Así que el comunismo era esto

Alguien me contó, aunque diría que es mentira, que el guionista Joe Eszterhas, firmante del libreto de Instinto básico (Basic Instinct, Paul Verhoeven, 1992) entre otras películas, tuvo una especie de epifanía o revelación mientras tendía ropa, se volvió fervientemente católico y cambió los thrillers de alto voltaje por los filmes sobre vidas de santos. No sé si lo de su compatriota Béla Tarr fue algo parecido, una conversión o un descubrimiento. Diría que más bien alcanzó la comodidad técnica y la convicción suficiente como para dar el salto del particular al universal. De las pequeñas historias proletarias y familiares sobre la vida en la Hungría comunista de principios de los ochenta a los frescos monumentales que vendrían a ocuparse de las cuestiones trascendentales, la existencia en un sentido espiritual y todo eso que resulta vano tratar de describir con palabras. Serán filmes monumentales en todos los sentidos. A partir de Öszi almanach / Almanac of fall (1984) la duración mínima de sus películas será de unas dos horas. Sátántango (1994), la más larga, dura 450 minutos, aunque eso la mayoría ya lo sabéis.

The Prefab People pasa por ser la obra que cierra esa primera etapa en la trayectoria del cineasta húngaro. Nos muestra varios fragmentos de la ardua convivencia entre un hombre y una mujer que están casados, con dos hijos, y que insisten en perpetuarse en ese estado aunque el tiempo particular, el lugar en el que viven y su estatus social los habrían de arrojar, por naturaleza, por equilibrio emocional, a la calle, al aire libre de los que no tienen otra cosa. Como en el hermoso plano secuencia que cierra la película. Un remanso de paz transitorio: ellos dos junto al lavavajillas (¿o era una lavadora?) que acaban de comprar, montados en la parte trasera del camión que les acercará de vuelta a casa. Porque no tienen coche. Regresan al infierno, a un claustrofóbico y minúsculo piso que anticipa quizá no el fin del mundo pero sí el fin de un sueño de vida en común y de una ficción política escasamente piadosa que, en un momento especialmente divertido de la película, el padre trata de explicar a uno de sus hijos. No es la única escena ligera de The Prefab People: hay otra en una oficina que podría estar perfectamente en el remake húngaro de The Office. La sacralización del trabajo, otra broma siniestra.

Supongo que aciertan los que vinculan al primer Béla Tarr con el naturalismo cassavetiano, aunque sólo he visto, exactamente, tres películas de John Cassavetes, algo que trataré de remediar a lo largo de 2012. Tarr deja que sus actores hablen y se griten, que asomen las heridas y las desilusiones y que se alcancen pequeñas catarsis, insuficientes, porque la tristeza seguirá manando y Ferj, el marido, volverá a amagar con irse de una vez por todas, como hace dos veces en la película, que es una especie de bucle, característica esta que se acentuará en la obra posterior del director de El caballo de Turín (A Torinói ló, 2010). Las dos secuencias en las que Ferj se va de casa, prácticamente análogas, están rodadas en una sola toma, en la que la cámara se mueve y nos aprisiona en el interior de la vivienda de la que el hombre está tratando de salir para no escuchar los gritos y los lamentos. Pero no hay apenas diálogo en la mejor secuencia de The Prefab People, aquella en la, durante un baile, Tarr nos enseña la mirada de la descomposición en los ojos de la mujer, unos ojos que se preguntan y se responden a ellos mismos que no, que quizá ella y él no están destinados a estar juntos y que el destino les jodió de lo lindo al unirlos en sagrado matrimonio. No hay amor, tan sólo nostalgia de algo impreciso y una borrachera no demasiado contagiosa. La vida quizá no sea una canción de amor triste, pero a menudo se le parece mucho.