En números anteriores de esta misma sección, en concreto en el número 112, con la película Encontré al diablo (Akmareul boattda, 2010), y en el número 105, con El bueno, el malo y el raro (Joheunnom Nabbeunnom Isanghannom, 2008), ya se dio buena y sobrada cuenta del cine del coreano Kim Ji-woon; y en ambas ocasiones también se citaba, de pasada o en profundidad, la cinta que nos llega ahora de la mano de A contracorriente films: A Bittersweet Life (Dalkomhan Insaeng, 2005). Por lo tanto, lo que podamos añadir oportuna o inoportunamente en esta ocasión ni mucho menos desmiente o relega todos los análisis anteriores; tan sólo pretende completarlos con la perspectiva del tiempo y de otro punto de vista. Y es que la visión global de todas estas películas y la distancia que separa la cinta que nos ocupa con las posteriores son cruciales: los titubeos de aquella desaparecen por completo en estas.

Mucha de la crítica norteamericana se empeñó, con razón o sin ella, en encumbrar este sobrio y severo film de traición y venganza sin reparar en gastos, con grandilocuentes epítetos e hiperbólicas afirmaciones. En uno de estos titulares como sentencias, dogmas de fe, se llegaba a rebajar banalmente la importancia de Tarantino en detrimento del asiático. Es cierto que existen obvios puntos de contacto entre algunas películas del norteamericano y la del surcoreano: la impecable indumentaria del protagonista está tejida con los mismos hilos que la de Reservoir Dogs (ídem, 1992), la presentación a trozos de la novia del jefe mafioso es un calco de la de Mia Wallace en Pulp Fiction (ídem, 1994) y el enterramiento cruel y posterior salida del torturado beben de las fuentes de Kill Bill (ídem, 2003). Pero eso es todo; porque los diálogos redondos del otrora enfant terrible del cine norteamericano, su sentido del humor más que negro, macabro, y su excelente gusto a la hora de seleccionar la banda sonora en el asiático devienen en frases escuetas que nada dicen, gracias ridículas cuyo sentido no queda muy claro y una música más que discutible desde un plano puramente formal (cuando menos sorprendente el premio a la banda sonora en Sitges).

Sin embargo, sería muy injusto valorar esta película por comparación con esas otras citadas, ignorando por completo su propia idiosincrasia, que poco o nada tiene que ver con la de Tarantino. Kim Ji-woon tiene muy claro lo que quiere contar y lo hace con una austera economía de recursos digna de mención. Los personajes están perfectamente definidos, sus motivaciones son claras, al menos dentro de los parámetros de sus respectivas conductas, y las escenas de acción, claves en la película, están trazadas con tiralíneas y grabadas a fuego. Y es que en esto, tanto el norteamericano como el surcoreano, tuvieron un excelente maestro en el cineasta de Hong-Kong John Woo: si la influencia de títulos como El mariachi (ídem, 1992) o Yojimbo (ídem, 1961) puede ser rebatida, no lo es la de Un mañana mejor (A Better Tomorrow, 1986), El asesino (The Killer, 1989) y Hard Boiled (ídem, 1992), películas donde los temas de la película que nos convoca son recurrentes y el gusto por una estética conseguida, acrobática, en los duelos y los tiroteos es marca de la casa.

Además de todo esto, para disfrutar completamente de este estreno en DVD, la película se completa con un disco de contenido extra de más de tres horas, en el que podemos ver una serie de entrevistas y la presentación de la misma en la sección oficial del Festival de Cannes, entre otras muchas cosas.