Hace algunos años, otro crítico y quien esto escribe hicimos mofa y befa de la palabrería vacua que caracterizó ya desde sus primeros números a la franquicia española de Cahiers du Cinéma. Arremetíamos asimismo contra la jerga con que suele abordarse el cine en el entorno académico: la pedantería, unida a una ausencia generalizada de mínimos talentos literarios, suele acabar haciendo de los estudios universitarios algo parecido a pacientes a quienes hubiese sometido a trasplantes múltiples un mad doctor.

Nuestro texto era infantil. Para mi sorpresa, recibimos no solo las esperadas reconvenciones amigables o timoratas. También, más de uno y dos reconocimientos culpables de incomprensión ante lo que habíamos escrito. Algunos lectores no solo se habían tomado en serio el artículo. Les avergonzaba no haberlo entendido.

Uno ha pasado, quién no, por la facultad. Y, como el mundillo crítico es un pañuelo, terminó escribiendo en Cahiers du Cinéma España. Ambas experiencias le han servido para comprender lo que para muchos será una obviedad: en ciertas instituciones, el lenguaje está lejos de constituir una herramienta para intentar trasladar con franqueza, libertad, llaneza y expresividad una visión argumentada de las cosas.

El lenguaje puede ser también una máscara, una coraza, una muralla inexpugnable. Una nube de humo. Una fórmula insípida, incolora e inodora. Un modo de manifestar la servidumbre hacia el líder y ocupar un hueco en su púlpito, para trasladar desde allí a los fieles no respuestas a sus inquietudes, sino sermones opacos que justifiquen y perpetúen la posición dominante de unos y la genuflexa de otros.

Nos ha resultado sorprendente que, en El don de la imagen: Un concepto del cine contemporáneo, Agustín Rubio Alcover haya caído presa de esa concepción del lenguaje. Cierto es que ejerce como profesor en la universidad Jaume I de Castellón; que en su currículum abundan ponencias y congresos con títulos tan peculiares como Desenredando la madeja: Postproducción digital y articulación discursiva, intertextualidad y propaganda en ¡Hay motivo!; y que este primer volumen de El don de la imagen (Esperantistas, al que seguirá en breve un segundo y último, Resilientes) pretende nada menos que «reconstruir el proceso por el cual, sobre las cenizas del modelo cinematográfico clásico, el Neorrealismo, el Free Cinema, la Nouvelle Vague, los grandes nombres de la Autoría sesensista y los restantes Nuevos Cines afrontaron el dilema de apresar la realidad y/para transformarla, y en esa labor empeñaron sus armas y sus almas». Pero recordábamos con cariño las guías didácticas —sí, didácticas— sobre Seven (Se7en. David Fincher, 1995) y Dos en la carretera (Two for the road. Stanley Donen, 1967) que escribió hace un tiempo para las editoriales Octaedro y Nau Llibres, así como su estudio comprensivo sobre el Dogma danés.

Sin embargo, El don de la imagen es ilegible. Literalmente. Hasta el punto de que su lectura nos ha costado la friolera de seis meses. Cada pocos minutos se nos caía de las manos. Tratando de leerlo, nos preguntábamos cómo ningún encargado de su corrección y publicación en Shangrila Ediciones había dado la voz de alarma. Tan acomplejados estábamos por nuestra incapacidad para disfrutar «del eclecticismo metodológico del autor […] que lleva al paroxismo la aplicación hermenéutica del principio de complementariedad de Niels Bohr», que para atrevernos a escribir una reseña tan crítica como la presente hemos necesitado el apoyo espiritual de otra opinión: cuando, en el número 411 de la revista Dirigido Por…, Ramón Freixas achacó al libro «un indeleble aire profesoral, un inequívoco tono sesudo y una asfixiante escritura», nos atrevimos a dar vía libre a nuestras propias impresiones.

Y es una pena. La edición del libro es impecable. Rubio Alcover ilustra —alumbra, mejor dicho— sus razonamientos con casi cuatrocientas capturas de pantalla. Su erudición, su ambición argumental, el interés de lo que aborda, están fuera de toda duda. Hay incluso momentos milagrosos en los que existe un equilibrio entre lo que persigue y su concreción; pensamos en sus reflexiones sobre Visconti (páginas 84-90) o Godard (189-203). Quede claro, en fin, que el arriba firmante pidió reseñar El don de la imagen.

Pero las buenas intenciones no pueden soslayar los párrafos de diez, quince y veinte líneas sin un solo punto y multitud de paréntesis, guiones, rodeos y los términos y expresiones sistemáticamente más rebuscados, a costa de infinitas patadas al diccionario y la gramática; ni los toscos juegos de palabras y chascarrillos que buscan aligerar el discurso y solo aumentan el caos mental del lector; ni los fragmentos involuntariamente autoparódicos, como cuando se pide para el texto «la identificación del semiota» o en vez de confesionario se habla de «cabina eclesial para la elocución de las intimidades»; en resumen, las absolutamente insoportables «demasías exegéticas, retoricas o extensivas» que reconoce el propio Rubio Alcover.

Podríamos habernos hecho los locos escribiendo de El don de la imagen en función de aquello a lo que aspira, divagando a propósito de la modernidad cinematográfica o el sexo de los ángeles… Por desgracia, y volvemos al comienzo de esta reseña, uno escribe con mejor o peor suerte para que se le entienda todo. Porque hacer otra cosa implica, amén de las consideraciones iniciales, engañar a la persona que a lo mejor precisa una referencia antes de gastarse su dinero en una revista, un libro o una película. La prudencia, la ambigüedad, el saber estar, son en el ámbito de la crítica sinónimos de estafa.

Por tanto: en mi opinión, el libro de Rubio Alcover no es nada recomendable. Más aun, si su continuación no ha sido sometida a una severa corrección estilística, tampoco valdrá la pena que os gastéis en ella los cuartos.