [Rec] es el temblor en primera persona, el llevar el corazón dentro del paquete de palomitas y el jersey por encima de la nariz, el experimento personal de una casa del terror donde los actores tienen más miedo que tú. El vivir solo, el morir acompañado. Tantas cosas que cada una sale de un punto diferente para encontrarse en un lugar distinto. La torpeza de sus actores principales (¿buscada?¿fingida?¿espontánea?) es piedra angular, así como el respeto al formato y a la honestidad de su premisa —algo tan simple pero que puede hacernos amar una película como ésta y odiar otras más prometedoras como Distrito 9 (District 9, Neill Blomkamp, 2009)— sin olvidar la fotografía de un Pablo Rosso —ya avezado en el género del terror gracias a producciones tan cuidadas como Abuelitos (Verónica Sáenz, 2006) o Para entrar a vivir (Jaume Balagueró, 2006)— en verdadero estado de gracia.

Plaza y Balagueró saben disponer y planificar todos los elementos, desde los planos inanes de la estación de bomberos donde empieza el viaje a la súbida al ático donde se esconde el misterio, con una mezcla de hiperrealismo y costumbrismo que funciona de manera eficaz a lo largo de todo el metraje. Saben mantener la tensión, cogernos los huevos y apretar con m/saña y destreza, hacernos sudar frío y caliente desde fórmulas cinematográficas que no inventan nada pero que se interiorizan y prevalecen cuando sales por la puerta del cine (como anécdota decir que yo lo primero que me encontré fue un coche de bomberos y casi me da algo). Y eso no es fruto de la casualidad sino la suma de factores que vienen a alterar lo que en  un principio parecía otro producto.

Todos los elementos sirven para crear la atmósfera necesaria para ahogarnos. Todos son puertas de vecinos que dan más miedo cuanto más se cierra el cerco de nuestra comunidad. Todos son telefonillos estropeados por palabras que no representan otra cosa que la distancia máxima entre espacios mínimos. Todo son buzones atragantados con publicidad que a nadie interesa y cartas con facturas sin carta. Todos los vecinos nos niegan el perejil y nos enseñan los colmillos.