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Cuerpo, cuerpo y cuerpo, como un mantra: ¿Qué crítico de cine que se precie no lo ha utilizado de manera recurrente en alguno de sus textos? Sin duda, el cuerpo desde hace bastante tiempo ocupa una figura central tanto en el cine y su crítica, como en el arte contemporáneo y cualquier discurso cultural que intente ser moderno. Pero hablar de cuerpo también es hablar de otras muchas cosas, como feminismo,  teoría de género, de sujetos cosificados, de máquinas deseantes y, cómo no, de pornografía, puesto que es la única forma audiovisual donde puede mostrarse en su íntima desnudez sin partir, en un principio, de una determinación política, social o cultural. Pero, ¿estamos seguros de qué hablamos cuando utilizamos algunas de estas palabras?  Sin duda, hoy impera cierto grado de confusión en su uso porque el cuerpo ya no es el mismo que cuando se inventaron todos esos vocablos. Ahora aparece en un contexto tan diferente como mutable, donde ya no es sometido por ninguna forma de poder, por ninguna sociedad disciplinaria. Habita en el tiempo del selfie y del diario íntimo público (Instagram, facebook, etc). Es decir, ahora aparece emancipado, y capaz de escribirse a sí mismo.

Pornograffiti, entonces, surge como un término tan nuevo como complejo para intentar poner un poco de orden en este tiempo de exhibición somática en el que nos movemos. La palabra ha sido acuñada por Jorge Fernández Gonzalo, uno de los escritores españoles más interesantes del momento y de un futuro no muy lejano. A sus 33 años ya ha sido finalista del premio Anagrama de Ensayo con Filosofía Zombi (2011. Trabajo que creo bastante complementario al que nos ocupa) y ganador del premio Hiperión de poesía joven con Una hoja de almendro (2004). Su invención organiza toda la reflexión de este ensayo, haciéndola funcionar como un «dispositivo multilineal con el que conectar ideas, disponer de estrategias de análisis, acumular referencias, saberes, contrastar signos y prácticas en relación la escritura, la desnudez, el cuerpo, la imagen y el poder».

Como se puede imaginar, Pornorgrafitti: cuerpo y disidencia, no es un libro de cine, pero aparece para alumbrar este panorama en el que utilizamos ese cuerpo de manera tan recurrente, y para ofrecer un punto de apoyo sobre el que mirar las imágenes. Sobre todo hoy, cuando los discursos alrededor del cine aparecen sobradamente desgastados, cuando no son más que un mero recuento de películas que se suceden o que se viven, día tras día, semana tras semana. Sin duda, la crítica (y cualquier analista) de cine tiene muy poco que decir respecto a la imagen contemporánea, y para entender de qué va todo esto de la imagen (algo mucho más grande e importante que las películas) se hace indispensable acudir a disciplinas muy alejadas de este arte en particular y del audiovisual en general, a tenor de lo que se publica en este país “sobre cine”.

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Pornografitti es un libro de filosofía que parte de la pregunta “¿Qué es la pornografía?” para trazar una arqueología de la relación que mantiene el cuerpo con las imágenes. Pero no se trata de un libro que pretenda hacer un mero recuento de cada “estado de la cuestión”, sino que trata de valorizarla, ponerla a la altura de cualquier forma cultural del siglo XXI, y estudiar su mecanismo para, además, plantear desafíos tan complejos como interesantes. El capítulo titulado “Pedagogía pornográfica” me parece que es el que podría interesar en mayor medida al “cine”, además de ser sumamente relevante para comenzar a pensar (de nuevo) las imágenes que vemos.  Trascendiendo la idea de las películas para adultos o de metáforas más o menos recurrentes, el porno es presentado como «una máquina de actualización constante de lo visible». Una maquinaria visual, porque ya no hay forma de localizarla como tal, después de que se haya permeado a cualquier técnica o manifestación de lo visual. Después del porno se ha conformado una imagen que se ha impuesto sobre los lenguajes, disolviendo los signos, solapándose como un forma de no-lenguaje que pugna contra todo discurso que dictamina de lógica de lo que entendíamos como verdad de las imágenes.  «Las imágenes se ponen en relación con aquello que una formación discursiva es capaz de asimilar. Conforma lo exterior que se adentra en los discursos, un afuera traumático que sobreviene a las palabras». Sin duda, con herramientas como estas hubiera sido más fácil acercarse a películas como Adiós al lenguaje (Adieu au langage, Jean-Luc Godard, 2014).

Este trabajo de Jorge Fernández Gonzalo, editado por Libros de Ítaca, está repleto de sugerencias tan potentes como esta. Os invito a adentraros en esta particular ceremonia del porno donde tratan de encontrarse cuerpo, lenguajes, representaciones y diferentes tecnologías de subjetivación.