Max y los chatarreros (Claude Sautet, 1971, Avalon)

Un día le cuentas a alguien que una de tus películas favoritas es una que se titula Max y los chatarreros. Y siempre ocurre lo mismo: risas y miradas de escepticismo. Y claro, lo entiendes. Porque el asunto suena más a banda de punk argentino o a creación de Jim Henson. Y entonces te preguntan de qué va el tema. Y les dices que Claude Sautet sublimó con su claridad narrativa una rocambolesca historia escrita por Claude Neron. Una de esas novelas que te hacen sudar, por argumento y por estilo, pero que valen realmente la pena. Les dices que te encantan esos polars de los 70, tristes y durísimos, como los de José Giovanni, Alain Corneau, Yves Boisset o como los dramas del propio Sautet. Y que la chatarra le calza de maravilla a estos relatos decadentes, como pasaba también en Tres aventureros de Robert Enrico. Les dices que Michel Piccoli bordó un hijo de puta perturbado y muy humano. Que su personaje es un cruce genial entre Ahab y King Kong. Les dices que Romy Schneider era una actriz tremenda y en los 70 estaba tan preciosa que verla hoy te hace sentir bien jodido para varios días. Les dices todo esto y te miran aún más raro, pero sabes que tienes razón. Y quisieras que te gustara el pastis para celebrarlo, pero lo encuentras demasiado empalagoso. Aunque sabes que el whisky del Carrefour está a 5 euros. Y eso, qué coño, ya te está bien.

Salvador Solano

Cul-de-sac (Roman Polanski, 1966. Avalon)

Gracias a Avalon y a su filmoteca Fnac llega de nuevo a nuestras manos Callejón sin salida (Cul-de-sac, 1966), el tercer largometraje de Roman Polanski, ganador del Oso de Oro del Festival de Berlín de ese mismo año, y que después de El cuchillo en el agua (Nóz w wodzie, 1962) y Repulsión (Repulsion, 1965) se veía que estaba llamado a convertirse en uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, tanto por su manejo de la cámara como por la creación de universos propios e identificables. En esta película, deudora de sus cintas anteriores y prototipo de otras posteriores, Polanski vuelve a jugar con los ambientes opresivos y las situaciones absurdas, poniendo en la picota los acomodaticios valores burgueses de propiedad, matrimonio y seguridad, mientras incide de manera obsesiva e inquietante en temas que le son tan caros como la sexualidad llevada al límite, las relaciones de poder, que se adentran siempre en la humillación y la esclavitud, y el crimen. A tener en cuenta en esta nueva edición el último cortometraje (si exceptuamos sus participaciones en films colectivos) del director de origen polaco, Mamíferos (Ssaki, 1963), mudo y en blanco y negro, con un dúo (de nuevo el gusto por las parejas descabelladas) que puede recordar retrospectivamente al profesor Abronsius y su ayudante Alfred, aunque están más cerca de los protagonistas de Esperando a Godot, si no fuera por la frenética actividad que despliegan en sus respectivos, mutuos y cíclicos intentos por doblegar al otro mediante el chantaje, la violencia o la lástima.

Fernando García Maroto

Otra Tierra (Mike Cahill, 2011. Fox Searchlight Pictures)

Avalada por su premio especial del jurado y los buenos comentarios que se pudieron leer y escuchar tras su paso en el 44 Festival de Sitges, Fox lanza al mercado doméstico esta película dirigida por Mike Cahill  y protagonizada por su amiga de la universidad, Brit Marling, con la que ya codirigió el documental Boxers and Ballerinas en 2004. En su momento tuvo un discreto paso por la cartelera, algo que quizá no sea complicado de entender pues la ciencia-ficción es un recurso secundario del film y no convence a un público joven que en estos géneros lo que busca son extraterrestres, acción y explosiones, mientras que la aparición de una cercana tierra alternativa, idéntica a la nuestra, incluyendo sus ciudades y habitantes, puede echar para atrás a un público más adulto que busque algo interesante pero a la vez más convencional. Sin embargo, si bien Otra tierra no es desde luego un film adecuado para el primer tipo de espectadores, los segundos podrían estar equivocados con su percepción inicial. Estamos ante un drama sencillo pero efectivo, una exploración de la culpa y de la soledad con escasez de presupuesto pero brillantez en las ideas y en la ejecución que a través de una narración fluida consigue que mantengamos el interés y a pesar de intuir que solo puede terminar de una forma, esperemos atentos al necesario desenlace. El material extra incluye el videoclip The First Time I Saw Jupiter perteneciente a la interesante banda sonora de la película compuesta por el grupo de Brooklyn Fall On Your Sword.

Sergio Vargas