Siluetas que se mueven

Hace algunas semanas estuve viendo Planeta sangriento (Queen of blood, Curtis Harrington, 1966) y, sin querer restarle mérito a la parte más narrativa de la película, la que acontece en la nave espacial, debo decir que me hipnotizaron aquellas imágenes casi silenciosas, pertenecientes a la primera mitad del metraje, en las que vemos los áridos terrenos de un planeta que podría ser Marte y nos es dado penetrar en el interior de extrañas estancias en las que varias siluetas se mueven, entre sombras, colores y tecnología ignota. Imagino que cualquier cosa que viéramos, si nos dijeran que eso es otro planeta, un lugar hasta ahora vedado a nuestros ojos, nos fascinaría, sin importar la técnica de filmación utilizada.

Quizá un espectador de hoy no halle en Berlín, sinfonía de una ciudad la obra vanguardista que fue en su tiempo. Pero sí se puede percibir que Walter Ruttman perseguía no sólo dejar constancia de los edificios de sus gentes y de sus actividades sino también fundar una determinada arquitectura del ritmo. Su película fue concebida para que la experiencia de su visionado estuviera más cerca de la música que del cine. Una música de las imágenes en la que la cadencia lo fuera todo. Un bombardeo sincopado de postales en movimiento que atestiguara lo que podría haber sido un día entero en la ciudad de Berlín en el año 1927.

Si las estampas marcianas de la antes citada película de Curtis Harrington se tornarían reveladoras al ser descubiertas por un ojo humano que las asumiera como reales, en la medida en que lo real es una construcción, podemos también especular con lo que ocurriría si una raza extraterrestre encontrara el filme de Ruttman. No es siquiera necesario que sea una raza extraterrestre, bastará con que sea un ser humano de una época lo suficientemente alejada en el tiempo. El embrujo de lo incorrupto sería el mismo. La fuerza de aquello que podría o no ser cierto, pero que vivirá eternamente, inalterable, mientras se conserve la película. Cada vez somos más conscientes de que el mapa no es el territorio y de que los motivos de los hombres, la mayoría de las veces, son inextricables. Pero Berlín, sinfonia de una gran ciudad constituye un punto de partida nada desdeñable para aquellos que, en algún otro momento, deseen redescubrir o reivindicar lo que fue la civilización humana. Siluetas que se mueven.