Fuera máscaras (¿quiénes fuimos?), dentro máscaras (¿adónde vamos?)

Qué significaba hasta hace bien poco el cine del portugués Pedro Costa? Y, aún más importante, ¿sigue significando lo mismo hoy, en junio (ya casi julio) de 2010? ¿Tiene la misma vigencia desde la óptica actual, o es ya un reflejo prematuro (y por ello mismo quizá indispensable) del más reciente período histórico del que podemos empezar a levantar acta en un momento en el que los acontecimientos se precipitan de forma cada vez más inquietante? El cineasta portugués ha venido planteando, durante muchos años, un cine que servía de contraplano a las imágenes oficiales de una sociedad que rendía un bovino culto al liberalismo económico, por aquel entonces en plena euforia, aunque hoy ya no. Ya no, a 30 de junio de 2010. Pero hace muy pocos años era el momento para los deslumbrantes ejercicios de cine resistente de Costa, con la sociedad aún mayoritariamente alienada de forma unidireccional por los medios de comunicación, férreamente controlados antes de reducir su influencia entre las generaciones más jóvenes en favor de Internet y otras plataformas libres (o libres). En ese sentido, Juventude em marcha (2006) se erige en la majestuosa y devastadora culminación de un recorrido en constante crecimiento y depuración. Una obra total, de desoladora belleza e incontenible emoción.

Por aquel entonces Jean-Luc Godard también hacía películas-contraplano, como Notre musique (que lo explicita además en su propio metraje) o las Histoire(s) du cinéma, que de algún modo transitaban senderos alternativos a las versiones oficiales de la historia del cine, impuestas a golpe de marbete desde las atalayas dominantes. Sin embargo, en Film Socialisme (2010), su último collage, vuelve a avanzar y entrega lo más cercano que servidor ha visto hasta la fecha a un plano y contraplano de la sociedad en el momento actual (entendido éste, aproximadamente, como el período entre 2007 ó 2008 y el ahora). Lo más increíble es que Godard se acerca casi al reflejo pleno de todas sus inestabilidades estructurales, y lo hace mediante un pesimismo moderado por la propia incertidumbre ante el futuro inmediato. «Lo que se abre ante nosotros parece una historia imposible. Nos hallamos ante una especie de cero», se dice en un momento de su film.

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Supongamos que la hipótesis de Godard (que en realidad no es de Godard, o al menos no sólo suya) es cierta: Estamos en una suerte de «año cero». ¿Qué ocurre con los cineastas y con el cine? Incontables crisis pueden rastrearse, crisis o mutaciones, o regresiones o cambios. Volviendo al asunto de este artículo, ¿es el de Ne change rien el mismo Costa? Parece que no exactamente, aunque en cierto modo sigue siendo Costa, como Godard sigue siendo Godard (y más exuberante en lo creativo que nunca). El caso es que Costa tenía una pequeña familia de actores-persona en el barrio de Fontainhas, había forjado una intachable saga bigger than life y una gramática con el rigor y coherencia intrínseca de los grandes cineastas de la historia, aquellos que conforman el imaginario que el cinéfilo aún conserva de cuando las imágenes no estaban en todas partes. Y ahora (aunque en realidad ya antes, pues el proyecto proviene de un corto de 2005 y la metodología evoluciona desde ¿Où gît votre sourire enfoui?, el documental que dedicase a la pareja Straub-Huillet en 2001) Costa se ha encerrado en el estudio con la actriz y cantante Jeanne Balibar para documentar de manera completamente personal sus ensayos musicales, en un film cuyo título procede de una frase de las Histoire(s) de Godard que Balibar sampleó para una de sus canciones. ¿Hay algo de malo en ello? Podemos echar de menos a Vanda y a Ventura, pero no parece pertinente exigirle por fuerza a Costa que los siga filmando. Quizá no pueda, o incluso no deba ahora, por respeto a lo que significan en su cine, en la historia del cine.

Cuando el sistema socio-político-económico dominante entra en decadencia, ¿a quién oponerse? ¿Qué actitud tomar? Buñuel tuvo ese problema. La iglesia cayó, las ideologías se desnaturalizaron. Para poder seguir destruyendo, en sus últimos films Buñuel tuvo que empezar a recrear un lugar en el que continuar insertando sus transgresiones más queridas. Ahora la cuestión es, ¿consideramos prioritario seguir dinamitando el sistema de imágenes típicamente monoformal y alienante cuando su predominio ha cesado y se está viendo relegado a un estatus más y más secundario en el torrente audiovisual del presente? Tal vez tan inútil sea atacarlo repitiendo estrategias del pasado como continuar plegándose a él, pues las amenazas del totalitarismo comunicativo, de un ser humano completamente controlado según los modelos de Huxley u Orwell, parecen difuminarse. Más que de control, la sensación del ciudadano occidental va siendo de abandono. La situación actual recuerda más bien a la época helenística, cuando tras la ruptura del modelo griego de ciudades-estado se impuso un patrón imperialista que dejó a los ciudadanos a la deriva, convertidos en cosmopolitas sin participación en la política (entendida como gobierno de la polis) por hallarse demasiado lejanos geográficamente de los foros donde se tomaban las decisiones. Ahí surgen el escepticismo y el estoicismo, cuyos planteamientos filosóficos responden casi milimétricamente a muchas de las preocupaciones existenciales del momento actual.

Nos hallamos en un período especialmente movedizo en el que nadie parece seguro de qué pasos tomar, y estarlo no significa necesariamente hacer cosas más valiosas o significativas. No estoy seguro de si Costa lo está o no, pero en todo caso les invito a acercarse a Ne change rien, la primera película del cineasta portugués que conoce estreno comercial en los cines españoles. Es un film hipnótico y dotado de un movimiento interior intuitivo en el que, como siempre en el cine de Costa, lo sensual y lo inteligible se combinan de manera exquisita, y que entrega más de lo que podría parecer en un principio: Hallazgos en forma de delicados estallidos trascendentales. Quizá no se pueda pedir más al arte audiovisual hoy en día. Ni menos.