La herencia Tarkovskiana

Si hay un cineasta que permanece en la memoria del séptimo arte por haber dejado una huella de calidad indiscutiblemente poética, filosófica y artística, abarcando además del cine, otras artes y universos del conocimiento ese es el ruso Andrei Tarkovski. Hombre de gran cultura, el realizador creó un universo propio, de tal forma que aunque poco extensa, solo apenas siete largometrajes y tres cortometrajes, su herencia cinematográfica es objeto de estudio continuo y obligado en toda carrera de cine que se precie. Carlos Tejeda, de quién ya comenté hace unos meses su ensayo Arte en fotogramas, cine realizado por artistas, (ediciones Cátedra), ha abordado la inmensidad de Tarkovski añadiendo a la bibliografía que ya existe sobre este realizador una amplia, completa y exquisita mirada con el título Andrei Tarkovski (de nuevo ediciones Cátedra), ensayo que ofrece una revisión pormenorizada del continente y el contenido de este último autor romántico del cine.

Los libros de Carlos Tejeda son un reflejo de su pasión por el cine, como arte y como medio para cuestionarse la existencia y enfrentarse a los miles de interrogantes que deja a su paso. Pasión que es evidente cuando habla en los medios, escribe en las innumerables revistas especializadas o se adentra en la obra de sus autores elegidos, ya sean Bergman, Vadim, Jaime de Armiñan o Jarmusch. Pasión como vehículo por la nos traspasa el conocimiento hacia Tarkovski, con el espíritu, como él mismo apunta en la introducción, del espectador que termina de hacer la película, en este caso del lector que termina el ensayo y va más allá. Con sumo detalle y precisión Tejeda ahonda en la labor cinematográfica de Tarkovski desde su etapa estudiantil en la VGIK, con el trazado de sus primeros cortometrajes que apenas dejan entrever lo que sería su estilo tan personal, hasta su muerte, acaecida a finales de diciembre de 1986, tras acabar el montaje de su último largometraje, Sacrificio.  
Visionario para algunos, Tarkovski fue un observador del alma humana, cuya simplicidad argumental se torna en complejo laberinto. En un formato fácil de manejar, este pequeño pero gran ensayo está dividido en cuatro partes más una pequeña introducción.

En la primera: El universo Tarkovskiano, Tejeda desgrana todos los secretos de la obra cinematográfica del cineasta. Película a película se desliza por las particularidades de su cine, descifrando códigos e interrogantes que para un simple espectador permanecen escondidos. Después de una breve presentación circular a las siete películas a dilucidar, Tejeda se explaya en el entorno «La naturaleza, pues, adquiere un gran protagonismo en el cine de Tarkovski….de ahí que la naturaleza para Tarkovski trascienda más allá de ser un lugar para la contemplación, convirtiéndose no sólo en el núcleo sobre el que gravita la vida, sino también en la máxima expresión de ésta.»; los cuatro elementos, siendo el agua el elemento por excelencia del autor, sustancia que implica vocablos como fluir, renacer, vida. Pero también la niebla, el aire, la tierra, el fuego; vegetales y animales, como el árbol, el perro y el caballo. La arquitectura y los espacios tanto habitados como deshabitados traducen dobles significados. Y no olvidemos un elemento importante en su filmografía: los espejos. Pero si por algo subyace del hálito romántico de la figura de Tarkovski es el trazo de sus personajes, todos en consonancia con el espíritu del hombre decimonónico. Sujetos, todos, entregados a la contemplación, que sin pertenecer a su mundo ni al nuestro, se sitúan al borde de la realidad.  Tarkovski cuenta con 30 años en 1962 cuando se estrena su primera película, La infancia de Iván, ganadora en Venecia.  Cada película refleja una etapa diferente en la vida del cineasta, en su evolución como creador y como persona. Etapas del hombre con sus crisis, con sus entresijos psíquicos, seres que se convierten en el grito de rebeldía del propio Tarkovski, que en los años ochenta ya proclamaba el comienzo de la crisis actual: «la moderna cultura de masas —una civilización de prótesis— pensada para el consumidor, mutila las almas, cierra al hombre cada vez más el camino hacia las cuestiones fundamentales de su existencia». Arte, ciencia y fe, coordenadas a las que se inscriben sus personajes, individuos ya de por sí inadaptados por no encajar en la sociedad que les toca vivir. Podría decirse que el cine de Tarkovski es un cine de la nostalgia. Nostalgia del pasado, del presente y del futuro. Todo él está impregnado de recuerdos, melancolía, tristeza, evocaciones, visiones, semiinconsciencia, desasosiego, rituales, viajes. Muchos viajes. El viaje como permanente búsqueda.

La segunda, tercera y cuarta parte del análisis de Tejeda, más cortas, se centran en la fisicalidad de su cine: una cierta mirada, la de este ruso culto y humanista. Su simplicidad argumental, el contexto temporal, la ubicación geográfica, la estructura narrativa, sus planos secuencia, su esculpir el tiempo. Tarkovski, nos dice Tejera, pone en cuestión los fundamentos del montaje tradicional porque el montaje verdadero se produce durante el rodaje a través de la propia cámara. Es el arte cinematográfico según Tarkovski.

Este viaje se acaba con un recorrido a cámara lenta por la filmografía completa del director, desde su juventud como estudiante hasta su muerte. Tres cortometrajes hasta 1960. Siete películas en las décadas posteriores. La infancia de Iván, trágico relato sobre la infancia ambientado en la Segunda Guerra Mundial; Andrei Rublev (1966), reflexión sobre el papel del arte y el artista en la sociedad, la propia creación artística, así como una revisión del pasado histórico de Rusia; Solaris (1972), adaptación literaria inscrita en la ciencia ficción a través del cual el cineasta muestra sus preocupaciones en torno a la condición humana; El espejo (1974), con la presencia de un alter ego de Tarkovski que muestra en pantalla el pensamiento, los recuerdos y vivencias personales; Stalker (1979), vuelta a la ciencia ficción con el que tres hombres se infiltran en un lugar prohibido, la Zona, en donde se hallan unas ruinas que contienen una habitación que concede un deseo. Toda una exploración de la conciencia; Nostalghia (1983), rodada en Italia, con la que el cineasta experimenta ese fenómeno tan ruso y tan fuerte que es el sentimiento de la nostalgia a través de un protagonista que deambulará por tierras italianas sobrecogido por la añoranza; y finalemente Sacrificio (1986), película que se podría situar dentro de los márgenes del género fantástico, con una trama cargada de elementos sobrenaturales acerca de un hombre escéptico que, ante la amenaza de una guerra nuclear, renuncia a sus bienes y a su familia con tal de evitar el desastre.

«Si dirigimos la mirada hacia atrás, reconocemos que el camino de la humanidad está lleno de cataclismos y de catástrofes. Descubrimos las ruinas de civilizaciones destruidas. ¿Qué ha sucedido con ellas? ¿Por qué se agotó su aliento, su voluntad de vivir y sus fuerzas morales? Supongo que nadie creerá que todo eso tiene una causa material. Una idea así me parecería salvaje. Y al mismo tiempo estoy convencido de que hoy volvemos a estar al borde de la destrucción de una civilización porque ignoramos plenamente el lado interior y espiritual del proceso histórico. Porque no queremos reconocer que nuestro imperdonable y pecaminoso materialismo, un materialismo que no conoce la esperanza, ha traído infinitas desgracias sobre la humanidad», Andrei Tarkovski en sus escritos Esculpir en el tiempo.

Un ensayo con el que ampliaremos el conocimiento y la mirada sobre el mundo del cine. Un libro que ocupa un lugar de privilegio en nuestra biblioteca como libro de consulta.