Pablo Vázquez: —Toni, te escribo para proponerte un pequeño desafío: vamos a intentar hacer un artículo defendiendo a Carlos Boyero. Es muy fácil, me dirás, porque lo que hace Boyero se defiende solo, o bien, en todo caso, lo defiendes tú con los ojos cerrados, con uno cerrado y otro abierto, en una barra de bar, en un urinario, en un jardín de infancia o en el metro a las seis de la mañana, con copas de más, con resaca de menos y sin horas de sueño desde el martes pasado. Que sí, claro; yo también, no lo dudes. Es más de sentido común defenderlo que atacarlo, independientemente de que te guste o no lo que escribe y como lo hace. Pero ya que nos lo proponemos, vamos a tratar de hacerlo sin mentar la sobada libertad de expresión, sin caer en el laberinto de la subjetividad (“jo, pues a mí me gusta… ¿qué pasa?”), sin recurrir a ese “si tanto lo odias, ¿para qué lo lees?” y, por supuesto, sin mencionar la palabra “envidia”, un detalle recurrente que viene a afear cualquier argumentación más o menos sólida y apañadita. Por supuesto que Boyero tiene derecho a hacer lo que hace, a escribir lo que escribe, mejor, peor o regular, incluso si lo hiciera mal —mientras no dejara diez espacios en blanco por línea, cometiera faltas de ortografía o promoviera el terrorismo…— también estaría en su derecho, y no sólo por la puñetera ley del mercado y la oferta y la demanda, sino porque la diversidad nos hace más fuertes y más guapos. Vamos a intentar hablar de la situación de la crítica de España y si existe una moral de la crítica, una buena y una mala crítica, de quiénes vigilan a los vigilantes y de si existe un camino recto, bueno, malo, necesario o equivocado. Primero si existe y luego determinar quién es el listo que nos explica cuál es y cómo se llega hasta allí. Y qué lugar ocupa el señor Boyero en todo esto. Pues bien, ahora que lo pienso, ni siquiera sé si te gustan o no las críticas de Boyero, y como hay que empezar por algún sitio…

Toni Junyent: —Pues te diré que me suele gustar y divertir más cuando a él no le gustan las películas sobre las que escribe. Boyero es alguien muy previsible cuando habla de películas. Sabemos cuál es su vara de medir, la del Hollywood clásico y el llamado gran cine americano. No es alguien que vaya a tener mucha paciencia con narrativas experimentales y propuestas extrañas. Le gustan las historias bien contadas de toda la vida. Y, aunque su prosa no es mala, disfruto más, por ejemplo, leyéndole en Berlín, el año pasado, cabreado y enloquecido con «El caballo de Turín» de Béla Tarr (que a mí me gustó), que cuando elogia a Woody Allen o se deshace en elogios ante la presencia de Meryl Streep en el biopic sobre la Thatcher. Me encanta que escriba en primera persona.

Iríamos por mal camino si nos quedáramos empantanados en esa retahíla de palabrejas, lugares comunes y argumentos recurrentes que tú ya has tenido a bien de señalar en tu intervención. Pero sí creo que deberíamos contextualizar las cosas, hallar un punto de partida. Yo me pregunto, ¿por qué, de repente, estamos tú y yo aquí queriendo defender a Boyero? En parte porque somos así y nos gusta bailar sobre las brasas. Pero Boyero se convierte en tema de discordia reciente (no sé si ya lo era hace veinte años) sobre todo a raíz de una carta al director de El País en la que casi trescientas personas, entre ellas directores de cine, de festivales, etcétera, se lamentan de que el periódico mande a cubrir festivales a alguien tan poco respetuoso con el cine. La carta al director se convirtió en una especie de manifiesto. Yo, al menos, no puedo negar que empecé a seguir más a Boyero desde entonces. No firmé el manifiesto, que llegó a mi correo. Por una razón sencilla: hasta aquella fecha, Boyero no había dicho nada que me hubiera ofendido o indignado. Puedo entender a quienes sí se encuentren en ese caso. Pero no sé, yo no me lo tomo tan en serio ni tan a pecho como para ir a un periódico concreto a decirle que no me gusta lo que escribe tal persona y que quiero que lo cambien. Quizá me estoy perdiendo algo. Ya sabes que yo a veces me duermo en las películas. También, cuando voy a pases de prensa por la mañana, suelo tener asuntos intestinales y voy a cagar en mitad de la película.

Déjame, para que definitivamente las cartas estén sobre la mesa, preguntarte a ti si te gusta lo que escribe Boyero. Acotaré la pregunta. En el cine siempre hay quien hace esa distinción entre lo que es bueno y lo que es divertido pero no es bueno. Yo tiendo a creer que si una película te entretiene, algo tiene que tener de bueno. ¿Podríamos considerar a Boyero como una especie de guilty pleasure?

P.V.: —Me da igual que suene a provocación, pero me gusta más defenderlo que leerlo. Eso no quiere decir que no disfrute con sus críticas. Posee la furia de un quinceañero y la prosa de un jubilado lector de dominicales. Es una mezcla casi imposible, pero que luego divierte y funciona y, en parte, de eso se trata, de ofrecer espectáculo, que es una forma muy respetable de generar un clima de debate. Seguramente si algunos de los fanzineros o blogueros actuales desempolvaran un manual de estilo podrían escribir como Boyero, otra cosa es que tuvieran mayor o menor gracia. Se dice mucho que la pasión es enemiga del rigor, pero eso es sólo porque la pasión es rigurosa en sí misma. El peor enemigo de un cineasta apasionado es un crítico apasionado. Y el estar encerrado en el mundo del Hollywood clásico no me parece contradictorio ni contraproducente. Muchos directores respetados lo están, de Garci a Todd Haynes, por no hablar de Almodóvar: a veces perjudica su cine, muchas veces lo enriquece. Tan conservador es quien vive en los años cuarenta como quien vive en los setenta. Tiene gracia que menciones que te duermes en las películas, porque alguna vez lo he oído decir en relación a Boyero. También he oído decir que no las entiende. Yo tampoco entiendo muchas de las películas que veo; algunas incluso me gustan independientemente de eso. No entiendo películas fáciles, de esas que entiende todo el mundo, y creo entender algunas que nadie se molesta en entender bien, como ciertas comedias juveniles o románticas. Hay muchas que ni me molesto en entender, porque desconecto enseguida y me pongo a pensar en otras cosas, como me ocurrió con Origen o La cinta blanca, de las que me gustan algunas cosas pero que no me dio la gana de seguir en su momento. Ya sé, pude verlas otra vez y prestar más atención, pero nunca lo hice y a estas alturas no creo que lo haga. Supongo que eso me desacredita como crítico, incluso como espectador. Puede que sí. Puede que tus inoportunos trastornos intestinales también. Pero yo creo que en el fondo, lo que hace es bajarnos de nuestra atalaya, nos hace más humanos. No hay nada más aburrido que una crítica objetiva, impersonal y limpia, sin rastros de humanidad o contradicción.

Tema El País. Hablaremos mucho de esto, no te preocupes. En primer lugar, me parece que escribir a un periódico para expresar que no te gusta el trabajo de uno de sus críticos culturales tiene el mismo valor que llamar a un programa de televisión pidiendo que la cámara no enfoque a una azafata porque te parece fea. Si son 300 personas las que hacen la llamada en una misma noche, llego a pensar que tal vez esa chica tiene su no sé qué. Probablemente a mí me entrarían ganas de acostarme con ella. Porque cabrear a 300, o a casi 300, es un síntoma de algo. De que estás haciendo algo mal o de que la estás liando a base de bien. Si consideramos a Boyero un estudioso o una especie de historiador de cine, nadie le libraría de una buena colleja o reprimenda. Pero tratándolo de polemista —y ningún crítico debería despreciar la polémica como recurso para conectar con el público— no se merece otra cosa que una buena palmada en la espalda. A veces la gente se olvida de que estamos hablando de películas, no de conmutaciones de pena de muerte ni de investigación con células madre. No pasa absolutamente nada por que digas que la última película de Haneke te parece una mierda. Una misma película se puede defender o condenar empleando razones similares. A veces el mismo crítico puede hacerlo, si es suficientemente astuto y carece de complejos. Sólo se trata de un juego o, si queremos que suene más elegante, de un ejercicio de estilo. Un buen crítico nunca debería respetar al cineasta que tiene detrás o por encima, al menos mientras esté escribiendo sobre su película; es la mejor manera de dejarse llevar por sus emociones, por una cierta irracionalidad, y de lograr algo realmente valioso. He leído críticas mucho mejores que las películas en que se basan, así que sin duda es posible.

Lo que más me fascina de Boyero es que cabree a sectores tan diferentes de la crítica, desde el inframundo del blog o el cuadernillo grapado a mano hasta las altas esferas, y dentro de estas, tanto a los críticos más abiertos a nuevas tendencias como a los más tradicionalistas. Quizá la clave de su éxito sea, como apuntas, esa condición de guilty pleasure y la diversión que aporta; al menos para gente como nosotros, que no estamos en el ajo y contemplamos las escabechinas como espectadores divertidos, casi como si fueran películas, o más concretamente, running gags. Ya lo daba a entender Joss Whedon en Doctor Horrible´s Sing-Along Blog: casi siempre, los villanos son más puros que los héroes. Y me gusta que recalques además su uso de la primera persona, porque considero que ese subjetivismo extremo, ese yoísmo, es indispensable para entender el fenómeno, y lo que precisamente le toca las pelotas a los casi 300 (¡me encanta llamarlos así!) de marras. Parece de cajón: si vas a decir que una película te parece infumable, o una obra maestra, usa el yo, parte de tu propio criterio (sesgado) y de tu propia experiencia (insuficiente). Date un baño de humildad antes de condenar o ensalzar algo. Boyero sigue este librillo al pie de la letra, y yo qué otra cosa voy a hacer sino celebrarlo. A estas alturas de la película, ya estamos un poco cansados del crítico ensimismado que se las sabe todas y nos dice lo que hay que ver y lo que no: es una consecuencia inevitable de la globalización, del auge de Internet, de la saturación de información y del relativismo moral, que incide directamente sobre la valoración de la crítica. No me malinterpretes, una cierta contundencia o magnanimidad me parecen deseables en un investigador del cine, pero no en crítico o en un cronista, al menos cada vez menos, y es necesario remarcar, aunque suene a perogrullada, que estamos hablando de géneros diferentes. La gente normal —con esto me refiero a la que no escribe, o a la que no va al cine para escribir sobre él: sí, gente normal es una buena definición— sigue viendo películas pero, a la vista está, ha perdido completamente la confianza en la crítica. En cambio, es curioso, no desautorizan el criterio de una persona concreta. No irían a ver una película porque la recomiende tal diario o cual programa, pero sí porque un amigo (al que conocen, al que entienden, con sus más y sus menos, pero no consideran un intelectual superior o una autoridad en la materia) les ha dicho que vale el precio de la entrada. Todos ejercemos la crítica y todos influimos sobre un círculo reducido de gente, pero sin embargo somos incapaces de conseguir extrapolar esto por la sencilla razón de que cuando escribimos tendemos a ponernos estupendos. Me parece que esta personalización, como ya digo inevitable y deseable, es el mayor desafío con la que debería enfrentarse la crítica contemporánea. Así las cosas, los críticos deberían ingeniárselas para ser cada vez más personales o, en caso de que su personalidad no interese —esto pasará el noventa por ciento de las veces: son críticos de cine— construir su propio personaje. Estos tiempos piden más que nunca el uso de la primera persona —que tampoco es nada nuevo, ni siquiera en crítica cinematográfica—, y reclaman a gritos más dudas, más imperfecciones, más experiencia personal, más contradicción y más limitación asumida. Ese “No la he visto ni la pienso ver” tan seco y contestatario, ese “No entendí una mierda” sincero y amiguetil, o incluso, el lacónico y definitivo “Me dormí antes de que empezara a pasar algo”. Y ahora es cuando me preguntas que dónde queda el rigor. Adelante, sé que lo estás deseando.

T. J.: —No, no voy a preguntarte dónde queda el rigor, porque yo creo que el rigor sólo es necesario cuando entra en tus planes ser riguroso, o cuando es algo que te viene impuesto por el medio para el que escribes. Tú mismo has dicho que la pasión es rigurosa en sí misma, y no sé si he entendido bien o mal lo que querías decir con eso, pero opino que lo único a lo que hay que ser fiel es a las sensaciones que te transmite una película y al cómo esta se relaciona con tu subjetividad. A menudo pienso que debería ponerme a leer a críticos de cine, de esos imprescindibles, Bazin, los franceses, Robin Wood, los de las mutaciones, no conozco muchos nombres, y siempre tengo la sensación de que siendo alguien que escribe sobre cine debería leer más libros sobre autores y movimientos que me gustan. Pero por otra parte confieso que me aburre soberanamente y casi siempre la llamada teoría del cine. Podemos a empezar a esbozar o a soltar ideas sobre cómo debería ser la crítica de cine. A un nivel básico, prioritario, un texto sobre cine debe entretener. En una acepción amplia del término: un texto puede ser farragoso, árido, espeso, pero sus ideas ser lo suficientemente poderosas o interesantes como para que sigas leyendo. Lo jodido es que escribir es fácil, pero escribir bien no. Tener estilo. Puedes haber descubierto el gran secreto detrás de la obra de algún cineasta y estar incapacitado para comunicarlo.

Y sí, yo siempre he visto a Boyero como una especie de bloguero raro. Alguien cuya prosa a veces parece que esté hecha para leer en el baño, para estar en la Playboy americana de los 70 o en uno de esos periódicos gratuitos ilocalizables a cuyos autores les da igual todo porque no dependen de nadie y nadie depende de ellos. En parte, diría que la gracia también está ahí. Que uno de los grandes periódicos españoles de tirada nacional tenga de crítico de cine a un tipo que va a Venecia y dice que lo peor de esa ciudad es su festival, o raja día sí día también de su ya ex-director, Marco Müller. Que, por cierto, un director de un festival, como persona pública que es, se expone a que se critique su trabajo. Pero, como dices, parece que a veces lo que molesta es que alguien despotrique en primera persona y dando la cara. En otros festivales lo que se lleva es ver el vaso medio lleno de puertas afuera, hablar bien o simplemente hablar neutro, reservarte la opinión, y luego, en los petit-comités, empezar a criticar a las personas y lamentarse de que el festival tome esta u otra decisión. Boyero, de hecho, ha dicho más de una vez que él no se considera a sí mismo un crítico de cine. Y que no se relaciona con casi nadie del mundo cultural. Quiero decir que su postura al respecto de las polémicas que surgen a su alrededor, sea o no honesta, es inteligente. No es un Mourinho que tenga siempre una réplica a sus enemigos. Cuando salió el manifiesto aquél de los trescientos, se limitó a decirles, escuetamente, en uno de sus textos, que hablaba en primera persona (sí, llamó a Erice y Guerín «juglar del membrillo y fotógrafo de Estrasburgo», a mí me hizo gracia). Y luego, siempre que le han preguntado al respecto, dice lo mismo. Que le da igual lo que diga la gente en los blogs, y que de esos trescientos apenas conocía a nadie, así que también se la suda. Cuando has distinguido entre un investigador del cine y un crítico o cronista, parece que está claro que en su caso es la segunda opción.

Luego está el argumento aquél de si Boyero hace bien o no su trabajo, que es algo a lo que se acogen muchos de sus críticos. Pero es que quizá voy a decir esto y nunca más nadie me querrá contratar, pero yo no le tengo respeto alguno al mundo del trabajo, al menos no en el sentido de hacer o escribir algo que no te apetece porque es lo que hay. Hay muchas otras formas de humillarse. Cuando vas a escribir sobre cine, escoges un enfoque, una postura, una voz narrativa. Y hacer bien tu trabajo, como opinador, columnista, articulista, llámalo como quieras, es ser fiel a esa postura. Enfrentate a una película desde el respeto proverbial, desde la pasión desbocada por beberte todos y cada uno de sus planos y hablar de ellos, desde la suspicacia, desde la sospecha de que va a gustarte o de que no te gustará. Me estoy yendo por las ramas. Recuerdo una película de un país africano, no recuerdo el título, que le gustó mucho a nuestro compañero Carles Matamoros y se explayó al respecto aquí, en Miradas. Boyero, en El País, le dedicó una línea, diciendo algo así como que era una película incomprensible sobre un tipo que va por ahí dando saltos en parajes desérticos. Ambas opiniones me parecen perfectamente válidas.

Yo, que tengo amigos críticos, post-críticos, anticríticos, de todas las especies y pelajes, y sé lo que suelen opinar sobre las películas, veo que, cuando Boyero, por ejemplo, explica la razón por la que no terminó de ver Shirin de Kiarostami o despotrica contra alguna otra película, sé que algunos de mis amigos van a estar en desacuerdo con Boyero, pero tengo otros que le van a aplaudir. Que van a opinar lo mismo que él. Vamos a hacer una cosa rápida y breve. Pasémonos al otro bando, hagamos de abogados de la buena crítica. Si tuvieras que defender el manifiesto, ¿por dónde irías? ¿cuáles son los aspectos interesantes o valiosos de lo que dicen?

P. V.: —Bueno, yo entiendo muy bien, sin ningún esfuerzo, a los cineastas que lo firmaron. Porque para ellos los críticos son completamente prescindibles, aunque eso no es algo que vayan a confesar por las buenas en una entrevista o en una rueda de prensa. Los tendrían en cuenta, algunos, si la crítica tuviera incidencia demostrable en la taquilla, pero como está claro que no, pues ni eso. Son estorbos, obstáculos, parásitos. Enemigos. No es culpa suya, es que tiene que ser así, es lo más lógico, incluso lo más sano. No pueden hacer películas pensando en la crítica, lo cual sería un grave error, sino en sí mismos o, en cualquier caso, en su público. Los críticos no les aportan nada y no les ayudan a seguir haciendo cine, mucho menos a mejorar. Para alabar sus obras, ya tienen una cohorte de fans, amigos, conocidos, wannabes, acoplados, familiares, novias, ex novias, prenovias, protonovias… Y esto es, ojo, cuando la crítica les pone bien. Cuando les pone mal, tienen todo el derecho en el mundo a sentirse como que un tío que no los conoce de nada se está cagando en su trabajo y en su futuro. No es extraño que directores que firman el manifiesto sean aquellos cuya obra Boyero pone a parir regularmente. Es natural que no quieran que lo siga haciendo. Si a mí me pilla un día por banda la comunidad de vecinos y me dice: “Pablo, somos conscientes de que en el edificio hay una persona que cada día que bajas a tirar a la basura te persigue con un megáfono gritando que eres un tío muy feo y una mala persona. Estamos recopilando firmas para ponerlo de patitas en la calle… ¿te apuntas?”. Tendría que estar en un día muy tonto para responder: “Claro que no, está en su derecho de hacerlo. A mí me molesta, pero… ¡que viva la libertad de expresión!”. Así que los entiendo, claro que los entiendo, y aun así me parece que no dejan de estar traicionando un poco las reglas del juego.

A los críticos firmantes también les entiendo, pero un poco menos. Y les entiendo menos porque los directores responden a un ataque directo y los críticos lo hacen en función de considerarse, ahí es nada, vigilantes de la cultura del bien común. Porque a ellos en teoría ni les va ni le viene que haya alguien que haga un trabajo que no les gusta (ya están ellos para hacerlo mejor, si son críticos), aunque escriba en un medio de gran tirada. Pueden llegar a sentirse indignados, pero el año pasado ya comprobamos que “indignarse”, de forma solitaria o más o menos organizada, sólo acaba sirviendo para dar alas al poder. Recuerdo una crítica en la que Boyero proclamaba, muy chulescamente, que los seguidores de las películas de Cronenberg eran poco menos que gilipollas. Tú lees eso y eres libre de reírte, aplaudir, encogerte de hombros o enfadarte. Comprendo que un ataque tan frontal, dicho sin eufemismos ni ambages —he leído críticas mucho más ofensivas, pero que estaban más codificadas, o eran respetuosas en su irrespetuosidad—, pueda causar cierta indignación, porque está comprobado que dentro de cada cinéfilo hay un pequeño hooligan parafascista que aflora más veces de las que debiera. Lo malo de expresar públicamente esa disidencia es que quedas marcado. Como la ofensa es relativa y muy particular, nunca sabes cuándo ofendes o no al expresar una opinión, y si te has sentido ofendido y lo has criticado, luego tendrás que cerrar la boca cuando alguien te pida explicaciones o cuestione tu uso de adjetivos como oligofrénico, soporífero, tormentoso, fallido, lamentable o insensato, que sí son monedas de cambio habituales. De nuevo, te sales del juego. A diario leo críticas en todas partes que miran con una altivez y una displicencia casi enfermiza las películas comerciales. El manifiesto, y eso que es un manifesto contra una supuesta «censura previa», incluso se permite el lujo de hablar de «la avalancha de mediocridades que se aplauden». ¿Con eso no están haciendo lo mismo que Boyero, pero insultando a mucha más gente? Me temo que así es. No entiendo por qué decir que Cronenberg es “para gilipollas” —o que una peli de Kiarostami te ha parecido tal coñazo que no has podido aguantar hasta el final— tiene que ser más ofensivo y grave que decir que la saga Torrente es para descerebrados. Y calificativos de ese pelaje se utilizan muy alegremente para hablar de comedias románticas, películas de terror, cine de género en general, independientemente de su calidad o efectividad… Y lo hacen porque los críticos se aprovechan, sobre todo, de dos factores: 1) El espectador de cine popular, por lo general, no lee críticas y mucho menos críticas en medios especializados, y 2) Es un tipo de espectador que siente cierta culpabilidad por lo que consume y asume sin reticencias su supuesta falta de criterio. El clásico: “Sí, fui a ver El Diario de Noa, ejem, es que ya sabes que a mí me encantan esas chorradas…”. El intelectual es mucho más ultra y autoconsciente; por tanto, no es extraño que resulte tan antipático. Su cinefilia le cuesta un esfuerzo y no tolera que nadie le diga que lo que defiende es una mierda: “¡Joder! ¡Con lo que he sufrido con toda la obra de Tarr y Oliveira y ahora este tío va y me dice que estoy tonto. ¡Qué se habrá creído! ¡Con esto, no sólo me insultan a mí, insultan a la cultura!”. Me parece que el mayor pecado de Boyero es precisamente ese: no cambiar el chip y, a veces, enfocar las críticas de películas elitistas como si fuesen películas populares, porque lo que está bien considerado opinar sobre una película comercial es muy diferente a lo que se supone que debemos decir al afrontar una “de autor”. Boyero rechaza, muchas veces por sus santos cojones, lo irrechazable.

Comento ahora muy brevemente lo que dices acerca de las lecturas. Darle un libro de Bazin a un chico que empieza a escribir críticas de cine me parece una monstruosidad. Y no porque Bazin me disguste, ni porque no lo considere interesante y ameno, que lo es, sino porque escribe en un contexto muy diferente, dentro de un período de continua exploración y descubrimiento del lenguaje cinematográfico. Las críticas que muy probablemente escribirá el pobre chaval con esa referencia pueden ser auténticos engendros; ha de leerlo, si acaso, como curiosidad, pero nunca tomarlo como modelo. Es como aprender a maquetar con un tipómetro, una comparación que resultará muy cercana a todos los que estudiamos periodismo hace unos años. Me parece mucho más interesante que lea a Bloom y a Sontag. A Paglia, a Bataille, a Pasolini, a Dawkins, a Roudinesco, a Aleister Crowley, a Jenkins, a Biskind, a Tom Wolfe, a Houellebecq, a Southern, a Chesterton, a Mailer, a Amis, a Onfray. Incluso, por qué no, a Baudrillard, a Derrida, a Benjamin, a Deleuze y Guattari, a Foucault, ¡incluso a Fernández Porta!: allá él si se pierde o no o si entiende lo que le apetece. Fíjate que te cito muchos nombres que han escrito poco o nada sobre cine, y eso no quita que puedan ser muy valiosos a la hora de juzgar o analizar una película. ¡Pero a Bazin jamás, por Dios! Le será tan útil como leer a Montaigne o al Doctor Johnson para opinar sobre una novela de Bret Easton Ellis. Los de las mutaciones, con Adrian Martin a la cabeza, me parecen más interesantes: hay en ellos una voluntad de búsqueda que a menudo encuentro admirable y contagiosa. Los leo, pero también los encuentro un tanto lejanos y ampulosos; les falta humor, quizá. En fin, que me pierdo. Para terminar con esto, diré que lo más importante quizá sea que, por mucho que estas referencias te ayuden a valorar y a argumentar, a defender lo indefendible, o a destrozar una buena película sin ensuciarte las manos de barro, nunca hay que olvidar un cierto sentido común. El cineasta puede hacer su trabajo sólo para sí mismo, pero el crítico siempre necesitará dirigirse a sus lectores.

Creo que con este mail he fracasado en dos cosas: ni he sido breve, ni he defendido bien a los partidarios de “la buena crítica”. Te pido disculpas.

T. J.: —Nada que disculpar. El problema de esta conversación es que estamos de acuerdo en prácticamente todo. Pero eso ya lo sabíamos antes de empezar, para qué engañar a los que hayan llegado hasta aquí. Igual que sabemos, al menos yo lo tengo muy claro, que nada de lo que digamos aquí va a modificar el juicio de ninguno de los detractores de Boyero.

Sobre el manifiesto, al que creo que nos hemos referido ya en demasiadas ocasiones, diré que le concedo el valor natural que tiene toda queja detrás de la cual estén 300 personas, e imagino que habrá más que no firmaron en su momento pero que estarán de acuerdo. De las cosas que dicen los que escribieron el manifiesto, hay que darles la razón en un hecho: la distribución de películas en España es penosa. Ahora bien, inferir, a partir de ahí, que El País es algo así como una pieza clave en la formación de los potenciales nuevos cinéfilos y también en la llegada de filmes independientes a España y que Carlos Boyero, precisamente, es un escollo a salvar para que todo sea mejor me parece rematadamente ingenuo. Además, Boyero no es la única voz del periódico en cuanto a cine. Pero te decía al principio de este correo que nada modificará el juicio de nadie, y te diré por qué: nos hemos adentrado en los pantanosos terrenos de la fe. De creer en algo y todo eso. De las convicciones cuasi religiosas. Me fascinó aquél largo y atropellado escrito de Isaki Lacuesta, en el blog La crítica espectacular, en el que sometía a un análisis exhaustivo los textos de Boyero buscando algo punible. Citaba a Boyero cuando este se confesaba cansado en algún festival o decía que había dormido poco y su juicio para ver y escribir sobre películas se le nublaba por momentos. Fantaseaba con la idea de un Boyero corruptor y poderoso que soborna a jurados de festivales y pone en peligro la carrera comercial de sus películas. Se lamentaba de que, cuando Los pasos dobles ganó el premio a mejor película en San Sebastián, Boyero hubiera cometido la osadía de interpretar sus palabras y no limitarse a transcribirlas. Es como si Rajoy o Zapatero o cualquier político hacen un discurso y no pudiéramos apuntar que quizá lo que están diciendo no es exactamente lo que piensan o lo que querrían decir. Ojo: no pongo en duda la honestidad de Lacuesta. Solo digo que, si Boyero, en calidad de opinador, cree que su película ha ganado no sólo por méritos cinematográficos y que, al recoger el premio, Lacuesta se pasó de buenrollista y protocolario y dramático a su manera, ¿no puede decirlo? ¿Y desde cuando las entregas de premios no son celebraciones del protocolo y las frases hechas?

No pretendía ir por aquí, ni alargarme. Mi percepción es que, entre la crítica, la que repudia a Boyero, hay mucha gente por ahí que cruza los dedos y espera que algún día el hombre haga algo gordo, la líe de verdad. Que puedan decir «ya lo dijimos nosotros, que este tipo…». Existe cierta obsesión por encontrar algo que achacarle, algo verdaderamente achacable. Hay gente que necesita a Boyero igual que muchos necesitan a Mourinho aunque digan odiarle. Son necesarios modelos antitéticos que nos reconforten y que nos consuelen afirmando la validez del nuestro, el puro, el bueno. Es lo que te decía de la fe, de creer. Anoche estuve pensando largo y tendido en ello y tenía preparada una larga diatriba hablando del Barça y del Madrid, pero he olvidado la mayor parte. Decías en un mail anterior que te gusta más defenderle que leerle. Creo que hay unos pocos de entre sus enemigos que se han sentido directamente ofendidos por él. Al resto, como tú pero a la inversa, diría que les gusta más atacarle que leerle. Forma parte de un orgullo gremial, del convencimiento de que «la crítica no es así». El problema es que Boyero ni pertenece al gremio, ni quiere pertenecer a él, ni le importan nuestras poluciones nocturnas. Porque eso es, al fin y al cabo, lo que estamos haciendo aquí. Nos estamos masturbando a la salud de un tipo que vomitaría si se imaginara esta escena. Vayamos acabando con esto y te propongo que nos desnudemos definitivamente. Revelemos cuál es la motivación detrás de esto, qué es lo que nos ha empujado a iniciar esta correspondencia. A quien queríamos llegar y qué es exactamente lo que queríamos decir. Te lo propongo porque tengo la jodida sensación de ser un aguafiestas, sé que dirán que somos unos provocadores y unos terroristas, pero yo te aseguro que si defiendo a Boyero no es por llevar la contraria, es porque realmente creo que no hay para tanto con él. Y me cae francamente bien. Me gustaría formar parte de esa comunidad y ligar con chicas críticas despreciando a Boyero, pero eso me convertiría en un calzonazos incluso antes de haber ligado. De mis 396 amistades en Facebook, y muchos están relacionados con el cine, sólo dos se han atrevido a declararse fans de Carlos Boyero. Supongo que alguno más habrá, pero lo que si hay son muchas páginas de odio. ¿Tenemos un problema o lo tienen ellos?

P. V.: —Está claro que nosotros tenemos un problema, pero a estas alturas de la vida nadie nos lo va a curar. Como tú dices, cada uno defiende su verdad y es un asunto de fe. Y resulta muy difícil convencer a alguien que cree tan firmemente en algo, en este caso de la existencia de un Mal con mayúsculas en el seno de la crítica española, de que se equivoca, o de que simplemente está meando fuera de tiesto o exagerando las cosas. También me parece una cuestión de simpatías, más que de afinidades. Me extrañaría que ese Apocalipsis Boyero llegara alguna vez, más que nada porque él sabe mejor que nadie hasta dónde puede pasarse. Pero fantaseemos un poco. Imagínate que el chiste de Vigalondo lo hubiera hecho Boyero. En las mismas circunstancias, con las mismas intenciones y en los mismos caracteres apretujados. Dudo que alguien hubiera izado la bandera de la libertad de expresión para salir en su defensa.

Nuestro colega y amigo Manuel Ortega definió una vez a Boyero como “un showman y un cabeza de turco”; me parece una definición muy oportuna para hablar del espinoso problema de la distribución. Boyero en este sentido es como la piratería. Una excusa que ofrecer en un momento dado para explicar por qué ciertas películas no se estrenan o lo hacen tarde y mal. Soy el primero en apoyar que este tipo de cine —el que hace Recha, o Guerín, o Serra, pero también el de Rafael Gordon, Norberto Ramos del Val y Fernando Merinero, por poner tres ejemplos que no suelen salir tanto a colación— se estrenen en buenas condiciones. Pero supongo que las salas de cine de autor también hacen su selección en virtud de los intereses del público y ciertas películas tardan más o se quedan fuera. También eso forma parte de la magia del cine. Me refiero a que haya películas de difícil acceso, la necesidad de recurrir a otras vías, que es una de las razones de la existencia de los festivales, básicamente porque no todo puede estrenarse y siempre va a haber gente descontenta que pueda echarle las culpas a Boyero. Además todo se ha relativizado con Internet y aún más con la llegada de webs como Filmin. No sé, algunos cineastas deberían empezar por reconocer que son minoritarios, que nunca serán Michael Bay, y sentirse orgullosos del lugar que ocupan en la industria. Me horrorizaría vivir en un país donde familias y parejas inundaran las salas de los centros comerciales para ver lo último de Naomi Kawase o en el que la gente leyera a Thomas Pynchon en las escaleras mecánicas del metro.

Y en cuanto a tu pregunta directa, no sé muy bien por qué hacemos esto. Tal vez en su inutilidad resida parte de su atractivo. A lo mejor algún día nos acusan también a nosotros del problema de la distribución, quién sabe. O una señora de Murcia nos mande una carta enfadadísima, contándonos que su oportunísimo documental sobre la inmigración no se estrena en el Capitol por culpa de nuestra ignorancia. Una última cosa para los detractores de Boyero. Al criticar una crítica se le da cierta consistencia de obra de arte. Y si hacemos lo mismo con el crítico en cuestión, lo elevamos, a su pesar, a la categoría de artista. No estaría mal que pensaran en esto antes de poner a parir su última crónica como si fuera el estreno del verano.

T. J.: —Qué me vas a contar de la simpatía, la maldita ley de la simpatía. Aplicable no sólo a este caso sino a todos los aspectos de la vida. Y la verdad es que yo también pensé estos días en la acertada definición de Lolo. A mí, el otro día, me pareció realmente valiente un comentario en Facebook de otro compañero de Miradas, Diego Salgado, que, en pleno auge del ruido y la furia a raíz de la destitución de José Luis Cienfuegos al frente del FICXixón, dijo que unos cuantos de entre los que ahora han puesto el grito en el cielo por lo de Cienfuegos «han sido y son muy afectos en su quehacer diario a purgas, sectarismo, mamoneos, prejuicios interesados…». Su post terminaba, y ahí le suscribo al 100%, así: «Seamos coherentes: Las antorchas y las barricadas, primero y siempre, contra el del espejo». Ignoro si Diego tenía en mente a Boyero, pero es bien cierto que la mayoría somos libertarios y defendemos la libertad de expresión y el raciocinio cuando nos conviene. Iré más allá. Aclarar, primero, que me parece repugnante lo que ha ocurrido con Cienfuegos, en la forma y en el fondo y por lo que significa, que no es otra cosa que la defunción del festival asturiano. Pero voy a proponerte un juego igual que tú hiciste con Vigalondo: pongamos por caso que El País, cuando salió el manifiesto, hace caso de los firmantes y le da la patada a Boyero. A Cienfuegos, está claro, se lo ha cargado el Foro Asturias, que gobierna en Gijón. Por razones políticas interesadas y porque un amigo del hijo de Cascos le tenía ganas. Fin de la historia. Pero, si Boyero llega a ser apartado por el dichoso manifiesto, ¿no habría sido también víctima de un grupo de presión al que no le gusta lo que esa persona escribe y quiere saber si puede hacerse alguna cosa al respecto? Todo puede matizarse, por supuesto. Es muy probable que ellos digan (e incluso lo piensen) que, en realidad, su intención no es que echen a Boyero o no le dejen ir a festivales, sino simplemente poner el asunto sobre la mesa, generar debate y todo eso. Pero también es muy probable que, si El País hubiera tomado nota del recado y hubiera hecho algo contra Boyero, lo habrían celebrado como una gran victoria del cine y la cultura. A mí me parecería extraño y anómalo, igual que me parece extraño y anómalo que compañeros periodistas creen grupos en Facebook pidiendo que El Mundo eche a Salvador Sostres. No creo que sea esa la manera de combatir las ideas o incluso la falta de las mismas. Pero muchos de estos incidentes entrarían en otro debate que no abriremos aquí, que es el de la inmediatez que proporcionan las nuevas tecnologías, la redefinición de la privacidad, en qué contexto debemos ubicar las palabras dichas o escritas o tuiteadas, quién vigila a los vigilantes y dónde termina la libertad de expresión y empieza la censura. Quiero decir que una de las razones por las que hay muchos artículos en blogs contra Boyero, grupos de Facebook, reacciones airadas, es porque es fácil y rápido. Es todo muy complejo y nuevo, y raro, y yo creo que hacemos esto por la misma razón por la que nos gustan Sarah Silverman, Bill Hicks, el mismo Sostres, Louie C.K., Lenny Bruce, Pierre Louys, Lewis Carroll, la Troma, John Waters, Buttgereit, el fanzine Chuck Norris, el Adobo o el Mondo Brutto, el conde de Lautréamont, el marqués de Sade o Carlos Boyero. Porque no estamos seguros de estar haciéndolo bien, porque tampoco estamos seguros de si Boyero lo hace bien o mal o simplemente hace lo que le dicta una voz en la cabeza, pero tenemos miedo de que, con la excusa de salvaguardar la libertad de expresión, la ética, la moral y la cultura del bien común, algún día, sin darnos cuenta, alguien nos la acabe metiendo doblada. Si no nos la están metiendo ya. Yo lo único que tengo claro es que no me siento representado por los trescientos de marras, aunque me interesen la mayoría de películas de las que Boyero abomina. Es lo más objetivo que puedo decir. Y, ¿cómo no nos va a caer bien un tipo que, siempre que puede, hace apología del alcohol y de las putas, entre otras actividades poco “modélicas”? Es una lástima, ya puestos, que le gusten The Wire y Breaking Bad, que escuche a Jacques Brel y a Wilco, que sea del Madrid pero raje de Mourinho y que, en una de sus últimas entrevistas digitales en El País, incluso rompiera una lanza en defensa de Cienfuegos y del Festival de Cine de Gijón, ante la nube negra que se avecinaba. No, definitivamente, Boyero no puede ser el Anticristo.