Un milagro de Mary Pickford

La carrera de William ‘One-Shot’ Beaudine (cuyo apodo, que podríamos traducir por «Toma Única», comúnmente aplicado en Hollywood a varios directores en referencia a su rapidez filmando y también a su falta de esmero) es de esas que producen vértigo: más de 300 películas y alrededor de 200 créditos televisivos. Junto a Landers y Newfield, Beaudine es sin duda uno de los estajanovistas más activos de Hollywood. Una filmografía que es un auténtico cajón de sastre, hasta tal punto aborda prácticamente todos los géneros (a menudo con idéntica falta de inspiración). Su nombre es recordado sobre todo por los aficionados al cine de terror gracias a dos bodrios crossover (horror + western), Billy the Kid vs Dracula (1966) y Jesse James Meets Frankenstein’s Daughter (1966), absolutamente delirantes en su nulidad. También por sus colaboraciones con un decadente Bela Lugosi, que empezaba a resbalar por el tobogán de la fama, de las que, seguramente, Voodoo Man (1944) es la menos mala (¿?). Teniendo en cuenta que uno de sus films más celebrados es La gran aventura de Lassie (Lassie’s Great Adventure, 1963), la verdad es que no dan muchas ganas de sumergirse en las procelosas aguas de su filmografía en busca de tesoros perdidos. Lo que no quita que algunos críticos (que sí lo han hecho) hayan alabado títulos como Penrod and Sam (1931), una película familiar basada en un relato de Booth Tarkington, The Old-Fashioned Way (1934), una comedia protagonizada por W.C. Fields —para muchos su mejor película—, o Abismos de pasión (Three Wise Girls, 1932), al parecer con una de las mejores interpretaciones de Jean Harlow.

Por ello, sorprende enormemente encontrar dos films tan brillantes, La pequeña Anita (Little Annie Rooney, 1925) y sobre todo este Gorriones, en medio de tanta ganga. Ambas están interpretadas por Mary Pickford, la actriz más popular del cine mudo norteamericano. Como ha destacado Kevin Brownlow, tanto la Pickford como su segundo marido, Douglas Fairbanks, no solo trabajaron bajo las órdenes de los mejores —en el caso de ella, D. W. Griffith, Edwin S. Porter, Marshall Neilan, Maurice Tourneur, Ernst Lubitsch…— sino que, a su lado, «directores menos conocidos hicieron sus mejores películas» (Brownlow, Kevin: The Parade’s Gone By…, Londres, Abacus, 1973, p. 140). ¿Acaso no es esta la explicación definitiva al talento fulgurante y huidizo de Beaudine? En ambos filmes la Pickford repite su rol habitual de huerfanita indefensa, encarnación de todas las viejas virtudes morales, acosada por el destino más aciago, que no solo la convirtió en la favorita del público sino que hizo de ella «La novia de América», tal y como la bautizó la publicidad. Lo que varía en éstas respecto a otros de sus títulos es que sí, como ella misma afirmó, «siempre intenté incluir la risa en mis películas» (Mary Pickford en Brownlow p. 154), aquí, el tono de su interpretación es mucho más lacrimógeno que su registro habitual. Tanto La pequeña Anita como Gorriones son dos melodramas folletinescos —un poco en la línea de Las dos huérfanas (Orphans of the Storm, 1921) de Griffith, del que Beaudine fue ayudante de dirección—, un género erróneamente asociado a la carrera de la actriz, que, según Brownlow (que la conoce evidentemente mucho mejor que yo), se compone en su mayor parte de comedias. En cualquier caso, dejando de lado su talento de comedienne, gracias a estas dos películas la Pickford, con una interpretación naturalista muy controlada y sutil, llena de sentimiento, se nos muestra también como una notable actriz dramática, muy alejada de la rigidez y la gestualidad excesiva que asociamos comúnmente (de forma estereotipada, también es cierto) a dicho género. Probablemente en esta versatilidad es donde radica la grandeza sin par de Mary Pickford, una actriz con innumerables imitadoras pero sin rivales entre sus contemporáneas, de la que, parafraseando a Lotte H. Eisner (La pantalla demoniaca, Madrid, Cátedra, 1996, p. 202), podemos decir que «su simple presencia realizaba la esencia de la obra de arte».