En La Hipótesis del Cine (Laertes, Barcelona, 2007), Alain Bergala recupera, como quien escarda la lana, una frase de Jean-Marie Straub perdida ─¡cómo es posible!─ en una vieja entrevista: es necesario que «algo queme en el plano» para que éste merezca la pena. La vida, la presencia de las cosas, de las personas, como agentes incendiarios; el cine, un oficio de pirómanos. Bergala, precisa: “nos cuesta distinguir entre la vida del filme y la vida que nos rodea, de la que el film es reflejo”. Si pienso en aquello que aproxima a Maurice Pialat, Jean Eustache, Jacques Doillon y Philippe Garrel, los cuatro autores propuestos por María Velasco en su libro, lo primero que me viene a la cabeza es precisamente ese flamear, un fulgor a menudo no muy fácil de explicar. Ese “algo” que quema en el plano se convierte, por lo tanto, en la (ambiciosa) búsqueda de este Les Enfants Perdus, y, de puro buscarlo, tenazmente, dando vueltas y más vueltas, una y otra vez, sobre esto y aquello, parece que, en efecto, en las páginas del libro hubiese algo que acabase por prender: la certeza de que el cine nos concierne, nos concernirá siempre.    

Más allá de lo contextual ─el telón de fondo sesentayochista, ciertas experiencias vitales comunes─, de sus relaciones con la industria ─a menudo una precariedad del tiempo y los medios disponibles, cierta “marginalidad”─, de la predilección por determinados temas, digamos, “pequeños” (en la creencia, como expresa la máxima bressoniana, de que “un pequeño argumento puede servir de pretexto para combinaciones múltiples y profundas”), de una actitud, se diría que los cuatro cineastas propuestos pertenecen a un mismo linaje, que conforman una tribu. ¿Cineastas independientes, generación post-nouvelle vague? ¡Qué más da!  Ésta no es una cuestión etiquetas sino de genealogía. Y precisamente uno de los muchos empeños en los que triunfa María Velasco es en el de trazar un árbol genealógico ─que no un mero índice de referencias o un catálogo de citas cruzadas─ que quisiera abarcar, entre Vigo y Pierre Lèon, un vastísimo territorio. Y detrás de esta “familia”, como su misma razón de ser casi, una transmisión: la de una forma de entender el cine, de hacerlo, que pasa de cineasta a cineasta y de generación en generación. Como en las sociedades secretas; como en los pocos oficios artesanales (y la escritura es aún uno de ellos) que quedan.

A menudo, cuando voy acompañado a ver una película (algo a lo que me resisto con todas mis fuerzas; disfruto mucho más el cine como práctica solitaria), a la salida prefiero no hablar de ella. Prefiero rumiarla en silencio, dejar que su poso solidifique en mí lentamente prescindiendo de las palabras. También a María Velasco, pero en su caso ese poso, verbalizado, se ha convertido en un hermoso libro que verifica la hipótesis de que el deseo es el único recurso pedagógico. Y, así, gracias a este deseo, el trayecto se ha cerrado: de su conmoción personal ─por servirnos de la fórmula de Julien Gracq─ por la obra de estos autores a la nuestra, de la de nuestros mayores a la de las generaciones venideras. La transmisión, he aquí el quid de la cuestión… Varias generaciones cinéfilas conciliadas como por ensalmo.