La locura diaria de la China urbana

Una tubería se rompe y un géiser inunda la calle, chorreando sobre coches y autobuses impertérritos. Un supermercado oculta en un congelador cuerpos de osos hormigueros y patas de plantígrados, para deleite de gourmets cantoneses a los que se les hayan quedado cortos los ya de por sí bizarros menús de la región. Un hombre es atropellado, puede que se haya tirado delante del coche para sacarle dinero al conductor; si no está fingiendo, tiene desde luego una forma extraña de exteriorizar su dolor. Otro amenaza con saltar de un puente, y otro más baila semidesnudo, sucio y drogado en mitad de una autopista, mientras un ejército de cerdos invade un carril tras salir con vida del accidente de un camión. Por si fuera poco, un bebé aparece en un descampado rodeado de basura, una mujer se apiada de él y le da algo de comer, para después seguir su camino y dejarlo donde lo había encontrado como actuaría quien da leche a un gato callejero. Incendios, aglomeraciones, choques, peleas, reivindicaciones, la —siempre absurda para los ojos de un occidental— presencia de animales. Estas y muchas otras humanas locuras suceden cada día en la China urbana contemporánea. Estas y muchas otras humanas locuras son recopiladas por Weikai Huang en Disorder (2009).

A la manera de las viejas sinfonías fílmicas de ciudades de finales de los años 20 y principios de los 30, Disorder es una acumulación de imágenes captadas dentro de una municipalidad determinada, en este caso la sureña Guangzhou. Como en aquellas, el montaje intenta captar el ritmo característico del lugar. A diferencia de aquellas, el centro de atención no son los elementos arquitectónicos ni los juegos de montaje, sino las personas que por allí hormiguean y las más extraordinarias situaciones que protagonizan o con las que se topan. Y digo que hormiguean porque es lo que hacen, no parecen habitarla ni darle la vida, no son su sangre sino sus parásitos. Yo he vivido durante mes y medio en Guangzhou, una ciudad de tal vez 8 o puede que 11 millones de habitantes, y puedo confirmar de primera mano que una megalópolis de tal calibre no cuenta con los seres humanos. Un macrolugar así no está diseñado a nuestra escala. Los hombres sólo somos bichitos que correteamos por las colosales avenidas imposibles de cruzar, que nos apelotonamos en los metros y autobuses. Que sólo encontramos refugio temporal en casa y en los locales de comida. Como enseña Disorder, en todos los lugares públicos acecha hostil el colapso de las facultades mentales, la pérdida de la individualidad y el egoísmo indiferente ante la desgracia ajena, que sólo sale de su ensimismamiento ante la llamada del morbo. Las causas de la deshumanización pueden ser sociales, políticas o accidentales, pero detrás de ella siempre está el Leviatán que es Guangzhou.

Sin embargo, la megalópolis rebosa vida. Sus habitantes son, al fin y al cabo y más allá de todo retórico análisis apocalíptico, habitantes, y desde luego son personas. Frente a las tradicionales metáforas que consideran a los urbanitas como autómatas —en las que yo mismo casi he caído en el párrafo anterior—, no se puede olvidar que esos aproximadamente 10 millones de cantoneses son individuos. No, ni siquiera los chinos son todos iguales. En el metro cada cara refleja una vida diferente, cada protagonista de cada historia de Disorder lleva ya muchos años en el mundo y no ha caído sin más en medio de la ciudad con el objetivo de liarla parda. Esas personas no han nacido para ser el objeto de atención de una videocámara curiosa, sino que las circunstancias les han llevado a la extravagancia y la explosión, tanto como han llevado a otros a patear kilómetros durante horas en busca de una buena anécdota para meterla en un documental de menos de una hora que verán apenas unos cientos de espectadores. Esas circunstancias —incognoscibles por la velocidad a la que se superponen los distintos hechos en una ciudad masiva, ¡cuando se empieza a pensar una ya se está sumergido en otra!— son en gran medida externas y evitables, como la pobreza o su otro extremo la avaricia, pero no dejan de ser circunstancias que a cada cual afectan de distinta manera. Por eso, si bien ninguno de los episodios de Disorder parece realmente fuera de lugar en ese universo caótico que es China, es cierto que ninguno es estereotípico y cada enajenación mental lo es en sus propios términos.

«Universo caótico»: sí, eso es China. Especialmente sus ciudades hipertrofiadas, en las que el caos reina sin apenas oposición, desbordando todo intento de comprensión de la realidad. El misterio chino es cómo puede estar efectivamente armonizada —palabra tan querida por el Partido— una sociedad que se encuentra tan cómoda en la anarquía cotidiana. Es un misterio que Weikai Huang se ve incapaz de descifrar, así que se limita a plasmarlo a través de las imágenes y del montaje. Capta, en fin, el ritmo de Guangzhou. La película muestra la parte más periférica de ese ritmo, pero es un ritmo perceptiblemente latente, cuyo eco, o más bien su amenaza, resuena en toda la ciudad. Es el ritmo del desorden. Hay que mirar desde sus límites porque es casi imposible entrar dentro del caos, uno sólo puede acercarse a su superficie. Si se empatiza demasiado con él, se corre el peligro de ser absorbido por su torbellino y pasar a ser un elemento más indisociable de su realidad informe. Disorder se mantiene con aplomo en el peligroso equilibrio entre la distancia del observador y la participación directa del arrebato del caos. Por un lado, el director establece una estructura de montaje a la que es fiel mientras dura este espectáculo del desorden. Por otro, esa estructura es precisamente la carencia de la misma: sigue la sencilla regla de que cada secuencia sólo puede ser seguida por otra secuencia procedente de otra de las historias —seleccionadas de entre cientos de horas de metraje grabadas por varios cazadores de imágenes diferentes—, por lo que todos los relatos quedan fragmentados. Tienden a agruparse quizá por acción de la entropía, pero prevalecen la inconexión y la imposibilidad de aprehender los sentidos particulares. La película logra generar empatía con cada momento concreto, que es desplazado por el siguiente momento, al que también sigue otro distinto en una interminable cola. Cada cierto tiempo se retoma una historia donde se dejó, sólo para volver a ser abandonada y más adelante recuperada. Así, tras su inofensiva apariencia granulosa y su falsa posición de espectador pasivo, Disorder va formando un efecto de bola de nieve que provoca las mismas intensas y confusas sensaciones y emociones y los mismos pensamientos entrecortados que cada guangzhounés tiene acumulados dentro de sí. Y, como ellos, no se puede evitar desear más, sobre todo desear poder ver más sucesos disruptores, porque son el verdadero espíritu y sentido de la ciudad.