Enfrentándome a la tarea de escribir —aunque sean apenas unas líneas— sobre las películas de mi admirado Yasujiro Ozu, me siento como aquel catedrático especialista en la obra de Miguel de Cervantes que, en un congreso acerca de la literatura del Siglo de Oro, se acercó visiblemente ebrio al micrófono y espetó a la audiencia: “¿Qué les podría contar yo sobre el Quijote que no sepan ya ustedes?”. Ahorraré, pues, a los potenciales lectores de esta reseña alusiones al estilo trascendental del que habló Schrader, al tatami shot o a la supuesta —y discutible— japonesidad de la que Ozu sería el máximo representante cinematográfico.

En cualquier caso, Emon ha editado un pack que reúne nada más y nada menos que siete obras maestras de uno de esos cineastas imprescindibles para entender el devenir de la Historia del cine mundial. Películas que encuentran sus fronteras temáticas en los límites del cosmos familiar, tratándose a menudo de variaciones y reelaboraciones de un mismo tema —acogidas a un paradigma estético que sitúa la repetición y el perfeccionamiento de un modelo por encima del afán de originalidad— y ejecutadas con una mezcla de precisión y síntesis expresiva. Pese a que Ozu no facilite la identificación emocional directa con estos dramas serenos y sin aspavientos, resulta difícil no sentirse conmovido ante unos relatos que —como reflexionaba Wim Wenders en el imprescindible documental Tokyo Ga! (1985) responden a la modelación de una realidad social y sentimental idealizada, a la particular ensoñación audiovisual de un genio introspectivo y ensimismado. Esto no excluye, por supuesto, la presencia de interesantísimos apuntes sociohistóricos que señalan las tensiones entre la tradición cultural y un proceso de modernización netamente dependiente de Occidente; o meditaciones acerca del cambio de valores morales tras el punto de inflexión que supuso —en muy diversos sentidos— el brutal punto y final a la Segunda Guerra Mundial.

Volviendo al contenido del propio pack, este traza un recorrido de treinta años, partiendo de 1932 hasta llegar al último largometraje de Ozu, de 1962. He nacido, pero… (Umarete wa mita keredo, 1932) es el único film mudo incluido en esta antología, una de las cumbres del cine japonés de preguerra: los niños cobran protagonismo en una entrañable y profunda historia acerca de los conflictos derivados de la diferencia de clases, uno de los temas predilectos del cineasta a lo largo de su primera etapa. Le sigue Primavera tardía (Banshun, 1949), protagonizada por los míticos Setsuko Hara —en su primera colaboración con Ozu— y Chishu Ryu, obra que inaugura un ciclo de reescrituras argumentales de amplio desarrollo en la trayectoria del director, cuya continuidad recoge en el pack la posterior Otoño tardío (Akibiyori, 1960). Previsiblemente, no podía faltar un clásico del cine mundial como es Cuentos de Tokio (Tokyo Monogatari, 1953), pieza capital cuyo decisivo influjo no ha cesado hasta el día de hoy. Completan la selección la melancólica y crepuscular La hierba errante (Ukigusa, 1959) —remake de la película muda homónima que el propio Ozu rodó en 1934—; la luminosa Buenos días (Ohayo, 1959), una espléndida comedia ligera sobre la triste instrumentalización del lenguaje como herramienta para solapar nuestras emociones; y su último film, El sabor del sake (Sanma no aji, 1962), retrato familiar suavemente amargo enmarcado en un Japón cuya geografía humana y urbana estaba viéndose inevitablemente transformada por las fuerzas del progreso. En este trabajo final, de corte elegíaco, los contornos del ilusorio país imaginado por el cineasta nipón están más difuminados que nunca. Todo un imaginario desaparecía definitivamente, y así lo constata su film más nebuloso y narrativamente vago.

Sin embargo, no podemos dejar de achacar dos graves problemas a tan suculento compendio. En primer lugar, Emon se ha limitado a reeditar, sin novedades de ningún tipo, siete films que ya habían obtenido distribución en el mercado español, tanto por separado como incluidos de manera conjunta en una caja de lata. La restauración de los mismos ya fue, en su momento, sobresaliente, pero la inclusión de extras se limitaba —y se limita— a las consabidas fichas técnicas y artísticas, un puñado de carteles y fotografías y una recapitulación de curiosidades poco sustanciosa. Pese a la notable mejora en la presentación del pack, nos entristece que existiendo tanto material —bibliográfico y fílmico— sobre Yasujiro Ozu se haya desaprovechado la oportunidad de acompañar trece horas de gran cine con la inclusión de algún documental o artículo que pudiese enriquecer los visionados.

La segunda cuestión apareció en una conversación reciente con nuestro compañero Álvaro Peña: ¿hasta qué punto las películas incluidas son representativas de las muchas cosas que es el cine de Yasujiro Ozu? Y, entrando en un territorio más peliagudo aún, ¿no es sintomático el hecho de que, una y otra vez, se revisen las mismas obras de un director tan prolífico de un cierto —y peligroso— estado de aburguesamiento crítico, delatando una marcada preferencia a recibir un legado ya conformado antes que de explorar nuevas claves y significados? Evidentemente, sería imposible hacer justicia a tan extensa trayectoria artística en un modesto pack. Pero las habituales generalizaciones acerca del estatismo de la concepción de la puesta en escena, del conservadurismo ideológico, del estudio del espacio o de los temas predilectos en Ozu probablemente serían sometidos a una profunda revisión si se hallaran a nuestro alcance los films de su primera etapa, donde la cámara se muestra dinámica e inquieta, la problemática presentada es de raíces marcadamente sociales y, tanto en lo temático —películas protagonizadas por estudiantes y gangsters— como en la disposición escénica encontramos influencias inequívocamente norteamericanas. Desgraciadamente, apenas He nacido, pero… deja constancia de ello, y echamos de menos ejemplos como los del magistral melodrama Tokyo Chorus (Tokyo no korasu, 1931), ambientado en plena Gran Depresión; la sordidez con ribetes noir de La mujer de esa noche (Sono yo no tsuma, 1930), La mujer de Tokio (Tokyo no onna, 1933) y Una mujer fuera de la ley (Hijosen no onna, 1933); la socarronería nostálgica de la comedia estudiantil He suspendido, pero… (Rakudai wa shita keredo, 1930); o la primera y maravillosa versión de Historia de una hierba errante (Ukigusa monogatari, 1934), que contrastada con su remake nos presenta a un mismo cineasta en dos etapas tan distantes en el tiempo como distintas son sus experimentaciones con el dispositivo cinematográfico.

Entre He nacido pero… y Primavera tardía —film que estandariza la temática y las preocupaciones formales que suelen asociarse al director— pasaron diecisiete años en los cuales Ozu rodó hasta trece films: ninguno de ellos se filtra en esta colección, como si entre su etapa muda y el Ozu que todos conocemos nada hubiese pasado. Y de esta forma, se ignoran obras que nos incitarían inevitablemente a revisar ideas prefiguradas, como su primer largometraje hablado, El hijo único (Hitori musuko, 1936), el reverso sombrío de Cuentos de Tokio; una comedia de enredos propiciados por el nuevo estatuto de la mujer titulada ¿Qué olvidó la señora? (Shukujo wa nani o wasureta ka, 1937); o la imprescindible Había un padre (Chichi ariki, 1942), desoladora aproximación —en plena Segunda Guerra Mundial— a una sociedad que se asomaba al abismo. No le faltaba razón a Álvaro cuando me comentaba que es natural que se escriba (casi) siempre lo mismo sobre Yasujiro Ozu, ya que no hacemos más que ver, una y otra vez, las mismas películas.

En todo caso, y al margen de que la conformista selección sea sintomática de un indudable estado de pereza crítica a la hora de volver nuestra mirada a los maestros de siempre, no podemos dejar de recomendar el pack a quienes aún no lo tengan en su filmoteca particular y, especialmente, a aquellos que pretendan aproximarse por primera vez a la vasta y admirable producción cinematográfica de Yasujiro Ozu.