La belleza de un rostro

Es bastante inusual encontrar cineastas cuyas primeras obras muestren ya su estilo y su personalidad al completo. Dimitri Kirsanoff es uno de ellos; films como Ménilmontant, Brumes d’automne (1927) y Rapt (1934) no solo se cuentan entre sus mejores trabajos, sino que además anticipan todas las propuestas formales de su cine. Un hecho que ha tenido como efecto secundario el que Kirsanoff haya sido enterrado entre los directores de cine mudo (como lo han sido también, por ejemplo, Ingram, Boleslawski, Tourneur, Niblo…), ilustres, sin duda, pero «pasados de moda», confinados en filmotecas y museos del cine desconociendo, en la mayor parte de los casos, sus obras casi por completo. Y es que el suyo es uno de esos nombres más prestigiosos que conocidos, su obra es mucho más respetada de lo que ha sido vista (y/o difundida). Lo que, en su caso, significa que a menudo se metan en el mismo saco sus insípidas últimas películas —los polares a la moda Le crâneur (1955) y Miss Catastrophe (1957), por ejemplo, tan impersonales que podrían haber sido dirigidos por un Bernard Borderie cualquiera— y algunas de sus obras mayores como La fontaine d’Aréthuse (1936), Deux amis (1946) o Arrière-saison (1950). Para mayor información sobre la obra de Kirsanoff recomiendo mi extenso artículo «The Paradoxes of Dimitri Kirsanoff: ‘Ménilmontant’ Within the Avant-Garde Tradition» en Experimental Conversations nº 6, invierno 2010.

Nadia Sibirskaia

Ménilmontant, su segundo trabajo —tras la desaparecida L’ironie du destin (1923), la primera película muda francesa en prescindir de intertítulos—, es uno de los filmes-emblema del cine de vanguardia francés de los años 20. Sin embargo, frente a contemporáneos suyos como Epstein, L’Herbier, Dulac y Delluc, cuyas películas son la praxis de una reflexión teórica previa, el caso de Kirsanoff es más el de un cineasta «intuitivo» (el propio director afirmaba haber empezado a hacer cine sin saber nada sobre su técnica). Ahí es donde radica la ligera sensación de falta de organicidad que domina el film. Como ha señalado Richard Abel (French Cinema: The First Wave 1915-1929, Princeton, Princeton University Press, 1987, p. 396), Ménilmontant mezcla estilos (un realismo casi documental vs un onirismo propio del relato en primera persona) y dispositivos técnicos (sobreimposiciones, desenfoques y otros trucos ópticos, montaje ultrarrápido de inspiración soviética, un uso reiterado del primer plano expresivo, una dialéctica entre continuidad y discontinuidad) muy diversos. El resultado es una película poética muy hermosa (un «poema cinematográfico», género muy en boga en aquella época) de gran formalismo pero bastante heterodoxa respecto a los filmes de vanguardia de los cineastas anteriormente citados. Frente a la racionalidad y funcionalidad de aquellos, el de Kirsanoff resulta algo así como un jardín silvestre en el que las flores crecen a su antojo. Sin embargo, lejos de ser éste un defecto, más bien al contrario, se convierte en una de las principales virtudes de la película: la hibridación y la impureza son siempre un gran valor en las artes plásticas.

¿Y qué decir de la presencia de Nadia Sibirskaia? Maurice Bardèche y Robert Brasillach (History of the Film, Londres, Henderson & Spalfing, 1945, p. 241) escribieron, sin duda un poco contagiados del lirismo de la película, que ésta era una especie de poema dedicado al rostro de la actriz. Nada más ajustado a la realidad: Kirsanoff confirma, gracias a los numerosos primeros y primerísimos planos, la aseveración deleuziana de que «el rostro es el material más puro del afecto» (Deleuze, Gilles: La imagen-movimiento, Barcelona, Paidos, 2004, p. 300). Y es que el rol de Sibirskaia dentro de la obra de su mentor va mucho más del de una simple actriz. Kirsanoff construye las nueve películas que hicieron juntos, de L’ironie du destin a Quartier sans soleil (1939), siempre a partir de ella, de su rostro y sus posibilidades dramáticas. Más allá de su puesta en escena, Ménilmontant es ante todo, como La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928) de Dreyer, un film dedicado por completo a la belleza de un rostro.