Sombras delicadas

Al hablar de sombras en el cine hacemos referencia a la esencia misma del fenómeno cinematográfico: al trabajo con la luz. El cine es esencialmente luz, luz y sombras. Y significa remontarnos aún más lejos: a la primera edad del hombre y a los juegos, primitivos y fugaces, sobre las rugosas paredes de las cavernas y posteriormente a los teatros orientales de sombras de Indonesia y China, a las figuras inanimadas recortables, a los títeres, autómatas, a los fantasmales efectos de luz de la linterna mágica, a los trucos de los magos y feriantes que causaban asombro y, aún más, estupor en un público ingenuo que se ha esfumado en la noche de los tiempos.

Las sombras han encontrado su espacio en el cine pintadas en los suelos expresionistas, han sido utilizadas para esconder sigilosas alucinaciones y pigmentar los bajos instintos y las viejas ciudades de uno de los géneros más ásperos y violentos de la historia del cine. Y gracias a estos espacios sin luz, sin aparente vida, huecos y silenciosos, nuestro espíritu ha proyectado los miedos ancestrales y hemos pretendido, gracias a la utilización de estos objetos inanimados, creer en la ilusión de poder hacerles cobrar vida.

Esto fue precisamente lo que consiguió la realizadora alemana Lotte Reiniger (1899-1981) con sus «películas de recortes a tijera». Pionera de la utilización en el cine del ancestral arte de las sombras chinescas. Gracias a sus hábiles dedos que daban formas increíbles al papel y su maravilloso trabajo para posteriormente conseguir el efecto del movimiento, Reiniger nos ha dejado algunas de las obras más hermosas que se conservan en el género de la animación.

Las siluetas de Reiniger son como delicados agujeros negros que nos transportan a la magia de los cuentos populares de hadas y de los relatos de Las mil y una noches. La bella durmiente, Papageno (1935) cortometraje sobre el personaje de la ópera La flauta mágica de Mozart, El pequeño deshollinador, Cenicienta, Pulgarcita, Aladino y la lámpara maravillosa, Hansel y Gretel, son algunos de los temas clásicos que llevó a la pantalla y cuya enorme originalidad y belleza continúan asombrándonos hoy día.

Reiniger realizaba en su taller todo el proceso paciente y minucioso de preparación y filmación de sus películas: el diseño de los personajes y los fondos, el dibujo de los storyboards, recortaba con delicada habilidad las figuras en una cartulina negra y posteriormente las colocaba sobre un cristal y, utilizando papel transparente y la ayuda de un contraluz, fotografiaba cada pequeño movimiento de la figura y así, una vez proyectada, conseguía el efecto del movimiento continuo de sus siluetas. Su técnica era tan perfecta y sus siluetas poseían tanta magia que nadie, aún con el paso del tiempo y el desarrollo de la técnica cinematográfica, ha conseguido igualar su trabajo.

Desgraciadamente su nombre ha quedado prácticamente olvidado salvo para algunos especialistas cinematográficos e historiadores del cine. Debería otorgársele el lugar de honor que merece su arte en los manuales y estudios publicados sobre historia del cine en los que su nombre está muy a menudo injustamente ausente, quizás por haberse dedicado a un género por el que muchas veces pasamos de puntillas y no nos detenemos a prestarle la suficiente atención.

En la década de los años veinte del pasado siglo Reiniger realiza su película más conocida: Las aventuras del príncipe Achmed. Una fábula oriental, una delicada obra maestra, inspirada en Las mil y una noches. Este primer largometraje de Reiniger fue el encargo de un banquero berlinés, Louis Hagen, admirador del trabajo de la realizadora. Para la elaboración de esta película, en la que empleó tres años de laborioso y paciente trabajo, contará con un equipo de gran nivel artístico: el inestimable talento del realizador Walter Ruttmann quien le diseñará unos fondos increíblemente bellos en donde encajar las siluetas de los personajes, el trabajo de Carl Koch marido de Reiniger y su colaborador habitual en la dirección de fotografía y las composiciones musicales de Wolfgang Zeller.

Esta ensoñación oriental, primitiva y mágica, sigue conmoviendo por la ingenuidad, delicadeza y ternura de las imágenes creadas por Reiniger y su equipo. Las aventuras del príncipe Achmed es una de esas obras sorprendentes y maravillosas de una década alucinada, una década de explosión creativa apabullante. Un momento en el que el cine tomó forma y fondo traspasando la frontera del mero espectáculo ambulante para convertirse en un vehículo nuevo para admirarnos del arte de la vida.