¡Vivir rodando!

A pesar de ser un caso prácticamente único en cualquier cinematografía, la figura de Jesús Franco continúa siendo mal entendida e incluso despreciada. Ha sido reducido a  vulgar pornógrafo o chapucero sin más por buena parte de la crítica, reivindicado como figura de culto por sectores freaks que ni siquiera se han molestado en ver sus películas más notables, y convertido por la inefable Academia de cine en un indefenso títere envejecido, al que galardonar con un Goya honorífico, que en realidad no significa nada fuera del ámbito administrativo. No obstante, el cineasta continúa siendo un raro espécimen, por supuesto en extinción, dentro de nuestra cinematografía (incluso en el resto del mundo), además de un superviviente de una generación de directores a la que injustamente la tan odiosa oficialidad ha desdeñado.  El autor de Gritos en la noche (1961) empezó a realizar sus propias películas, después de varios años desempeñando diversos roles a las órdenes de Klimovsky o Romero Marchent, en 1959 con la hilarante Tenemos 18 años, tras varios cortometrajes. Cincuenta años después, su filmografía suma la friolera de casi 200 títulos, una proeza única en cualquier realizador que empezara a rodar a mediados de los cincuenta. Por desgracia de tan vasta trayectoria no podríamos rescatar ni la mitad de filmes que la componen, pero los más logrados suponen magníficas aproximaciones a los  géneros (del horror al espionaje, sin olvidar el erotismo o incluso la pornografía)  tan respetuosas como subversivas. Sorprende, y avergüenza, por tanto, que a pesar de sus irregularidades y fiascos, hasta la fecha no estuviera disponible ningún libro sobre tan particular hombre de cine en su propio país. Tan lamentable hueco por fin se ha cubierto, y además inmejorablemente, gracias a la pluma del insigne historiador cinematográfico y novelista Carlos Aguilar. Y es que no hay un escritor más idóneo para afrontar las luces y sombras de una figura tan apasionante como ésta. Desde sus primeros escritos, ha tratado de analizar y valorar su figura y obra desde un punto de vista riguroso. Además, puede hablar con indiscutible conocimiento de causa, pues fue ayudante del cineasta en diversas producciones, a mediados de los ochenta (atención a los observadores que podrán descubrir en Bangkok, cita con la muerte (1985) y Viaje a Bangkok, ataúd incluido (1985) al escritor convertido en actor, encarnando incluso a un oriental) y conoce a la perfección sus discutibles métodos de trabajo.

No es ésta la primera ocasión en que Aguilar aborda la figura de Jesús Franco. Además de varios artículos, publicó, a finales de los noventa, en Italia el volumen Jess Franco. El sexo del horror, que incluía un prólogo a cargo del intérprete Jack Taylor, lamentablemente muy difícil de encontrar a día de hoy, y que además de ser la simiente de este nuevo libro, es un hermoso trabajo muy visual, al que sólo supera en belleza en la bibliografía del autor, su magnífico libro sobre John Phillip Law (escrito con la inestimable colaboración de su esposa, la escritora canadiense Anita Haas, con la cual ha publicado también otro libro, sobre el director español Eugenio Martín). Sin embargo, el presente texto supera al anterior, por cuanto ofrece el, sin lugar a dudas, más ajustado y completo estudio sobre la singladura de tan anómalo artista.

El libro está dividido en dos partes muy diferenciadas. Los dos primeros capítulos (Improbable, pero cierto y Sólo para mis ojos) son dos magníficos análisis, llenos de reveladoras claves, imprescindibles para comprender la personalidad de Jesús Franco. Indudablemente, este par de textos son los más acertados y sugestivos que se han redactado hasta la fecha sobre su mirada. Con su inconfundible estilo directo y rítmico, Aguilar meticulosamente descompone estilemas y obsesiones, que van desde la figura de la mujer (encarnada por Soledad Miranda de forma emblemática) observada desde un peculiar sentido del erotismo voyeur, a la influencia de la música, sobre todo el jazz, fundamental en la obra del autor en general y en concreto imprescindible para erigir la estructura de una de sus cintas más desconocidas y sugestivas, Venus in furs/Paroxismus (1969). A continuación, el grueso del estudio es una brillante crónica biográfica-fílmica, en la que exhaustivamente, el escritor se detiene a analizar las diferentes etapas y los títulos que la componen. Así, nos descubre innumerables anécdotas personales y profesionales, y ofrece un certero retrato del mapa de las co-producciones que imperaban en el mundo cinematográfico de finales de los sesenta-principios de los setenta, de la mano de nombres propios tan sugestivos como Karl-Heinz Mannchen, Harry Alan Towers, Howard Vernon, Klaus Kinski, Daniel J. White, Christopher Lee  o los ya citados Soledad Miranda y Jack Taylor. Sin ir más lejos, nos revela un proyecto nunca realizado, relativamente reciente, que debía unir, a partir de un guión, cuya primera versión pertenecía al mismísimo Taylor, a Franco con su eterno rival Paul Naschy, a partir de una premisa similar a ¿Qué fue de Baby Jane? (What ever happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962), que debía dirigir Manuel Esteban,  y que sin duda, si se hubiera llegado a realizar, sería una de las piezas más hilarantes y adoradas del cine de culto contemporáneo.

El texto que compone el libro se complementa con numerosas imágenes (muchas de ellas, nunca vistas) y jugosas declaraciones, sin desperdicio, del propio director, sus colaboradores o estudiosos de su obra. Cada capítulo comienza con una breve cita, que resume estupendamente el contenido que leeremos a continuación, correspondiente a cada nueva etapa, de la mano de Kinski, Vernon o el ilustre Miguel Marías, precisamente sobrino del realizador. Es antológica la que abre el periodo 1983-1987, a cargo de Ricardo Palacios: “Jesús Franco y Antonio Mayans eran el Quijote y Sancho de la casposidad” . ¿Mayor capacidad de síntesis? Complicado.

Lejos de plantear un estudio ensimismado y complaciente, el escritor no duda en ser implacable o admirativo según procede. Su aproximación, pues, no es parcial o cómplice. Al igual que  toda su obra, el nuevo libro de Carlos Aguilar es un magnífico ejemplo de lúcida cinefilia, rigurosidad y exigencia.

Editado por Cátedra, dentro de su prestigiosa colección Signo e imagen/cineastas, la aparición de este Jesús Franco tiene algo de transgresor, pues un cineasta tan demencial como Franco se suma a una serie compuesta por autores tan importantes como Jean Renoir, Sergio Leone, Satyajit Ray o Federico Fellini. Por eso la recuperación de este realizador, desde un medio tan importante y reconocido, y de la mano de un escritor con una trayectoria intachable, supone un primer, pero definitivo, paso para situar, al fin, a Jesús Franco como uno de los directores más sugestivos e iconoclastas de la historia del cine español.

El personaje del vampiro ha sido recurrente en la filmografía de Jesús Franco, ya sea en su discutible adaptación de Drácula, en 1969, o en una de sus piezas más sexys, Las vampiras (Vampyros lesbos, 1970). Carlos Aguilar, a través de las páginas de su nuevo libro, nos descubre que el gran vampirizado en el cine de Franco no es otro que el propio director. El cine hace muchas décadas que lo ha atrapado. Para él no es importante el resultado final o los diferentes procesos que conlleva la realización de una película, sólo importa rodar. Un rodaje tras otro. En definitiva, vivir rodando.