Tenemos ahora la oportunidad de disfrutar (los más afortunados con la sorpresa de la primera vez, el resto con el goce que proporcionan los buenos recuerdos) de dos obras del siempre magnífico cineasta sueco Ingmar Bergman por obra y gracia de A Contracorriente Films, en una edición que incluye sendos libretos de Jordi Puigdomènech López, muy cuidados y que, además de comentar las películas que los motivan, analizan la extensa filmografía de este prolífico director desde una interesante perspectiva altamente filosófica.

Estas dos películas a las que nos referimos son Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953) y Sueños (Kvinnodröm, 1955), obras que en su día no gozaron del favor del público, apenas de la crítica, pero de las que hoy en día ya nadie duda de su calidad o de su importancia dentro de la narrativa y la metafísica del escandinavo. Quizá este supuesto menosprecio, esta superada infravaloración se debiera a una cuestión más de orden que de estilo, más de influencia que de estética: ambas películas son inmediatamente posteriores a esa vital y potente cinta que es Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1953), que supuso el descubrimiento de su protagonista femenina, Harriet Andersson, e inmediatamente anteriores a Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens Leende, 1955), que consagró a su director debido al Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes; y además son dos películas financiadas por Sandrewproduktion y no por Svensk Filmindustri, la mayor y más fuerte productora del país, con la que Bergman trabajó asidua y predominantemente.

A estas citadas coincidencias podemos añadir el papel protagonista de la sensual, pero nunca vulgar, Harriet Andersson (cuya réplica en Sueños es dada por la espectacular Eva Dahlbeck, al igual que sucederá en la anteriormente citada Sonrisas), el pesimismo latente que planea amenazador e inexorable y la estructura cíclica de ambas cintas. Pero aquí terminan las analogías: el resto es diferencia y estupor ante el drama de la existencia.

Noche de circo anticipa, por construcción y temática, la etapa que los estudiosos del maestro sueco han acordado llamar etapa simbólica, que comienza con El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956) y acaba con El silencio (Tystnaden, 1963). La película cuenta las penosas tribulaciones de un grupo de artistas circenses, todos desencantados, todos débiles, todos hartos, todos atrapados en un infierno representado por la carpa que ellos mismos levantan y apuntalan contra cualquier inclemencia, y que ellos mismos recogen cuando no queda más que el triste consuelo de la esperanza en la repetición de los mismos errores. La estridente banda sonora, repleta de guiños a los temas del circo; el expresionismo de las imágenes, en esta ocasión jugando un papel preponderante sobre la palabra (incluso asistimos a escenas típicas del cine mudo); y el uso de los animales como metáforas y equivalentes de los propios protagonistas (verbigracia, el oso moribundo que debe ser sacrificado) completan el ambiente recargado, barroco de pesadilla y frustración.

Sueños cambia completamente de registro y ambientación: aquí asistimos a la lucha de dos mujeres aparentemente distintas que penan por conseguir, cada una con sus armas y sus miedos, esos sueños que dan título a la película; y que finalmente alcanzan un destino que poco tiene que ver con lo que esperaban pero que es suyo y de nadie más, libremente elegido, angustiosamente sentido. La película, además de cíclica, como hemos comentado antes, es capicúa, y combina de este modo las escenas de la coqueta y codiciosa Doris (Andersson) y la nerviosa y tenaz Susanne (Dahlbeck), que, cada una de nuevo a su manera, demuestran ser mucho más fuertes y decididas que esos hombres por los que a punto están de sucumbir y abandonar todo. Sueños es otra muestra más, la enésima, de la capacidad de penetración psicológica de Bergman y de su profundo conocimiento de las debilidades humanas.