Mi vida entre julio y diciembre de 2011

I

El mes pasado, Miradas de Cine publicaba una glosa de los cuarenta años recién cumplidos por Cine para Leer escrita por Ángel Antonio Pérez Gómez, uno de los miembros más veteranos del célebre anuario —semestral desde 2000—. Ángel Antonio concluía su repaso a las circunstancias en que se gestó Cine para Leer, proyecto (in)formativo esencial para varias generaciones de cinéfilos y críticos, apostando por el futuro del séptimo arte «contra los agoreros que anuncian su defunción cercana».

En tanto comprador del anuario desde 1985, me fue inevitable entender referidas también sus optimistas palabras a la pertinencia de una publicación impresa en los tiempos que corren, amenazados los formatos físicos por lo virtual y la recesión. Al fin y al cabo, quien resiste, gana, como le gustaba decir a Camilo José Cela. Y Cine para Leer ha sobrevivido a cuatro décadas de cambios en el panorama social y cinematográfico, crisis infinitas del sector editorial, e imitaciones fugaces que han servido sobre todo para realzar las calidades del producto original.

Nada en la vida sigue un rumbo tan unidireccional como hace creer el entusiasmo por la novedad. Tampoco la cultura. ¿Es irremediable la desaparición del papel? ¿Redundará su ocaso en una legitimación de lo digital, en una viabilidad duradera y significativa en tal ámbito de la crítica de cine? Quizás lo más prudente pase ahora mismo por establecer una sinergia entre ambos medios. Tímidamente, Cine para Leer ha afrontado la tarea.

II

En cualquier caso, la utilidad del volumen que ahora nos ocupa es indudable. Incluso si el lector no comparte la línea crítica que siempre ha caracterizado las publicaciones de la editorial Mensajero: descriptiva, humanista, clásica. De hecho, el contraste entre las propias opiniones y las manifestadas por los participantes en el libro, enriquece misteriosamente el ejercicio de memoria cinéfila conformado por las casi trescientas páginas que recogen mes a mes, a través de críticas exhaustivas y docenas de fotografías, los estrenos acaecidos en nuestro país entre julio y diciembre de 2011, así como los eventos más relevantes —palmareses, novedades en el sector y la legislación, recaudaciones, obituarios— que han tenido lugar durante esas fechas.

No se trata solo de que las reseñas, los breves, los índices finales por título y director, brinden datos y reflexiones de gran ayuda: la estructura descrita hace del libro una suerte de diario para quienes vivimos el cine. A ello contribuyen los seis «Puntos de vista», insertos a razón de uno por mes, que abarcan desde un balance global de la saga Harry Potter a las correspondencias fílmicas entre cineastas, tan de moda en los últimos años.

Consultaré este volumen, como los anteriores, en innumerables ocasiones. Subrayaré y apostillaré los contenidos; transcurrido el tiempo suficiente, lo impreso y lo anotado habrán pasado de estar en guerra a conversar. La mirada de Kirsten Dunst que ocupa su portada se cruzará una y otra vez con la mía desde el escritorio, el alfeizar, la mesilla, el sofá, las estanterías donde respira la colección, la boca abierta de la mochila…

Hasta que una tarde el rostro de la actriz deje por sorpresa de resultarme familiar, invisible. Me preguntaré, «Dios mío, ¿ha pasado ya tanto desde que se estrenó Melancolía?» Y acabaré evocando de nuevo página a página el cine que se estrenó ese semestre; mi vida a lo largo de ese semestre.

¿Serán capaces de inspirar lo mismo las páginas web que frecuento, las páginas web en las que escribo? Dentro de treinta o cuarenta años, lo comprobamos.