Se cura en salud Diego Moldes —colaborador ocasional de miradas.net y firmante previo en solitario de La huella de Vértigo (Ediciones JC. Madrid, 2004), Roman Polanski. La fantasía del atormentado (Ediciones JC. Madrid, 2005) y El cine europeo. Las grandes películas (Ediciones JC. Madrid, 2008)— encabezando este opúsculo exquisitamente maquetado por Calamar Ediciones con una cita beligerante de Theodore Roosevelt: «El crítico no es importante […] El mérito corresponde al hombre que está en la arena, […] el que se esfuerza, el que experimenta grandes entusiasmos, […] Su lugar no estará jamás entre las almas frías y timoratas que no conocen la victoria ni la derrota». Pocas páginas después, Moldes reconoce que su último libro es «desigual y asistemático, sin rigor académico ni científico».

Más allá de su interesada consideración implícita del crítico como ser que ni lucha valientemente ni se esfuerza ni siente grandes devociones ni se entrega a causas dignas, explicable por cuanto Moldes se licenció en publicidad y relaciones públicas y se gana la vida como ejecutivo de marketing, el autor hace bien en subrayar que su texto en torno a dos obras de culto, la novela de Jan Potocki El manuscrito encontrado en Zaragoza (cuya edición más reciente en castellano data de 2009 y se debe a Acantilado) y la adaptación cinematográfica dirigida en 1965 por Wojciech Has (disponible actualmente en dos ediciones videográficas auspiciadas en 2007 por Notro Films/Versus Entertainment y en 2010 por Vértice Cine, con respectivos análisis críticos a cargo de Antonio José Navarro y Jesús Palacios) se apoya básicamente en «horas de trabajo y disfrute con un libro y una película».

Porque tal es el espíritu creativo que animó precisamente a Potocki, «cosmopolita ilustrado y errabundo» en palabras de Moldes, y que Has logró reinterpretar en pantalla mediante su transmutación de lo literario «en materia susceptible de extenderse o estrecharse y también de transformarse en laberinto, con ramales y niveles que se multiplican y diversifican». Si El manuscrito encontrado en Zaragoza, no importa si el libro o la película, ha entusiasmado a artistas tan dispares como Luis Buñuel, Jerry García, Francisco Nieva, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola y, a la vez, pese a estos y otros muchos reconocimientos, continúa y continuará siendo una obra maestra desconocida al modo balzaquiano, solo accesible para quien sepa discernir la viveza de lo que abraza y estremece bajo su abrumador andamiaje formal, es gracias a que sus cimientos argumentales fueron forjados al calor del fascinante debate ideológico entre Ilustración y Romanticismo que tuvo lugar durante la segunda mitad del Siglo de las Luces.

Resultando, por ello, una obra más susceptible de ser aprehendida en virtud de la aventura, la pasión y la curiosidad intelectuales, que a golpe de estériles tesis doctorales y abstrusos estudios culturales, muestras de hasta qué punto ha degradado hoy por hoy casi todo el mundo la razón a base de circunscribirla a propósitos instrumentales, y no al debate cotidiano sobre los misterios de nuestra presencia en el mundo y sus condicionantes emocionales, espaciales y temporales. Debate, por cierto, que aplicado al ámbito cultural es el que practica con mayor o mejor fortuna el crítico, mientras el común de los mortales consagra incansablemente la existencia al análisis de su propio ombligo.

Así pues, aunque a veces nos parezca que Moldes peca de excesivamente divulgativo y de volcarse en datos superfluos, no cabe sino aprobar el conjunto de su fogosa aproximación al universo de El manuscrito encontrado en Zaragoza, sin duda uno de los ejemplos más palmarios en negro sobre blanco o en celuloide del poder de la ficción para permitirnos atravesar el desierto de lo real. Especialmente recomendables son sus apuntes acerca de «lo cinematográfico, el espacio simbólico y la puesta en escena» (páginas 79-81) y el «principio de extraterritorialidad» artístico (páginas 87-91), del que siguen sin enterarse catetos nacionalistas varios.