Si Serge Gainsbourg se hubiera encontrado a Joann Sfarr  borracho a las cuatro de la mañana en un bar y le hubiera contado su vida seguramente se parecería mucho a Gainsboug, vie héroïque. Porque la película de Sfarr (editada ahora por Avalon en DVD) es una fantasía de vocación delirante, una historia cierta y a la vez imaginada, la vida fabulada de un tipo excepcional que se veía más feo de lo que en realidad era y que se pasó la vida ocultando sus inseguridades tras un nombre que no era suyo, cantidades ingentes de cigarrillos y alcohol, un encanto irresistible, toda la provocación del mundo y más talento del que gran parte de la sociedad francesa del momento (y la inglesa de mucho después) podía comprender y/o tolerar.

Serge fue un día un niño que se llamaba Lucien, sólo quería dibujar, descubrió la belleza de una mujer desnuda demasiado pronto y su propio encanto demasiado tarde. El hijo de un pianista de bar que soñaba con ser un genio del pincel como Bacon o Leger y desbordaba desfachatez e imaginación. Un tímido compulsivo esclavo de la belleza que jamás pudo desprenderse del todo del odio que sentía por su propia jeta. Que amó a algunas de las mujeres más bellas del mundo y acabó componiendo decenas de canciones memorables para ellas aunque el universo le recuerde sólo por una.

Jane Birkin me tarareó una vez con más cariño que hartazgo la canción que sabe a ciencia cierta sonará una y otra vez el día que ella muera. Aquellos que conozcan a Gainsbourg sólo por aquellos célebres jadeos podrán reprocharle a la cinta de Sfarr que se detenga en elementos fantásticos (la película está basada en un comic anterior del propio Sfarr y utiliza sus dibujos y criaturas) en lugar de detallar más la trama. Sus  fans más acérrimos quizá se quejen de que no se ciña a la literalidad de los hechos, obvie algunos asuntos sin muchos complejos o resuma demasiado, con un sincretismo tal que ciertos detalles pasan desapercibidos. Algún hombre echará de menos la explicación o receta de cómo monsieur cabeza de col fue capaz de seducir a todos los símbolos eróticos franceses (muchas mujeres lo entenderán a la primera viendo los párpados caídos, las elegantes maneras y la sonrisa del clónico Eric Elmosnino), convertir en un mito a la desgarbada inglesa que supo hacerle feliz y encandilar a cualquier mujer que satisficiera su canon estético, variable pero infalible y no tan fácil de complacer. Se le puede reprochar quizá que en su avance hacia el final, Sfarr deje derivar lánguidamente su película casi al mismo ritmo en que su héroe se convierte en una caricatura de sí mismo, un hombre mal afeitado, borracho y procaz conocido como Gainsbarre. De acuerdo. Pero Sfarr consigue con originalidad, gracia, respeto por la letra y una absoluta fidelidad a la música reflejar a la perfección el espíritu del chansonier de enormes orejas cosido a un cigarrillo. Y eso, a lo que debería aspirar cualquier biopic, ya es mucho tratándose de una leyenda.

La edición en DVD incluye alguna escena eliminada, un interesante making off,  el tema inédito ‘Cannabis’ y la posibilidad para fumadores de disfrutarla en casa encendiendo todos los cigarrillos que consideren convenientes. Ver Gainsbourg en estos tiempos bajos en nicotina y alquitrán puede ser, para espectadores nostálgicos del humo, un tímido aunque hermoso acto de resistencia. En noviembre de 2009, la sociedad gestora del Metro de París retiró los carteles de la película de sus andenes porque el protagonista aparecía fumando. Si aquel judío que fue capaz de ridiculizar a los nazis con un rock hubiera visto arrancar ese cartel seguramente le hubiera dolido pero hubiera sonreído, hubiera encendido otro Gitanes y se hubiera alejado silbando una canción sobre un revisor a punto de volverse loco a base hacer agujeros sin cesar en los billetes y discutiendo, mientras, con la eterna sombra de su estampa.