La doble engañifa del comienzo de La condena

Mientras escribo este texto, soy consciente de que algún colaborador aprovechará este especial sobre Béla Tarr para ponerlo a caer de un burro, como ocurrió con el de Apichatpong. Supongo que es la gracia de Miradas y que no soy nadie para juzgarles. O tal vez sí. En estos días convulsos para el ámbito de la cultura, es imprescindible clarificar nuestras prioridades, pensar como uno solo si queremos ser escuchados.

Hasta aquí el mítin.

Damnation / La condena (Kárhozat, 1988) comienza con un plano secuencia de algo más de tres minutos milimétricamente coreografiado. En un principio sólo vemos un paisaje más o menos desértico, adornado únicamente por una meseta y un rancio funicular que transporta mercancía en vagonetas faltas de lubricante industrial. El sonido que produce, a base de repetición, se transforma en algo parecido a una música ruidista. Esto durante un largo minuto.

La cámara empieza a retroceder y el paisaje es enmarcado a través de una ventana. El amplio e indomable cuadro primigenio queda reducido a una vista paisajística desde el interior de una habitación. El espacio es acotado salvajemente hasta límites que aún ni siquiera sospechamos. Permanecemos huérfanos, aún sin sujeto que mira: una vista sin ojos. Solos ante un cuadro angustioso. Otro minuto más.

Sigue moviéndose la cámara hasta situarse detrás de la nuca de una sombra masculina. ¡Por fín se nos suministra un sujeto para esa visión! Un hombre que fuma, inmóvil, cansado. A partir de aquí se nos delimita ya no tanto la extensión de ese horizonte, sino más bien el procedimiento a través del cual se produce esa visión. Si bien empezamos contemplando un paisaje agobiante con una música repetitiva de fondo, ahora somos conscientes de mirar a través de los ojos otra persona.

Y todo esto porque Damnation funciona por bloques o estampas, al igual que el carrusel de su plano secuencia inicial. Podemos leer el filme como un noir destemplado, un thriller de gánsters apesadumbrados de ropajes raídos con femme fatale incluida, o entenderlo como una sucesión de planos secuencia que desafían cualquier tipo de coherencia narrativa. La propia película nos otorga la autoridad suficiente como para escoger entre o bien visualizar un paisaje con total libertad o bien dirigir nuestra mirada en una dirección concreta, adoptando el punto de vista del otro.

En contraposición a esta libertad absoluta que nos concede el film, su comienzo evidencia perfectamente el inmovilismo de sus personajes y la utópica posibilidad de escape de ese pueblo gris, tétrico y lluvioso. Es fundamental comprender que nuestra mirada es engañada por partida doble en los tres primeros minutos de película, para poder llegar a aceptar que somos dirigidos inevitablemente hacia un destino terrible y cruel. Una condena de por vida.