Llega ahora hasta nosotros este fidelísimo remake norteamericano (aunque esto huelga decirlo) de la interesante y razonablemente entretenida película danesa del mismo título, al menos en el original, El vigilante nocturno (Nattevagten, 1994), dirigida por idéntico director. Atraído y lógicamente caído por la tentación de las productoras estadounidenses, y su repercusión mundial más allá de las fronteras europeas, donde la película primigenia tuvo una buena acogida, en algunos casos quizá excesiva, Ole Bornedal aceptó dirigir un par de años después de su estreno esta copia de su propia cinta, conservando única y exclusivamente su música, a cargo de Joachim Holbek, y a su director de fotografía, Dan Lautsen.

En los créditos de la película que nos ocupa figuran además la recientemente fallecida Sally Menke, montadora habitual de Tarantino y nominada dos veces a los Oscars, por Pulp Fiction (1994) primero y Malditos bastardos (2009) después, y como guionista colaborador Steven Soderbergh, abanderado del cine independiente norteamericano en la década de los noventa a raíz de su primer largometraje Sexo, mentiras y cintas de vídeo (Sex, Lies and Videotape, 1989), contratado quizá para añadir color local al producto final, que no logra superar las por lo demás discretas cotas de su molde.

Y es que subvertir la rígida y en ocasiones siniestra severidad nórdica, muy adecuada a la prometedora y morbosa trama de la película, por la universalidad asequible, y muchas, demasiadas veces moralizante, de los planteamientos del cine estadounidense arriesga una más que peligrosa banalización.

Dicha trama gira en torno a un estudiante universitario que acepta un trabajo temporal como vigilante en el depósito de cadáveres y se ve implicado en una serie de asesinatos de índole sexual rayanos con la necrofilia. Una vez más se explota aquí, con resultado irregular, el tan socorrido juego narrativo del falso culpable, que tan buenos réditos suele dar si se logra la necesaria y complicada empatía entre espectador y personaje acusado injustamente. Quizá el problema argumental del film estriba no tanto en este aspecto interpretativo sino en la pronta resolución del misterio, con unos últimos veinticinco minutos, casi una tercera parte del metraje, centrados en desarrollar un desenlace ya previsible y carente de la tensión esperada.

Ni siquiera el solvente elenco de actores (con Ewan McGregor, en una de sus primeras incursiones made in USA interpretando al tímido estudiante, y el impecable e implacable Nick Nolte como el misterioso policía encargado de la investigación a la cabeza del reparto) consigue remontar el vuelo de este film cuya primera media hora sobrecogedora y sórdida (sobre todo ese espléndido recorrido didáctico por la morgue que le brinda al novato el recién jubilado vigilante nocturno y que recuerda por momentos, y salvando las distancias odiosas por la comparación, al memorable paseo por las dependencias del Overlook) engancha de verdad y promete algo que jamás llega por más que lo deseemos.

No obstante todo lo dicho, la manera de rodar de Bornedal es honesta (cosa de agradecer ya que esto es lo primero que se debe exigir cualquiera que cuenta una historia); y por este motivo el sabor agridulce que nos queda al final del visionado de este DVD no se debe a la sensación de haber sido engañados o estafados sino a la rabia comprensible que se apodera de todos y cada uno de nosotros cuando la boca se nos hace agua pero lo prometido alcanza a duras penas la mitad de camino.