Como no podía ser de otro modo, en memoria de Iván Zulueta

El cine experimental, en general, es un género bastante desconocido; el realizado en España, en particular, lo es aún más. De ahí esta magnífica propuesta por parte de Cameo, Del éxtasis al arrebato. Un recorrido por el cine experimental español, casi una treintena de obras que comienza con Film experiencia I, de 1957, y termina con Copy Scream, de 2005, casi cincuenta años de experiencias fílmicas alejadas de convencionalismos, obras arriesgadas, de búsqueda, de indagación desde diferentes perspectivas en el medio cinematográfico concebido como laboratorio o campo de pruebas.

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La compilación intenta, y consigue, crear un itinerario que abarque diferentes propuestas o maneras de concebir lo experimental, aunando diversas experiencias estéticas que van desde los trabajos con dibujos e imágenes plásticas sin sonido a otras en las que el montaje con música crea unos ritmos que otorgan a la obra una cierta narratividad o, en otros aspectos, una experiencia sensorial mediante la cual el disfrute a través de la imagen-movimiento/música se convierte en la narración en sí misma. A través de estos trabajos, la mirada se detiene en conceptos de montaje como fin último o de significado del cine, mediante obras de poca duración y de gran concisión visual, ampliando el sentido del medio cinematográfico no sólo como vehículo de narración sino también sensorial (o ambos). Pero, a su vez, hay trabajos en los que se crea un cine sin cámara, de creación casi artesanal o de gran presencia plástica, y hablamos de trabajos realizados a mediados del siglo pasado. Resulta llamativo que apenas se conserven trabajos fílmicos realizados a comienzos del siglo XX, anulando casi en su totalidad la posibilidad de hablar de un cine español realizado en tiempos de las vanguardias artísticas. Sin embargo, la herencia de ellas surge en determinados momentos, quizá más por influencia externa que interna, algo que confiere a muchos de estos trabajos de una importancia mucho mayor.

La amplitud de la propuesta, y la enorme calidad de los trabajos en general, dificultan el detenerse en unas obras concretas, no obstante, cabe destacar varias obras:

Fuego en Castilla (José Val del Omar, 1958)

Val del Omar es posiblemente el autor a quien más ha influido las vanguardias históricas, absorbiéndolas y trabajando a partir de ellas para conformar una obra hipnótica y casi única dentro del cine español. Fuego en Castilla es un ejemplo de lo anterior, también de su capacidad para jugar con diversas técnicas (ralentí, superposiciones, imagen congelada, fundidos…) en un trabajo irrepetible e imprescindible que proyecta plasticidad sin negar al cine su naturaleza. Una película que busca trascender y que se cuestiona sobre lo místico y lo religioso, a través de la luminosidad y la oscuridad dando forma a una obra que bien podría verse como una película de terror. Aunque no se sepa muy bien hacia qué se teme.

Ice Cream (Antoni Padrós, 1970)

Padrós quiso rodar una felación y homenajear a William S. Burroughs. De ahí esta obra de casi nueve minutos llena de imaginación, sensualidad y sexualidad que a través de dos actores y un helado, nos sumerge en un pasaje sexual de extraña naturaleza casi pornográfica cuyo clímax final es uno de los más extraños orgasmos nunca vistos.

BiBiCi Story (Carles Durán, 1969)

Extraña película experimental y politizada que juega con la ironía hacia los deseos de la sociedad española de entonces cuestionando ciertos ideales y la iconografía con la que se representan a través de un plano fijo en el que entran y salen actores a modo de tableaux vivants de imagen real.

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Brutal Ardour (Manuel Huerga, 1978)

En su magnífico disco Discreet Music, Brian Eno llevó a cabo tres variaciones sobre el famoso Canon de Pachelbel. Éstas sirven de fondo sonoro a Brutal Ardour así como de base teórica en cuanto a la repetición, casi de sampleado, con la que trabaja Huerga el fotograma en su obra. Imágenes que se repiten y su suceden creando una cadencia musical que atrapa incluso cuando durante un cierto tiempo no ocurre nada en pantalla. Huerga es capaz de hipnotizar con un trabajo medido, que juega no sólo con la imagen y la música, sino también con los silencios. Las imágenes, de claras resonancias simbolistas, confieren a Brutal Ardour de un romanticismo y un sentimentalismo que bien puede llegar a causar cierto rechazo, sin embargo, Huerga es capaz de equilibrar todos los elementos para dar vida a una gran obra.

Super 8 (David Domingo, 1997)

Homenaje al super 8 a través de una obra experimental y retro que causa simpatía por sí misma. El magnífico montaje de imágenes nos sumerge en toda una época que se construye a través de sus objetos, de sus imágenes. Iconografía pop a raudales, no podría ser de otro modo, y quizá una cierta mirada condescendiente. Pero no estamos ante análisis crítico sino ante recuperación icónica, y en esto Super 8 es espléndida.

A MAL GAM A (Iván Zulueta, 1976)

La última en ser comentada pero la mejor aportación a este pack. Ahora honraremos a Zulueta, se lo merece, pero la verdad es que ha vivido, como otros tantos, en un leve olvido quizá autoimpuesto pero sin duda alguna no merecido. A MAL GAM A es todo un delirio visual que ahora, tras su muerte, puede valer como homenaje a una obra insólita y extraña, casi sin igual, todavía por explorar. En apenas treinta y cuatro minutos de película Zulueta lleva a cabo un retrato personal lisérgico a través de un montaje visual y un trabajo con el super 8 magnífico. Las imágenes y los sonidos nos trasladan por diferentes espacios y lugares, observando a un Zulueta que se mira así mismo para, al final, en un frenesí visual, acabar la obra con el acompañamiento de A Day in the Life, de The Beatles, la canción que cerraba Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y que cierra a su vez A MAL GAM A dando sentido a ambas y dejando en la retina una sensación de necesidad: la de volverla a ver de nuevo, porque se trata de una obra casi imposible de aprehender en un simple visionado.