Las relaciones que el mito del Golem guarda, por un lado, con el de Frankenstein y, por otro, con el del robot, son mas bien relativas, pero pese a todo resulta innegable que entre los tres también existen semejan­zas más que razonables. Ya hemos men­cionado que la leyenda del Golem se ex­tendió por buena parte de Europa duran­te el siglo XVI, aunque sus precedentes históricos se remontan al siglo XII, época en la que una secta judía urdió una teoría, inspirada en la idea bíblica del poder cre­ador de la Palabra de Dios, según la cual podía construirse con arcilla roja un hom­bre artificial y dotarlo de vida mediante el empleo de una palabra mágica com­puesta por 221 combinaciones alfabéti­cas. Según las diversas versiones de la le­yenda, el Golem cobraba vida si se le es­cribía en la frente la palabra ‘Emeth’, ‘Verdad’, y, por el contrario, se podía acabar con el borrándole la primera letra de la misma y convirtiendola en ‘Meth’, ‘Muerte’. Otra variante afirmaba que se conseguia el mismo efecto poniéndole o extrayéndole de la boca un pergamino que llevaba escrita la palabra ‘Schem’, el nombre de Dios.

Nos hemos entretenido en comentar la leyenda del Golem porque, como puede apreciarse a simple vista, en ella se en­cuentran dos elementos que lo relacionan con el tema del robot: la posibilidad de crear un ser vivo artificial y, por tanto, no orgánico, y la de activarlo o desactivarlo a voluntad de sus dueños. Sin embargo, también parece muy claro que el prece­dente cinematográfico del robot se en­cuentra en las primeras versiones para la pantalla del mito del Golem y, mas con­cretamente, en la que aquí traemos a co­lación: la firmada en 1920 por Paul Wege­ner en colaboraci6n con Carl Boese, una película que influyó mucho en el desarro­llo posterior del cine fantástico, tal y como demuestra el hecho de que, como tendre­mos ocasión de comprobar, James Whale la escogiera como uno de sus modelos es­téticos a tener en cuenta cuando aborda la realización de su famosa El doctor Fran­kenstein (Frankenstein, 1931). Por su par­te, Wegener, que, como hemos visto en el recuadro dedicado al tema del Golem in­cidió hasta tres veces en el mismo, logró aquí en su calidad de codirector e inter­prete del propio Golem, conferir al mito una vistosa ilustración cinematográfica.

Respaldada por un gran trabajo de de­coraci6n e iluminaci6n (esta ultima a cargo del genial Karl Freund), El Golem es una pelfcula que atesora momentos espléndi­dos, los cuales prefiguran tanto los poste­riores avatares fílmicos de la Criatura de Frankenstein como, en lo que ahora nos in­teresa, la iconografía cinematográfica del robot. El film se abre con un prólogo de ex­traordinaria fuerza visual y notable carga premonitoria: el rabino Low (Albert Stein­ruck) contempla desde el observatorio de su terraza las maravillas de un hermoso cie­lo estrellado que, paradójicamente, esta cargado de malos augurios: la tiranía del monarca que se abate sobre la población debe ser atajada a cualquier precio. A esta labor se entrega el rabino Low, quien deci­de arriesgarse llevando a cabo la peligrosa invocación del demonio Astaroth para que le confíe el secreto de «la palabra que crea la vida». La secuencia en la que el rabino invoca a ese demonio no es menos magis­tral: Low se situa dentro de un circulo pro­tector dibujado en el suelo de su estudio y le prende fuego; en la oscuridad de la es­tancia, un monstruoso demonio revolotea a su alrededor, en una serie de imágenes te­nebrosas que prefiguran los magníficos ri­tuales satánicos que posteriormente serían mostrados por Terence Fisher en su es­pléndida The Devil’s Rides Out (1968).

Tras esta estupenda introducción esoté­rica, que alcanza su culminacion en la crea­ción del Golem, el film varía dicha tonali­dad inicial y se adentra, en cambio, por te­rrenos menos mágicos y mucho mas iróni­cos. Sin olvidar nunca que están poniendo en escena una leyenda de tiempos pasados cubierta por el halo de lo mítico, Wegener y Boese dibujan con solidez la reacción hu­mana y cotidiana que provoca el gigante de barro entre las personas que le rodean, sin olvidarse de añadir, incluso, algunos apun­tes de humor al respecto. El momento mas ilustrativo reside en la decisiva secuencia en la que el tiránico rey ordena al rabino Low que comparezca ante su presencia en compañía de su insólita creación, a fin de burlarse de ellos: la ironía del contraste que se establece entre el aspecto del Golem y el de los soldados del rey, ataviados con sus armaduras, deja paso a la espectacular escena en la que el gigante de arcilla de­rroca al tirano y destruye con su fuerza so­brehumana la sala del trono.

Sin embargo, una vez vencido el rey y restablecido el orden social de paz y justi­cia, la película va más alla y, en su segunda mitad, todavía profundiza más en los sentimientos del esclavo Golem y su deseo inhe­rente de ser como los demás. Su incipiente sentimiento amoroso hacia la joven Miriam (interpretada por Lyda Salmonova, la esposa de Wegener) da pie a esa bellísima escena en la que el gigante de barro, con una flor en la mano, intenta acariciar a la joven, con resultados desastrosos. Es a par­tir de este momento que El Golem hace vi­sibles las numerosas deudas que tienen contraidas con ella la gran mayoría de aproximaciones cinematográficas a los mi­tos de Frankenstein y el robot: la secuencia del incendio de la casa del rabino se antici­pa a la del incendio del molino en el climax del ya citado film de Whale, así como la in­sólita resolución del relato, en la cual una niña inocente será la responsable de la des­trucción del Golem de Wegener, el primer robot trágico de la historia del cine.

© Artículo publicado originalmente en Dirigido por… nº , como parte del dossier especial Seres de metal. Reproducido con permiso de los autores y editores.