Pioneros del espectáculo

La dificultad de acceso al cine silente, las inercias críticas —siempre difíciles de evitar— y la abrumadora brillantez de algunos cineastas del periodo, nos han llevado, demasiado a menudo, a menospreciar una buena parte del corpus cinematográfico de aquella época. Wallace Worsley (1878-1944) es uno de esos directores genuinos del cine mudo que, a pesar de tener por delante dieciséis años más de creatividad hasta su muerte, dejó de hacer cine en 1928 con un filme titulado, precisamente, The Power of Silence. Cinco años antes nos había legado esta excelente adaptación de la novela de Victor Hugo, tras Esmeralda (Alice Guy y Victorin-Hippolyte Jasset; Francia, 1905), Hugo the Hunchback (William Nicholas Selig; EE.UU., 1910), Notre Dame de Paris (Albert Capellani; Francia, 1911), The Darling of Paris (J. Gordon Edwards; EE.UU., 1917), o Esmeralda (Edwin J. Collins; Reino Unido, 1922), por citar las más relevantes del periodo. Worsley compuso un filme donde la aventura personal y social (fundamental en la obra de Victor Hugo), comparten protagonismo. Quizá es la versión más importante del clásico, incluyendo la veintena de intentos posteriores.

Lo más determinante de la película es su asombrosa capacidad para ejecutar escenas de masas, abundantes en el filme y llevadas a término con una eficacia poco usual en la época. La audacia de Worsley como cineasta es indiscutible, como se evidencia en el plano cenital en el que vemos cómo el jorobado se desliza por una cuerda desde las alturas de la catedral de Notre Dame; tampoco es banal el control que lleva a cabo sobre una de las estrellas de la época, Lon Chaney (1883-1930), al que relega a una presencia secundaria en la película, frente a los personajes femeninos y el tema social, y al que controla su habitual histrionismo más de lo esperable teniendo en cuenta el personaje. Filme de ritmo muy bien medido, logra transmitir el fragor de las turbas parisinas, la espiritualidad en torno a la catedral y, en fin, los principios morales que habitan en la obra original. Sigamos explorando el cine mudo, no dejaremos de encontrarnos con agradables sorpresas.