Ensayo de una vida

Resulta revelador analizar con atención la puesta en escena de Szabadgyalog (1981; distribuida fuera de Hungría como The Outsider), el segundo largometraje de Béla Tarr, y el primero que realizó para televisión (Magyar Televízió, Dramai Föosztaly). Evidencia, en primer lugar, que el modo en que se hacía televisión a principios de los ochenta por parte de algunos autores europeos era mucho más arriesgado y alejado del canon comercial que la televisión contemporánea alabada unánimemente como receptáculo del “mejor cine que se hace hoy”. En segundo lugar, la película pone de manifiesto un modo de hacer cine donde diferentes equilibrios (silencio/palabra, individualismo/sociedad, alegría/tristeza, y otros) se vehiculan mediante un reducidísimo conjunto de recursos cinematográficos que, aunque pobres, revelan ya una fuerte convicción cinematográfica por parte de su autor.

La película —traducible en español como Vuelo libre, por ejemplo— comienza y termina con música, quizá como elemento de una metáfora donde la vida podría ser una canción a la que podemos ponerle letra libremente, pero contiene melodías que nos acompañan permanentemente aunque no podamos concretar su origen ni, por supuesto, su sentido último. El tema de The Outsider es el modo de encarar la existencia en situaciones difíciles, y lo único que podemos constatar sobre su director (según los créditos, Ágnes Hranitzky es coautora), a la luz de su relato, es que se trata de un humanista preocupado por el lugar del hombre sobre el mundo.

András Báder (András Szabó) es un joven cuidador en un centro sanitario especializado que es despedido por conductas inapropiadas; no acaba de adaptarse a ningún entorno laboral en medio de una sociedad húngara donde el empleo es un bien muy preciado. Tiene una relación complicada con su novia, y se debate entre un futuro bohemio y una vida en común con ella con el objetivo de formar una familia. En realidad, se trata de un alma errática que, de algún modo, vive permanentemente entre el desprecio a un entorno en el que no encaja y la necesidad de compartir sus sentimientos con otras personas.

Tarr convierte el filme en una sucesión de conversaciones rodadas en plano/contraplano y con el fondo desenfocado, a un ritmo muy pausado y, casi siempre, con una evidente preponderancia en la atención a uno de los personajes de la conversación (el protagonista, las más de las veces). Junto a esta columna vertebral, observamos escenas donde los personajes cantan, tocan y bailan. La escena en que uno de los jóvenes protagonistas cae muerto en medio de un baile, o la agria discusión entre András y su novia en una discoteca evidencian que la alegría y la tragedia conviven junto a nosotros sin solución de continuidad.

Lo más llamativo es que, conteniendo el filme varios e intensos temas sociales (el desempleo, la relación política entre Hungría y Eslovaquia, la familia, el equilibrio entre la vida personal y la laboral o la socialización de nuestros egos, entre otros), la puesta en escena individualiza tan completamente el relato de todo el drama (los primeros planos con fondos desenfocados descontextualizan por completo el significado de cada imagen) que convierte el filme en un estudio de cómo el rostro humano reacciona ante el paso cálido y gélido de la vida.

Szabadgyalog resulta ser un ensayo interesante, aunque limitado, sobre la dificultad de encontrar nuestro lugar en el mundo. Hay música, hay risas, hay baile, hay alegría, hay sonrisas y sexo, pero Tarr presenta aquí un universo donde la ternura apenas ocupa un breve plano de una mano sobre otra, en medio de más de 120 minutos donde los violines y las palabras componen una extraña partitura inacabada de una vida que no es sino el ensayo de una vida. Quizá como todas.