La sección Politikós nace con la intención de conformarse con un observatorio de la realidad sociopolítica, tanto española como mundial, tomando como sustrato el cine principalmente, pero también los diferentes medios audiovisuales que regulan en el presente mediático. Nuestros objetivos caminarán en dos sentidos bien diferenciados. Por una parte pensaremos las imágenes interrogándolas, evaluando su capacidad para representar la realidad que vivimos, así como las diferentes estrategias que manejan para sus fines. También la necesidad de firmar un compromiso con el presente, de responder al sentimiento de urgencia que emerge de las diferentes situaciones de crisis. Por otra parte, intentaremos responder a algunas preguntas sobre la posición que ocupa el crítico de cine en el momento de articular una reflexión: ¿Qué manera tenemos de comprender los diferentes acontecimientos que aparecen con la misma rapidez que acaparan portadas para después pasar a un frío olvido? ¿Dispone la cinefilia, en su concepto tradicional, de las herramientas adecuadas para arrojar un punto de vista sobre esta realidad que parece a todas luces difícil de entender?

Apuntes para una teoría de España #1

¿Quién va a traer pizzas a domicilio, si nadie nos oye cuando pedimos auxilio?

— Violadores del verso

La vida es una puta mierda

— Dicho popular

1Empecemos por el final, por el titular que dejó durante este verano de 2014 nuestro cineasta más venerado internacionalmente, Víctor Erice. Estas son las palabras que quedaron tras su paso por el Festival de Locarno, donde recibió un premio honorífico a toda su carrera. “Que una película norteamericana cope 400 salas en el día de su estreno es una forma de invasión.»  Una vez más nos topamos con un discurso victimista para justificar la desconexión con ese gran público al que anhelan llegar todos los directores españoles (y en extensión del mundo) que creen que tienen algo grande o interesante que contar, decir o revelar. Es una utopía, por supuesto. Pero no, Víctor, no creo que este sea el camino correcto para conseguir el ansiado objetivo. Por una parte,  si una película norteamericana se estrena en 400 salas, se debe a que a cada una de esas salas va a acudir una cantidad suficiente de personas como para hacer rentable a la película en cuestión. Por otra, porque la gran mayoría de todos aquellos que recibirán el mensaje, manejan unos códigos concretos en los que no se cuestiona nunca la validez o superioridad de un cierto tipo de cine intimista, reflexivo, pedagógico, político, intelectual, experimental o de autor sobre eso que conocemos como “comercial”. Pese a todos los esfuerzos que gastamos en revistas especializadas, cinetecas, festivales de cine o diferentes iniciativas museísticas,  el cine, en realidad, pertenece de todos aquellos que no están dentro ni prestan atención a cada uno de los discursos culturales que han creado las parcelas “artísticas” de lo que se conoce como Cine.

2A finales del 2013 volvió a salir a la palestra la figura de Gonzalo García Pelayo coincidiendo con su regreso a la dirección con Alegrías de Cádiz (íd, 2013): La Viennale Austriaca, el Jeu de Paume parisino o la Filmoteca Española fueron solamente algunas de las catedrales de la cinefilia en donde se le rindió homenaje proyectando su filmografía íntegramente. El cine de García Pelayo, resumiéndolo mucho para todo aquel que no haya tenido oportunidad de ver películas como Vivir en Sevilla (íd, 1978) o Corridas de Alegría (íd, 1982), trata temas que se alejan de la “realidad” informativa o histórica,  gravitando sobre otros tan anacrónicos como el amor, la alegría, o los arrebatos personales y la manera en que somos vividos sin tener conciencia de ello. Una vida desnuda en la que no aparece ni un rastro de queja o victimismo. Y en la que tampoco habitan temas tan caros al “cine español” como los diferentes traumas dejados por la guerra civil, o un pasado insuperable personalmente. Un cine que parece fuera de cualquier tiempo y que da la impresión de ser siempre actual porque no se empeña en representar una realidad temporal concreta.

3Ignacio Pato Lorente y José Durán hace una magnífica radiografía de lo “cani” y lo “choni” como nueva clase política en un artículo publicado en el periódico diagonal. Su acercamiento resulta ejemplar porque consiguen definir y atrapar la paradoja que se encierra detrás de estas palabras empleadas de manera despectiva en el día a día. «Convertidos en carne de cañón de un sistema que los utiliza para obtener un beneficio del que nunca serán partícipes, toda una generación de jóvenes trabajadoras y trabajadores sin contrato, con contrato por horas o en paro. Acusados de desmovilización, desmotivación y un estilo de vida consumista tan lejos del modelo del esfuerzo capitalista como de la presunta (y oxidada) ética de la militancia izquierdista, son, en el mejor de los casos, ignorados como actores políticos.»

Una vez más encontramos una de las claves que definen la lectura cultural; en la mirada vertical que se vierte sobre ellos para traerles al mundo de los códigos identitarios, de todas las ficciones creadas para conferir identidades con valor añadido.  Porque aquel que habla de ellos asume que están fuera del mundo. Del cualquier mundo. Que no disponen de un espacio que logra entregarles unos valores positivos. No cabe duda: “canis” y “chonis” representan algo así como la parte de los sin parte que tan bien ha identificado Jacques Rancière a través de la figura del proletario. «“Proletarios” significa, ante todo, aquel que no tiene parte, aquellos que viven sin más, políticamente define a aquellos que no son tan sólo seres vivos que producen, sino sujetos capaces de discutir y de decidir acerca de los asuntos de la comunidad. Así, pues, representar la “parte de los sin parte” quiere decir precisamente vincular la cuestión del estatuto de una u otra categoría a la cuestión más general del poder de cualquiera».

4Hermosa juventud (íd, 2014) de Jaime Rosales fue vista mayoritariamente  como una excelente radiografía de la crisis española, de los efectos devastadores que sufre todo una generación de jóvenes. Pero, y aunque la película acepta a esta lectura, creo que también se muestra como un potente documento del imaginario visual de la sociedad española. Desde el minuto unos tuve la sensación de que me encontraba  ante una visión estilizada de alguno de los mejores capítulos emitidos en Cuatro de Callejeros o Conexión Samanta, dedicados íntegramente a los poligoneros. De uno de esos programas de aventuras urbanas en los que un presentador/reportero se encuentra con una realidad concreta que merece ser documentada. Realmente me fascinan este tipo de espacios televisivos por la manera tan cuidada que tienen para  hacer imagen de grupos de personas sin visibilidad pública,  presentándoles en los “márgenes” de la sociedad. Hacen imagen para conferirles, precisamente, una imagen concreta que separa, que marca distancias con un cierto estado de normalidad ciudadana. Por lo menos a Rosales tenemos que agradecerle que no haya caído en los tópicos de las drogas en los que se suele caer;  en el tráfico y consumo, así como en la búsqueda de personalidades excéntricas,  de personajes desfasados por el consumo que se suelen utilizar para definir negativamente a todo un grupo.

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Aunque el escenario que plantea Hermosa juventud es sumamente jodido, me parece que Rosales acierta enormemente al acercarse y detenerse en más de una ocasión en las ilusiones que alimentan a sus jóvenes protagonistas. Sobre todo las de Carlos y sus amigos, que a diferencia de sus parejas no piensan ni hablan de trabajo ni de futuro, y que pese a todo, pese a llevar a todas luces una vida de mierda, logran apasionarse con el fútbol y los asombrosos vídeos que circulan de terminal en terminal vía Whatsapp.

5En 2008. El año de la crisis. Desde entonces un cambio de gobierno, la destrucción de miles de puestos de trabajos, recortes vergonzosos en sanidad y educación pública, movilizaciones ciudadanas, 15M, un cambio de jefe de estado, el destape de numerosas tramas de corrupción, Podemos y etc., etc. La cantidad  y variedad acontecimientos informativos ha sido tan enorme, que hemos visto cómo las parrillas de todos los canales de televisión se llenaban paulatinamente de espacios en los que siempre queda un hueco para el debate político que, además, bate records de audiencia.  Resumiendo, porque todos sabemos y vivimos lo que ha pasado (y sigue pasando): una realidad informativa completamente inabarcable, incluso para los diferentes medios periodísticos,  y una ingente gente mosqueada y contemplando cómo la vida ya no sólo avanza hacia adelante, hacia “el futuro”.

Mientras tanto, ¿Qué ha pasado con el cine? ¿Qué ha ocurrido a grandes rasgos  en el panorama de lo que conocemos como cine español? Por una parte hemos asistido al nacimiento de una nueva ola de cineastas y películas realizadas con presupuestos relativamente bajos que han conseguido invadir o llegar al público “en general”.  Todo “empezó” cuando Los materiales (íd, 2010), del colectivo Los Hijos, recibió el premio como mejor película en el  festival Punto de Vista del año 2010. A partir de ese momento conocimos a Andrés Duque, Víctor Iriarte, María Cañas, Virginia García del Pino, Oskar Alegría o Elias León Siminani. Con la creación del Festival Márgenes y la plataforma Plat pudimos ver en nuestra casa todo el trabajo que llevaban años realizando. Mientras tanto, los festivales internacionales comenzaron a dedicarles focos y a premiarles. En el SEFF de Sevilla se creó la sección Resistencias y el festival de San Sebastián dejó de mirar hacia los cineastas preocupados por la Guerra Civil, para otorgar algunos de sus premios más importantes a Isaki Lacuesta, Fernando Franco y recientemente a Carlos Vermut. Y no podemos olvidar que internacionalmente también ha sido reconocido. Aunque Los materiales fueron también premiados en el festival de Marsella, aunque Albert Serra ya era un autor venerado en Francia, sólo parece que este cine Español ha recibido reconocimiento internacional tras Locarno 2013, donde El futuro (íd, Luis López Carrasco) e Historia de mi muerte (Història de la meva mort, Albert Serra, 2013) fueron premiadas.

Dando un vistazo rápido a todas a los trabajos galardonados, observamos que ninguno parece querer apegar a la “realidad social” del tiempo en que aparecen. Los pasos dobles (íd, Isaki Lacuesta, 2011) es una película de aventuras, un viaje en el que persiguen las huellas de una leyenda. La herida (íd, Fernando Franco, 2013) indaga la problemática de las relaciones y habilidades sociales. Magical Girl (íd, Carlos Vermut, 2014) trabaja sobre la ilusión y fantasía de una niña. El futuro revisa una época de euforia de la historia de España. Y la película de Albert Serra indaga en el tiempo en que el racionalismo dejó paso al romanticismo. De estas cinco películas solamente una parece abiertamente política, tratando de rastrear las causas de la crisis de ese gran edificio que es España en una generación anterior, y en las semillas que dejaron en ella sus “padres”.

6Conclusiones. Si has llegado hasta esta parte del texto, seguramente estás aguardando un par de conclusiones. Siento decepcionarte porque no aparecerán. Como se indica en el título, lo que acabas de leer son solamente una serie de apuntes para una teoría que está por venir. A cambio te voy a ofrecer una historia. La historia de dos amigos que acudieron a una fiesta un viernes cualquiera. Uno se llama Juan y el otro Luis. Acuden porque a Juan le ha invitado otro amigo, Pedro. Es su treinta y dos cumpleaños. La fiesta se celebra en un piso cualquiera, de un barrio cualquiera, a las diez de la noche. Llegan treinta minutos tarde porque Juan ha salido de trabajar a las nueve y tenía que ponerse guapo para intentar ligar con alguna de las chicas que también acudirán al evento. Lo acaba de dejar con Sonia y su lema del momento es “A rey muerto, rey puesto”.

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Llegan al edificio, suben hasta al cuarto en ascensor, y al salir al rellano ya escuchan la música que llega desde detrás de la puerta donde se está celebrando la fiesta. Es de los ochenta. Se acercan a la puerta, llaman al timbre y Pedro sale a recibirles. Juan se abraza con él y le felicita. Después le presenta a Luis. Entran a la casa. Hay bastante gente en el pasillo por el que avanzan hasta la cocina. Juan va presentando a Luis a toda la gente que conoce. Muchas personas en poco tiempo. A Luis no le gusta ese ambiente. Es de una ciudad de provincias y está acostumbrado a fiestas frías, donde a la gente le cuesta mucho acercarse. Es su primera fiesta en la gran ciudad. Ha llegado hace un par de meses tras conseguir un trabajo por enchufe. Juan es su compañero de oficina en una empresa de exportación de productos alimentarios.

Luis, en un momento dado, se queda solo. Juan se ha perdido y la gente con la que ha estado hablando está a sus cosas. Decide moverse hasta el salón de la casa. Se sienta en un sillón y observa detenidamente lo que tiene a su alrededor. Ve a la gente hablar, ligar o intentar bailar. Quiere escuchar, pero la música tapa las conversaciones. Bebe del vaso de plástico en el que se ha servido un Gin-tonic. Los minutos pasan, la fiesta va tomando temperatura, pero él se siente cada vez más lejos del lugar en el que está. Comienza a percibir una distancia con aquellos que lo rodean. Es como si no entendiera qué están haciendo. O mejor dicho, lo entiende, pero no quiere ser partícipe. De invitado pasar a ser espectador. Nota cómo se va alejando de esa realidad que tiene enfrente. Sus sensaciones cristalizan y Luis toma conciencia plena de que ahora es algo así como el espectador de una película. Pero no de una cualquiera, sino de una en la que se muestra el punto de vista distanciado, la distancia con la propia distancia que habita en cualquier espectador. Piensa en su nueva situación, decide sumergirse en su memoria, y se encuentra con algo. O con alguien, mejor dicho: con el personaje que interpretó Gene Hackman en La conversación (The Conversation, Francis Ford Coppola, 1974). Reflexiona. Le dejamos ahí sentado.