A pesar de haber ganado el premio a la mejor película de acción y aventuras en el festival de Cannes en un ya lejano 1947, Los malditos no es precisamente la obra más recordada de su director, René Clément, más conocido por films como Juegos prohibidos (Jeux interdits,1952) o A pleno sol (Plein soleil, 1960). El sello Avalon una vez más apuesta por acercarnos cinematográficamente a esa época con una nueva entrega de la Filmoteca Fnac, recuperándola a un precio correcto, en ausencia de los habituales libretos de otros títulos de la colección y de cualquier otro contenido adicional.

La narración comienza con la voz en off de un médico francés que acaba de ser liberado en los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial, hablando de su destino y cómo estaba por decidirse en la otra punta de Europa, concretamente en un submarino lleno de oficiales y simpatizantes nazis que viendo la que se les avecinaba, zarpaban desde Oslo, huyendo de los aliados. Los hechos evocados por el protagonista desfilan, pues, en un santiamén, desde una pensión en una localidad francesa costera al citado submarino, ambiente claustrofóbico donde los haya, en el que una nutrida galería de personajes mostrarán las diversas caras del miedo, antes incluso de que se proclame el final de la guerra.

Acción y aventuras dentro de un submarino, puede que sí. Pero muy particulares. Los malditos es sobre todo un ejercicio de personajes psicológicamente muy bien trabajados, desde el triángulo formado por el malvado general Von Hauser, el consecuente Garosi y su fatal esposa, que originarán más de un conflicto, hasta el también malvado nazi Forster y su ayudante Willy Morus, dos polos opuestos que demuestran que del amor al odio hay un paso, y que cuando se da no hay vuelta atrás, pasando por el interesado periodista Couturier y el abnegado científico Erickson. Y su joven e inocente hija, y el doctor, el bueno, claro está. Porque otra cosa sería hablar de imparcialidad, pero no, aquí las cosas están claras: los nazis son malos, las mujeres son guapas y fatales o inocentes, y el héroe, francés y leal.

Muy a destacar la fotografía de Henri Alekan, repleta de contrastes, que saca buen partido de la luz a pesar de la poca diversidad de escenarios, y también la música de Yves Baudrier, que conduce perfectamente de la tempestad a la calma, que es más bien poca. La puesta en escena de Clément y un guión (en el que también participó Jacques Rémy) que sortea los estereotipos con habilidad en los diálogos (que se le deben a Henri Jeanson) y algunas bien resueltas situaciones de acción y de tensión logran hacer efectivo el entretenimiento durante poco más de hora y media, una duración estándar de entonces de la que las películas de aventuras de ahora deberían tomar nota.