Las campanas tocan a muerte

En una de las mejores escenas de acción de A Bittersweet Life (Dalkomhan Insaeng, 2005), Kim Ji-woon llevaba a cabo un sentido homenaje a El bueno, el feo y el malo (Il Buono, Il Brutto, Il Cattivo, 1966) obligando al personaje de Lee Byung-hun a enfrentarse a un traficante de armas, montando ambos sendas pistolas automáticas a toda prisa, para no recibir un tiro a bocajarro del contrario. Un guiño a Sergio Leone que, seguramente, llevó al director coreano a reencontrarse con su amor hacia el spaghetti western —me permitirán los lectores que evite esa hórrida etiqueta, hija de lo políticamente correcto, como es la de eurowestern—, y le llevó a trazar las líneas generales de El bueno, el malo y el raro (Joheunnom Nabbeunnom Isanghannom, 2008), el proyecto más ambicioso de su carrera y, de momento, su única exploración en el género de la aventura más pura y dura… Pasada por el tamiz del Oeste, claro está. La edición que acaba de lanzar Mediatres Estudio es una oportunidad perfecta para (re)descubrirla, a pesar de que no vaya acompañada de extra alguno.

Pero, volviendo a la película, como ocurriera con el tercer capítulo de la llamada trilogía de los dólares, Kim enfrenta en su filme a dos de sus intérpretes predilectos, por un lado Lee y por el otro Song Kang-ho —que fue su actor fetiche en sus dos primeros largos, The Quiet Family (Choyonghan Kajok, 1998) y The Foul King (Banchikwang, 2000), cuando aún era conocido por sus comedias—, a un tercero en discordia que aparece por primera vez en su cine, Jung Woo-sung. Para su desgracia, eso sí, en su papel de supuesto bueno del filme acaba pasado prácticamente desapercibido, ya que la batalla de carismas que se produce entre sus compañeros de reparto —a lo que contribuye, para qué vamos a engañarnos, que el director les mime muchísimo más, matizando lo prototípico de sus respectivos personajes con pequeños detalles de lo más jugoso— es una de las grandes virtudes sobre las que se fundamenta el atractivo de la película.

Con A Bittersweet Life, el coreano ya había demostrado su talento para las escenas de acción, algo que aquí explota de forma definitiva con unos tiroteos complejos y abigarrados, fascinantes obras de orfebrería fílmica que beben tanto del spaghetti como del cine de Hong Kong —hay que señalar que el uso en la banda sonora de la versión de Santa Esmeralda de Don’t Let Me Be Misunderstood es un evidente homenaje a Kill Bill Vol. 1 (Id.; Quentin Tarantino, 2001)—. Lo cierto es que sus más de dos horas de metraje resultan excesivas, y al ritmo interno de la película no le habría ido mal aligerar algunos de sus momentos menos interesantes, pero su absoluta falta de pretensiones, su capacidad de diversión y, sobre todo, su afortunada revisitación de los tópicos del western —cfr. el magnífico uso que hace Kim Ji-woon de los exteriores, de una belleza espectacular, y que marcan el devenir de los personajes—, la convierten en una pieza imprescindible de la obra de su director.