Avalada por su participación en la sección oficial del Festival de Cannes 2011 y por el premio a mejor director para el surcoreano Na Hong-Jin en el Festival de Cine Fantástico de Sitges de idéntico año, aparece en DVD gracias a Mediatres, sin que se haya cumplido todavía un año desde su estreno comercial en nuestras pantallas, este notable pero irregular thriller que recupera la esencia del cine más negro; y que es el segundo en la cuenta del mencionado director, después de The Chaser (Chugyeogja, 2008), también premiada en el festival catalán y cuyos derechos fueron adquiridos de inmediato por Warner con vistas a un más que presumible remake.

Rodada a base de escenas relativamente breves, exceptuando dos magníficas persecuciones, y de diálogos parcos y directos, la película narra la historia de un adeudado taxista radicado en la frontera entre China y Corea del Sur que deberá cometer un asesinato para poder saldar esa cuenta pendiente con la mafia local, y está dividida en cuatro partes, no todas iguales.

Con los respectivos títulos de El taxista, El asesino, Joseonjok (nombre genérico dado a los inmigrantes ilegales o descendientes de chinos que viven en las regiones limítrofes de su vecino surcoreano) y El mar amarillo (porque la frontera es esta inmensa masa de agua que separa y hace naufragar), asistimos en las dos primeras partes a los mejores momentos de este interminable film (su excesiva duración, si no aburre por instantes debido a varias escenas un tanto repetitivas, al menos lastra el producto final), en las que el realizador coreano despliega lo mejor de sí mismo para presentarnos a bocajarro un personaje marginal y destinado al fracaso que tiene más que ver con aquellos prototipos del primer cine negro, tipos grises y de compleja ambigüedad moral, que con los nuevos arquetipos americanos, repletos de encanto y corrección. Nos pone en la pista de este antihéroe cotidiano el mafioso Myun cuando le retrata definiéndole como “una persona con mal genio, pero que no es un memo; alguien que recibe muchas hostias pero que no da lástima”. La forzosa conversión en asesino es un paso más en su evolución, y el cineasta asiático la cuenta como tal, sin aspavientos, tan sólo como algo que es debido hacer y que fatalmente sucederá.

Sin embargo, la tercera parte desluce y desmerece las dos anteriores, casi perfectas, rodadas con una fotografía próxima a Traffic (ídem, Steven Soderbergh, 2000) y con una persecución, la primera de varias, que salvando las distancias recuerda a Heat (ídem, Michael Mann, 1995). En esta sección la película se hermana con ese primer cine asiático de acción y tiros sin ninguna pretensión hecho sobre todo en Hong Kong de la siempre eficaz mano de John Woo; que dejó títulos como Un mañana mejor (A better tomorrow, 1986), El asesino (The killer, 1989), Una bala en la cabeza (Bullet in the head, 1990) o Hard Boiled (ídem, 1992), muy influyentes todas en directores posteriores, que incluso copiaron argumentos y escenas sin rubor ni perjuicio.

La última parte, que cierra el círculo de desesperación y violencia en que se mueve toda la película, comienza, rindiendo un nuevo homenaje a los maestros contemporáneos de este tipo de cine, con un sangrienta escena digna del mejor Tarantino (por si la influencia no estuviese del todo clara, en otra escena de la misma parte somos testigos de un corte de oreja en primer plano); y termina descubriéndonos la motivación de todo este mar de sangre: algo tan viejo como el mundo y que sirve de muestra de la miseria que habita irremediablemente en todos.

La muerte final del protagonista y su improvisado entierro en el mar de la desgracia no es más que el colofón lógico impuesto por las circunstancias límites y precipitado por las decisiones de los personajes.