¡Tres hurras por G.W. Pabst!

El dramaturgo Frank Wedekind utilizó sin duda para componer sus dos magnas piezas sobre la sensual Lulú (El espíritu de la tierra y La caja de Pandora)  experiencias de su azarosa vida. En toda su producción destaca la libertad del individuo frente a los convencionalismos burgueses, los artificiosos juegos de apariencias y en definitiva la hipócrita moral de clase; pero fueron en estas dos obras donde alcanzó la pura maestría, culminando toda su trayectoria. Por supuesto, el mundo del cine, mucho más libre y arriesgado en aquellos años, no podía permanecer durante mucho tiempo indiferente frente a los excelsos trabajos del escritor y ya en 1917, veintidós años después de la redacción del primer título, se dejó tentar por Lulú, con el resultado de una ignota realización a cargo de Alexander Antalffy, que incluía en su reparto al descomunal Emil Jannings. No obstante, y a pesar de otras cinco traslaciones al entonces joven lenguaje, no sería hasta 1929 cuando el espíritu de Wedekind por fin alcanzaría la cima gracias a la versión de G.W. Pabst de La caja de Pandora (Die büsche der Pandora). La segunda entrega del díptico previamente ya había sido llevada a la gran pantalla con Asta Nielsen encarnando a la mujer, ocho años antes, sufriendo esta versión el incomprensible y gran mal que azota al cine mudo en nuestros dias: la indiferencia, si es que ha logrado sobrevivir al implacable paso del tiempo.

Para su película, Pabst recogió elementos de las dos piezas y llevó a Alemania a la fascinante actriz norteamericana Louise Brooks para interpretar a Lulú. A partir de su rol, su imagen cambiaría por completo, encontrando merecidamente un hueco en la historia del cine y en la memoria de todo cinéfilo que se precie. No obstante, tras colaborar  de nuevo con el cineasta en Tres páginas de un diario (Tagebuch einer verlorenen, 1929), la joven apenas encontraría nuevos personajes interesantes ni en su ya breve periplo europeo o a su regreso a Estados Unidos, donde se retiraría definitivamente a finales de los treinta. Louise Brooks es con total seguridad una de las mujeres  más bellas y sugerentes de toda el cinematógrafo. Capaz de transmitir un turbador erotismo, poseía una delicada candidez hipnótica. Sin duda,  estas virtudes fueron las que llevaron al director  a escogerla para interpretar a su amoral protagonista, tornándose en auténtica alma de una pieza capital que con mano firme anticipaba alguna de las miradas alemanas más notables. Así, no es difícil pensar en El ángel azul (Der blaue engel, Josef Von Sternberg, 1930) surgiendo de las calles cubiertas de niebla registradas por Pabst y en la golfa Lola Lola como una aventajada alumna de Lulú. Empero, también procede recordar a los asfixiantes espacios y a los heridos personajes que presidieron la filmografía del trágicamente desaparecido R.W. Fassbinder, quien al igual que Pabst en La caja de Pandora,  tenía la brillante y terrible habilidad para capturar unas atmósferas decadentes y angustiosas con una sensibilidad y pasión inigualables que como todos sabemos le condujeron a la muerte. Y es que, a pesar de ser uno de los grandes genios, no sólo de la cinematografía de su país, si no de toda la singladura del séptimo arte, la importancia de Pabst continúa desdeñada y reducida a un puñado de títulos. La caja de Pandora sin duda fue una de las cimas de su filmografía, pero no debemos obviar que la realización previa, Abwege (1928), que incluía a una Brigitte Helm increíblemente sensual y pérfida, ya era una cinta espléndida, y que en apenas un año estaba registrando la antibelicista Cuatro de infantería (Westfront 1918, 1930).

Mucho menos reconocido, al menos globalmente, que sus contemporáneos F.W. Murnau o Fritz Lang, la oportunidad de revisar o descubrir una obra maestra llena de modernidad y sabiduría narrativa como esta adaptación de Wedekind, se presenta propicia para  afirmar tantas veces como se precise que G.W Pabst es uno de los autores más sublimes de toda la historia del cine.