Un espejo que se rompe mientras bailamos con nuestros fantasmas

En 2010 John Carpenter llevaba casi diez años fuera del circuito global desde que firmara esa genialidad, que confieso no reparé en ella al principio como merecía, titulada Fantasmas de Marte (Ghosts of Mars, 2001) y su deseado retorno a la gran pantalla lo vivimos de manera muy especial los privilegiados que estuvimos en el festival de Sitges ese otoño. Comprobamos, emocionados, como ese cineasta que tanto nos había enseñado y nos había hecho confiar en el cine (y en la vida), volvía a mostrar, como antaño, su impulso para desbordar lo convencional, lo evidente, explotando sus mayores valores: sentido de la narración, audacia, sencillez, creatividad.

Muy claro había quedado en su monumental Cigarrete Burns (2005), episodio para la serie televisiva urdida por Mick Garris Masters of Horror (2005-2006), que Carpenter, apartado, muy a su pesar, de la industria, estaba en plena forma sin importar demasiado el soporte en el que se moviese. Algo que, por el contrario, si parecía una desventaja en su siguiente aportación al programa de Garris: la entretenida pero un tanto discreta Pro-Life (2006). Precisamente estos dos trabajos junto con The Ward conforman una extraña y curiosa guía de viaje sobre John Carpenter. En esta fortuita trilogía, la última, The Ward, es su película más personal, mientras que Pro-Life resultaría la más identificable en líneas generales con sus dominios habituales, y por último Cigarrete Burns la más redonda de las tres gracias en primer término al enorme potencial de la historia.

El pasado julio, se estrenó The Ward directa al mercado doméstico en España con el título Encerrada, quizá más apropiado en nuestro idioma que la traducción (la galería) del original. A la vista de los datos, no muchos, sobre la producción del film, esta apunta hacía un proyecto bien cerrado, rápido de filmar y fácil de distribuir, que invita a pensar que podría tener un perfil bajo hasta que surgió la posibilidad de contratar como director a Carpenter, el cual, por cierto, venía sonando durante bastante tiempo en relación a diversas producciones (The 13th Apostol, L.A. Gothic, por ejemplo) que finalmente han desaparecido sin dejar rastro, especialmente en la IMDb. En este contexto, Carpenter, sin duda encantado de volver a trabajar, pudo haber aceptado a pesar de no ser una de sus primeras opciones, incluso económicamente: poco antes de confirmarse este trabajo, se hablaba de un proyecto muy sugerente, Riot, protagonizado y producido por Nicolas Cage, del que tampoco se supo nada. Ocurriese así o no exactamente, lo realmente importante es que el entusiasmo, detalle y cariño con el que está rodada y contada The Ward a partir de un guión tan poco interesante y cargado de algunos de los lugares más comunes del subgénero, invita a pensar en las enormes ganas con las que Carpenter volvía a dirigir para el cine, sorteando las limitaciones con las que se pudo encontrar con uno de sus mejores activos, que le viene definiendo desde sus comienzos: convertir material de derribo en un excelente entretenimiento, es decir, hacer cine de calidad con las herramientas disponibles y volcando toda su personalidad, carácter y talento.

The Ward es en este sentido (y en todos los derivados) una auténtica colección de hallazgos, ideas, lecciones. Y lo es desde los mismos créditos iniciales, los cuales se suceden mientras se rompe en mil pedazos un espejo (y suena un tema que recuerda a la música del director, pero, sorpresa, aquellos dicen estar escrito, como toda la banda sonora, por el compositor Mark Kilian), y de la modélica resolución visual (ejemplar uso de la pantalla ancha) de la primera escena de presentación de la protagonista. Lo mismo se puede decir del aprovechamiento espacial de las apariciones del fantasma y de los asesinatos, que sobresaltan tanto por la canónica planificación como por su enérgica formulación, haciéndose paulatinamente más lacerantes, mórbidos y violentos en sintonía con la narrativa interna y la hostilidad del sanatorio mental donde se desarrollado el relato. La escritura del film supera sus remarcados contornos en los pasajes más descriptivos (de lugares, cosas y personas) que detienen momentáneamente la acción: los movimientos de cámara que muestran el pasillo de la galería donde conviven las atractivas jóvenes, los numerosos planos que se cierran alrededor de los rostros hoscos de la enfermera jefe y el celador, los reiterativos y maniáticos flirteos de una de ellas con este último, la atmósfera de extrañamiento que se apodera de las sesiones con el médico ya sea en su despacho o en el salón de recreo… Así llegamos a los dos momentos clave que mejor concentran la esencia de la película y de su exultante personalidad: la memorable escena del baile a la cual se van sumando ordenadamente cada una de las mujeres, exceptuando la protagonista a la que la cámara se acerca con suavidad y complicidad hasta que se dibuja en su hermosa cara una aún más bonita y agradable sonrisa: es un instante muy íntimo de auténtica felicidad; el contundente desenlace, expuesto con tal naturalidad y limpieza que se aprecia rápidamente que la intención final no es tanto impactar (porque aunque de alguna manera lo consigue, tampoco es la primera vez que se ve algo igual o parecido) como intensificar todo lo visto (y contado) hasta el momento, evidenciando el rigor dramático que lo sustenta y sobre todo su propósito sanamente catártico.